La noche de la cena de gala se sentía interminable. Lucía estaba atrapada en el salón, sintiendo que toda la sangre había abandonado su cuerpo desde que la distinguida señora Stone había hecho su entrada.
La presencia de la esposa de Gabriel, la Directora de la Fundación de Becas, había transformado el ambiente de celebración en un campo de batalla glacial.
Louis, siempre atento a su amiga, notó inmediatamente la palidez cadavérica de Lucía y el temblor apenas perceptible de sus manos.
—Vamos, mon cœur. Te ves agotada. Ha sido un día muy largo, con la ponencia y el viaje —dijo Louis—. Deberíamos subir.
Lucía asintió mecánicamente, incapaz de articular una palabra. La mano de Clara no se había separado del brazo de Gabriel.
Mientras Louis la guiaba hacia los ascensores, ella se obligó a una última mirada hacia la mesa de honor. Gabriel estaba inmovilizado junto a Clara, forzando una sonrisa profesional.
El Ángel que le había confesado su desesperación unos minutos antes había regresado a su jaula, y ahora esa jaula tenía el rostro y el poder de Clara.
La puerta de la habitación se cerró tras Louis con un suave clic. Para Lucía, el sonido fue el de una celda cerrándose. Se quedó de pie en medio del cuarto, inmóvil, sintiendo que el aire estaba enrarecido por la mentira, la traición, y el peligro inminente.
Su cuerpo aún recordaba la presión de los labios de Gabriel y la urgencia de su confesión, pero su mente solo podía procesar la imagen de Clara Stone.
Se despojó del vestido de fiesta, notando con horror que sus labios seguían ardiendo y que el temblor de sus manos se había extendido por todo su cuerpo. Se dejó caer sobre la cama. Gabriel estaba casado. Y con la mujer que podía rescindir su beca con una sola llamada. La transgresión era un acto de suicidio académico para ella.
¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo besarme con esa verdad oculta?
La humillación de haber sido usada como un escape por alguien tan peligroso era mucho peor que la culpa.
Necesitaba aire, y necesitaba respuestas. La opresión de la habitación, con la respiración tranquila de Louis como un recordatorio de la normalidad que ella había perdido, la obligó a salir.
Se deslizó por el pasillo, buscando la escalera de servicio. Mientras caminaba por el piso de las suites presidenciales, una discusión áspera la detuvo.
—...y esto no es discutible, Gabriel —la voz de Clara era firme, una orden—. Tu charla en el balcón con esa becaria. Tu posición y la de la Fundación no permiten estas distracciones. Te recuerdo que mi influencia es la que mantiene tu cátedra con la estabilidad que necesitas.
El tono de Gabriel era bajo, pero la exasperación lo hacía penetrante.
—Clara, fue una conversación sobre su ponencia. Si vamos a hablar de estabilidad, hablemos de mantener las apariencias.
Clara continuó, su voz escalando en un tono gélido.
—No me vengas con excusas. No soporto este teatro, Gabriel. Estoy cansada de mantener la imagen de un matrimonio perfecto cuando sabes que solo estamos aquí por los contactos y el prestigio que la Fundación nos exige. Sé quién eres, y sé por qué estás conmigo.
La voz de Gabriel se elevó, gélida y cortante, despojada de cualquier afecto.
—El teatro lo creamos los dos, Clara. Es un pacto de conveniencia que firmamos hace años, y lo respetaré por la estabilidad institucional. Pero no esperes nada más. Yo obtengo mi independencia académica y tú obtienes el prestigio. No tienes derecho a celos, ni a controlarme.
Un silencio pesado siguió. Luego, la voz de Clara se suavizó, volviéndose seca y controladora.
—Muy bien. Recuerda tu deber, Gabriel. El seminario aún no termina.
Se escuchó el sonido de una puerta cerrándose con un golpe seco.
Lucía se quedó inmóvil.
El Ángel era un esclavo de su propio poder. El verdadero enemigo era el poder de Clara y la fachada que ambos mantenían.
Salió de su escondite y se dirigió a la terraza. Permaneció en la oscuridad por casi una hora.
Cuando finalmente regresó a su habitación, al doblar la esquina, una sombra se desprendió de la pared.
Era Gabriel.
Estaba de pie, su rostro una máscara de tormento. Había estado esperando.
—Sé que me escuchaste. No te muevas —susurró Gabriel, su voz grave y cortante, la urgencia del peligro palpable.
Lucía lo enfrentó, la furia y el dolor agudizando sus palabras.
—¿Por qué? —replicó Lucía, su voz baja y cargada de resentimiento—. ¿Por qué me besaste en ese balcón, Gabriel, sabiendo que tu vida le pertenece a la mujer que tiene el poder de arrebatarme mi futuro? ¡Fuiste un cobarde al no decírmelo!
Gabriel dio un paso hacia ella, cerrando la escasa distancia.
—Ese beso fue la única verdad que he vivido en años, Lucía. ¿Crees que me enorgullece esta situación? No tienes idea de lo que es vivir por un deber que te obliga a negar tu propia existencia.
—¡Me pusiste en riesgo! Me hiciste creer que la única barrera era Louis, ¡y me dejaste enfrentarme a tu esposa, la dueña de mi beca!
—Y si te lo decía, habrías huido —preguntó Gabriel, su mirada perforándola, la frustración haciéndole perder la compostura—. Habrías renunciado a mí por el miedo, y no puedo permitirlo. No a ti. Clara y yo compartimos un balance. Tú y yo compartimos una mente, Lucía. Y por ti, estoy dispuesto a destrozar toda esta farsa.
Lucía sintió la oleada del deseo.
