Luego, Hafsa se recostó en la cama. El colchón era suave, la ropa de cama olía a lavanda y jazmín. Cerró los ojos y el afable sueño la abrazó. Las sombras del pasado volvieron a formarse. En el pasillo del hotel, los asesinatos. Los disparos en la distancia. El caos y ella atrapada en la habitación. Aquel hombre con uniforme táctico, casco y mirada intensa entró por la puerta y la cargó en sus brazos; la levantaba del suelo, la protegía con su cuerpo. Había fuego cruzado, pero él no dudaba. La arrastraba con fuerza, con decisión. Su respiración era pesada y sus movimientos precisos. En un instante de calma, la miraba a los ojos, sin hablar; en ese contacto visual, Hafsa sentía más seguridad que con cualquier palabra. Él la abrazaba, la acomodaba en su pecho, le ofrecía su fuerza sin pedi

