El aire acondicionado del piso administrativo no fue suficiente para evitar que llegaran jadeantes, con las camisas pegadas al torso por el sudor y el miedo. La escena que encontraron en la oficina de Horus era caótica: papeles esparcidos, sillas volcadas, y el mismísimo director de la empresa junto a su secretaria, de pie sobre el escritorio como náufragos en medio de un mar de ladridos. —¡Perseo! ¡Teseo! ¡Aquí, ahora! —dijo el guía principal con voz temblorosa, extendiendo la mano como si esperara que los perros obedecieran por primera vez en su vida. Pero Perseo, con un movimiento casi desafiante, giró la cabeza hacia él, mostrando los colmillos en un gruñido bajo. Teseo, siempre fiel a su mentor, replicó el gesto. Cuando los entrenadores intentaron acercarse, los perros esquivaron su

