Una vez lista, Hafsa se vistió con paciencia y tranquilidad. Primero, su ropa interior fina, confeccionada con los mejores algodones y sedas, suaves y cómodas contra su piel. Luego, tomó su ayaba dorada, una prenda exquisitamente bordada con detalles sutiles que hablaban de lujo y sofisticación. Aplicó con cuidado su desodorante, seguido de una crema de rejuvenecimiento de la mejor calidad, cuyos ingredientes raros y costosos prometían mantener la frescura de su piel. Sus gestos eran finos y cada producto era elegido con meticulosidad. Se cubrió con su hijab oscuro y luego con su niqab, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Solo sus ojos verdes quedaban expuestos, brillando con una intensidad que parecía atravesar cualquier barrera. Heró se vistió con la misma disciplina y efica

