Herón respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba con esfuerzo mientras intentaba mantenerse en pie. Sus músculos ardían, cada fibra de su cuerpo protestaba por el castigo que había recibido, pero su voluntad lo mantenía firme. Sabía que su prueba no había terminado. Desde el momento en que Teseo le había informado del auto sospechoso, había iniciado su tarea de investigar sobre el asunto. Él no lo deseaba, ni quería que las cosas se hubieran desarrollado de esa manera, en un atentado contra una diplomática árabe. Pero al saber que se estaba llevando a cabo, no podía simplemente ignorarlo. ¿Qué hombre lo haría? Y menos, uno militar, exfuerzas especiales como él. Era como si tuviera que negar su propia existencia, sus ideales, lo cual era imposible. No se arrepentía, ni, aunque ahora

