Hafsa seguía sin entender la naturaleza de aquel desconocido. No era un médico, pero conocía el arte de la medicina. No era un soldado común, pero se movía con la destreza de uno entrenado en combate. Y, lo más extraño, la trataba con naturalidad, sin el filtro de su estatus real. Para él, no era una princesa, sino solo una persona herida normal. ¿Eso era bueno o era malo? No la trataba con privilegio o con reverencia, sino como a mujer ordinaria. Apretó los labios. De cierta manera, eso la hacía emocionarse, le provocaba un hormigueo en los brazos y la hacía sentir viva. Su mente divagó. Se pregunta qué pasaría si la noticia se filtrara a los medios; sería un escándalo internacional: una princesa árabe y la primera dama de los Emiratos había sufrido un mortal atentado de parte de un grup

