Amal tomó el teléfono con firmeza y marcó el número de contacto del hotel de seguridad con el que tenía una alianza la empresa privada en la que trabajaba Herón. Aunque conocía bien el nombre de su salvador, la princesa, su protegida, se había negado a escucharlo o a ver cualquier imagen suya. Esa obstinación le parecía intrigante, pero no era momento de discutirlo. La princesa se encontraba en compañía del ministro de Asuntos Exteriores, François Delacroix, y sus secretarias cuando Amal inició la llamada internacional a Londres. —Buen día —dijo Amal en un perfecto inglés—. Quisiéramos reservar su mejor habitación de lujo. —Buen día, claro… En nuestra página puede ver nuestros cuartos disponibles y su precio —respondió la recepcionista con tono profesional. —Por supuesto, ya los vi… Me

