—Ustedes nunca me fallan… —dijo él, sintiendo un nudo en la garganta. Luego, suspiró y comenzó a hacer sus estiramientos pasivos, moviendo sus músculos adoloridos con paciencia, intentando liberar la tensión que se acumulaba en cada fibra de su cuerpo. Una vez que terminó, se dirigió a la ducha. El agua caliente resbaló por su piel, aliviando por unos instantes el peso de su fatiga. Horas después, Herón caminó hacia el comedor. Allí, en una mesa aislada, tomó asiento y comenzó a comer en silencio. Nadie se le acercaba, y aunque las conversaciones continuaban a su alrededor, los murmullos sobre él y lo sucedido en Francia eran constantes. Perseo y Teseo, ajenos a las miradas y los cuchicheos, disfrutaban de su comida cerca de él, relamiéndose con satisfacción. La era moderna había cambia

