El beso se rompió tan abruptamente como había comenzado. Gabriel se separó de Lucía, su respiración agitada y errática, sus ojos verdes fijos en ella con una mezcla de desesperación y la certeza absoluta de haber cruzado un punto de no retorno.
Lucía estaba paralizada. Su boca ardía, sus labios aún retenían la presión y el sabor del vino. La adrenalina del primer beso se había mezclado con el terror de la transgresión. Su mente estaba en blanco, incapaz de formular una sola palabra.
Gabriel fue el primero en hablar, su voz baja y áspera, llena de una auto-reproche que no ocultaba el deseo.
—Yo… yo no pude evitarlo, Lucía. Simplemente… no pude.
Se pasó una mano temblorosa por el cabello, rompiendo la pulcritud habitual. Sus ojos la devoraban, buscando un rastro de condena o de rechazo, pero solo encontrando la misma confusión pasional.
—Todo este tiempo… —continuó Gabriel, las palabras saliendo a borbotones, impulsadas por el alivio de la verdad revelada—. Apenas nos conocemos, Lucía. Solo han sido semanas, pero esta conexión es inevitable. La tortura era insoportable. Ver tu mente, esa brillantez que me desafía, y luego tener que verte con él, creyendo que... que tu alma ya le pertenecía. Creía que mi deber era renunciar a ti, que debía protegerme y protegerte de mí mismo. Pero al descubrir que era una mentira, que el obstáculo no existía… la represión simplemente colapsó. Es un deseo que no puedo explicar, pero que me está consumiendo.
Dio un paso hacia ella, su mano se alzó a su mejilla, un toque suave que contrastaba con la ferocidad del beso.
—No tienes idea de lo que te he deseado, desde el primer día en mi despacho. De la fuerza que he tenido que usar para mantener esa distancia. Lo que sentí al leer Crimen y Castigo en tus manos, al ver tu ponencia… esa conexión es real, Lucía. Y ahora sé que la única barrera que me impuse era falsa. Lo siento, lo siento por mi rabia y por ese beso... pero no me arrepiento.
Lucía sintió que su cuerpo se inundaba de calor ante la confesión. Era la validación de todo el dolor, la certeza de que no había imaginado la tensión.
—Profesor Stone… yo… —comenzó Lucía, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
—Gabriel. Llámame Gabriel —la corrigió, sus ojos fijos en los de ella, sellando la nueva intimidad—. Y por favor, no me digas que me arrepienta. No puedo. Lo que siento por ti no es solo deseo, es... es una posesión de tu mente que no puedo ignorar. Y ahora que sé que eres libre, no voy a fingir que no pasó.
Lucía tragó saliva. La nueva realidad era vertiginosa. El hombre de ética, su Ángel, se había declarado culpable y había derribado todas las reglas. Una ola de esperanza, ingenua y peligrosa, la invadió.
—Louis y yo solo somos amigos. Lo juro —murmuró, su voz temblando.
—Lo sé —susurró Gabriel, su pulgar acariciando su piel—. Y eso no hace más que empeorar las cosas. Nos tenemos que ir de este balcón, Lucía. Pero no voy a volver a mentirte, ni a mí. Lo que pasó aquí... es solo el inicio. Saint Andrews no es St. Arden. Por esta noche, Lucía, por el resto del seminario, el deber puede esperar.
Él la besó de nuevo, esta vez fue un beso más lento, de confirmación, una promesa robada en la penumbra. Fue el beso que cimentó la culpa y el deseo.
—Ahora, vamos a volver a esa mesa —dijo Gabriel, obligándose a la compostura—. Vamos a pretender que somos profesor y alumna. Pero por dentro... sabrás que la verdad es otra.
Lucía asintió, su mente en un torbellino. Trató de alisar su vestido, de controlar su respiración, de limpiar la evidencia del beso de sus labios. Gabriel la miró fijamente, asegurándose de que ambos recuperaban la máscara de la indiferencia.
Gabriel abrió la puerta del balcón y guio a Lucía de vuelta al salón. Los murmullos de la cena llenaron el silencio tenso que se había formado entre ellos. Lucía caminó con la cabeza en alto, sintiéndose extrañamente poderosa y totalmente aterrada.
Al acercarse a su mesa, Louis se levantó de inmediato, con una expresión de curiosidad en el rostro.
—¿Todo bien, mon cœur? ¿Fue un mensaje muy urgente?
—Sí, Louis, un asunto de logística —intervino Gabriel con una calma imperturbable, su voz ahora profesional, su traje de nuevo una armadura.
Lucía se sentó, sintiendo la mirada de Gabriel sobre ella. Estaba a punto de responder a Louis, de forzar una sonrisa, cuando el salón se quedó en un silencio repentino e incómodo.
Todos los ojos se dirigieron a la gran entrada del salón.
Lucía se giró para ver qué había causado el silencio.
