Lisa volvió minutos después, conduciendo uno de los carritos del aeropuerto, con una sonrisa apacible. Amal caminó a su lado, intercambiando algunas palabras breves en francés. Llegaron hasta el estacionamiento reservado, donde los esperaban junto a los autos. Los escoltas, con respeto, inclinaron la cabeza ligeramente al ver a la princesa y su séquito. Guardaron el equipaje con cuidado. Lisa tomó el volante del primer auto. A su lado, se sentó Florence, y en los asientos traseros se acomodaron Hafsa y Amal. En el otro auto, Mauro y Kenneth iban listos por si debían intervenir. Durante el trayecto hacia el hotel, el silencio volvió a reinar. Hafsa mantenía la mirada baja, la luz de la ciudad deslizándose sobre su velo beige mientras cruzaban puentes y calles antiguas. Londres era nuevo p

