El momento era demasiado soberano. Era más que un acto ceremonial. Era una restauración de honor. Un acto de justicia. Hafsa, sin emitir palabra, se quedó observándolo. Sus ojos verdes estaban brillantes, fijos en los de él. Su rostro permanecía sereno, pero en sus pupilas había gratitud, emoción y un tipo de afecto que no podía expresarse con lenguaje humano. Herón la sostuvo con la mirada, incapaz de mirar hacia otro lado. No sabía su verdadero nombre. No sabía cuántos años tenía ni cuál era su historia personal. Pero allí, en esa tarima, entre coronas, medallas y silencios, sabía que ella era la mujer por la que había arriesgado su vida sin pensarlo. En el centro de todo, dos almas que se reconocían más allá de los nombres, los rangos y las fronteras. —Pero también se reconoce la val