En la entrada, junto al Director de la Facultad, había una mujer. Una mujer alta, de unos cuarenta años, con una belleza clásica y reservada.
Llevaba un vestido de noche color esmeralda y un collar de diamantes discreto pero inconfundible. Su cabello rubio oscuro estaba perfectamente recogido, y su postura irradiaba una elegancia distante y fría. Esta no era solo una esposa, sino una mujer de poder.
Clara Stone era conocida en los círculos académicos no solo por su apellido, sino por ser la directora de la Fundación de Becas más grande de la universidad, con vastos contactos políticos y una influencia directa en las decisiones del Decanato. Su presencia era una declaración de poder.
El Director sonreía ampliamente.
—Estimados colegas, por favor, permítanme interrumpir brevemente para presentar a una invitada muy especial que ha llegado inesperadamente desde St. Arden para acompañarnos en la última parte del seminario.
La mujer sonrió con gracia, y sus ojos, de un azul hielo, se posaron en la mesa de Gabriel.
El corazón de Lucía se detuvo. Había algo en esa mujer, en la forma en que su sonrisa se dirigía a un punto específico de la mesa, que la heló.
El Director continuó con entusiasmo:
—Por favor, demos una calurosa bienvenida a la distinguida señora Clara Stone, esposa de nuestro eminente ponente, el Profesor Gabriel Stone, y presidenta de nuestra Fundación.
Lucía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El nombre resonó en el silencio, un golpe seco y brutal. Clara Stone.
Lucía sintió que un vértigo la golpeaba. Miró a Gabriel.
El rostro de Gabriel, antes liberado por la confesión y el beso, se había transformado en una máscara de culpa y resignación. El deber había regresado. Y tenía nombre, rostro e influencia institucional.
La señora Stone caminó hacia la mesa con una gracia calculada. Sus ojos, de un azul hielo, se posaron por un instante en Lucía y luego se fijaron en Gabriel con una intensidad posesiva.
—Gabriel. Siento llegar tarde, querido —dijo Clara, su voz meliflua pero autoritaria. Ella se acercó a su marido y le dio un beso seco en la mejilla, un gesto que parecía más una marca de territorio que un afecto—. Tenía que acompañarte. No podía dejar que mi brillante Ángel estuviera solo en un seminario tan importante.
Ella deslizó su mano por el brazo de Gabriel, reafirmando su presencia.
Lucía se quedó congelada, sintiendo que toda la sangre abandonaba su rostro. El beso, la promesa, la esperanza ingenua de los últimos quince minutos, todo se hizo cenizas.
¿Esposa? ¿Casado? ¿Y con la Directora de la Fundación de Becas?
El hombre que acababa de declararle su deseo irrefrenable, que le había robado su primer beso, no solo era su profesor, sino un hombre casado con la mujer más influyente de la facultad.
Él era el Ángel que le había pedido que lo ayudara a pecar, y ella había respondido al llamado, solo para descubrir que el precio era la potencial destrucción de su carrera.
Clara Stone notó la palidez de Lucía. Sus ojos azules se movieron lentamente de la boca de Gabriel al rostro aturdido de Lucía, deteniéndose apenas un segundo en ella con un escrutinio penetrante.
—¿Y quién es esta joven tan pálida, Gabriel? —preguntó Clara con una sonrisa helada.
Gabriel se recompuso con una frialdad impresionante, el Ángel del Deber volviendo a su trono.
—Clara, esta es la señorita Lucía Vega. Una de nuestras becarias más brillantes. Ha dado una ponencia excepcional hoy.
Clara extendió una mano enguantada hacia Lucía, su contacto fue breve y glacial.
—Qué interesante, querida. Eres la becaria, ¿no? Muy prometedor. El mundo de la academia es tan... competitivo. Me alegra que Gabriel la esté guiando. Él es muy estricto con sus alumnas, ¿verdad, Gabriel?
La implicación era clara, el tono condescendiente y posesivo.
Lucía solo pudo asentir, el pánico inundando su garganta. Guiando. La mano de Gabriel aún estaba en el brazo de su esposa, el contacto de su piel una traición silenciosa.
Louis, siempre ajeno al drama sutil, intervino.
—¡Es un placer, señora Stone! Yo soy Louis Fournier, amigo de Lucía.
Clara dirigió una mirada fugaz y desinteresada a Louis, ya que su atención estaba enfocada en la alumna pálida.
—Por supuesto. Me alegra ver que la facultad tiene jóvenes tan entusiastas.
El golpe era doble: la existencia de la esposa y su influencia institucional.
Lucía miró a Gabriel, buscando una señal, una explicación, algo que negara la traición. Pero Gabriel solo la miró con una expresión de dolor silencioso y rendición.
El deber, en la forma de Clara Stone, había ganado.
Y Lucía, la becaria, acababa de iniciar un romance prohibido con un hombre casado en un balcón a la luz de la luna, poniendo en riesgo todo su futuro.