—¡Clara es la estabilidad de tu cátedra! ¿Y yo soy solo tu pecado para aliviar el deber?
—Tú eres la única luz en esta vida pactada. Ella es el deber. Tú eres el deseo. Y no, no puedo arrepentirme de haberte besado. Si lo hiciera, sería la última parte de mí mismo que el deber terminaría de matar.
Lucía dio un paso atrás, la necesidad de una solución clara superando el peligro.
—Tienes que elegir, Gabriel. No puedes tenerme en secreto mientras ella tiene tu posición. No puedo ser tu pecado a escondidas.
Gabriel cerró el puño, la resignación mezclada con una terquedad peligrosa.
—La elección está hecha, Lucía. Yo te elijo a ti. Pero no te pido que elijas la destrucción ahora. Por tu futuro, y para protegernos del poder de Clara... la mascarada debe continuar con total indiferencia.
Él la miró por un largo segundo, y luego, con un esfuerzo visible, se dio la vuelta y se alejó.
Lucía se quedó sola, sintiendo que la adrenalina se mezclaba con la necesidad. Diez minutos después, Lucía estaba en su habitación. Louis seguía durmiendo.
Su teléfono vibró. El mensaje era de un número desconocido.
"Te espero en la biblioteca del primer piso. Ahora. No tardes."
La orden era imprudente, absurda, y totalmente irresistible. Él le había dicho que mantuvieran la indiferencia, pero su desesperación era mayor que su disciplina.
Se deslizó fuera de la habitación.
La biblioteca del hotel era un espacio elegante. Gabriel estaba allí, de pie entre dos estanterías, aún con su traje de noche, pero la corbata aflojada.
—Estás loca por venir aquí —susurró él, pero sus ojos estaban fijos en los de ella con una necesidad brutal.
—Tú me llamaste —replicó Lucía—. Dijiste que teníamos que mantener la indiferencia.
—Mientes. Yo dije que tenemos que mantener la indiferencia por fuera —corrigió Gabriel, su voz grave—. No dije que yo pudiera cumplirlo por dentro.
Dio un paso hacia ella.
—Te di unanrazón para odiarme, Pero no puedo funcionar, Lucía. Mi mente está atascada en el balcón. Necesito el fuego de tu inteligencia para quemar el hielo de mi deber.
Lucía vio la desesperación en su rostro, la rendición total de su intelecto al instinto.
—¿Y qué esperas que pase aquí, Gabriel? —preguntó Lucía.
—Espero que me castigues —susurró, con un tono más oscuro—. Castígame por la mentira. Castígame por el deber. Castígame por obligarte a esta farsa.
Se acercó a ella. Su cuerpo se inclinó peligrosamente.
—Necesito que esto sea más fuerte que el riesgo. Más fuerte que Clara. Más fuerte que mi posición. Necesito que no me dejes ser el Ángel del Deber. Hazme pecar, Lucía.
Lucía no respondió con palabras. Su furia se convirtió en un deseo incontrolable. Se alzó sobre la punta de sus pies, y fue ella quien tomó la iniciativa.
Lo besó.
Este beso no fue la furia y la posesión del balcón, sino una declaración de guerra contra el deber. Lucía se aferró a su cuello, su boca demandando una respuesta. Gabriel respondió de inmediato, el control que había mantenido por años se desvaneció.
Él la levantó del suelo, sus bocas uniéndose en una conexión profunda, hambrienta, susurrando la verdad que no podían decir en voz alta.
Gabriel la guio torpemente hacia un rincón oscuro de la biblioteca.
La apoyó contra la fría madera, su cuerpo presionando el de ella con una necesidad desesperada.
Sus manos abandonaron la cintura de ella para enredarse en su cabello, el beso volviéndose más intenso, más largo.
Lucía sintió el corazón de Gabriel latiendo furiosamente contra su pecho, su respiración superficial.
Se separaron apenas para tomar aliento, sus frentes tocándose en la penumbra.
—Esto es una locura —jadeó Lucía.
—Lo sé —susurró Gabriel, sus ojos fijos en los de ella—. Y no me importa.
Sus labios regresaron a los de ella. El Ángel se estaba rindiendo por completo.
Sus manos se movieron bajo la camisa de Lucía, el contacto de su piel desnuda encendió una chispa eléctrica.
Lucía soltó un gemido incontrolable, sus propias manos aferrándose al traje de Gabriel, rasgando el orden de su armadura.
El deseo, negado por la moral y por la distancia, explotó entre ellos.
El sonido del mar afuera se perdió. Solo existían ellos, la urgencia de su piel, el peligro de la transgresión y el olor a libros antiguos y la colonia de Gabriel, que se convirtió en el aroma de la rendición.
Se separaron finalmente, exhaustos y temblorosos.
Gabriel la sostuvo por la cintura, su rostro enterrado en el cabello de ella por un largo momento.
—No vamos a fingir que esto no pasó, Lucía —dijo Gabriel, su voz apenas audible—. Pero ahora, la disciplina debe volver. Por tu seguridad. Y por la mía. Nos ignoraremos. ¿Entendido?
Lucía asintió. La promesa del deber de Gabriel se había roto, pero la amenaza de Clara no.
—Vuelve a tu habitación. Yo... necesito unos minutos. Y no vuelvas a salir —ordenó Gabriel, pero el tono era más de súplica que de mando.
Lucía se deslizó fuera de su abrazo, sus piernas apenas la sostenían. Corrió escaleras arriba, de vuelta a su habitación.
Se dejó caer en la cama.
El Ángel Gabriel le había dado una verdad brutal, un beso en el balcón, y ahora, una cuasi consumación furtiva en la oscuridad. El precio era el silencio, y el riesgo, la destrucción total.