Herón, de nuevo, intentó alzar la mano para tocar su mejilla, pero, de repente, unas cadenas aparecieron en su brazo, impidiéndole alcanzarla. Su pecho se llenó de angustia. Quiso hablar, decirle algo, pero su voz no salía. Amira simplemente siguió acariciándolo con ternura, como si su silencio fuera suficiente para calmarlo. De pronto, la imagen de Amira se disolvió como arena arrastrada por el viento. Herón despertó con un leve sobresalto, sintiendo el eco de su sueño en lo más profundo de su ser. A su lado, Perseo y Teseo dormían tranquilos, ajenos a sus tribulaciones. Miró hacia el techo de su celda, exaltado. Él había intervenido en un evento donde no debía y ahora pagaba el precio. Pero, a pesar de todo, una parte de él sentía que aquel encuentro con Amira había sido una casualidad

