Herón suspiró y sonrió con suavidad ante ella. Era la mujer que le había dado el don de la vida. —Hola, mamá. Estoy bien. Helena no estaba convencida. Sus ojos claros, tan parecidos a los de Herón, recorrieron su rostro y notaron los rastros de golpes en su mandíbula y el leve moretón en su pómulo. Antes de que pudiera insistir, su padre, William Hardwick, apareció en la puerta con una sonrisa tranquila. —Herón, hijo. Me alegra verte —dijo el señor con su voz grave y pausada, dándole una palmada firme en el hombro—. Pasa, no te quedes ahí parado. Herón entró a la casa, sintiendo la calidez del hogar envolverlo. La sala era amplia, decorada con muebles de madera oscura y una chimenea de piedra. Las paredes estaban adornadas con fotografías familiares y recuerdos de su infancia y juventu

