Capítulo 10

1663 Palabras
​La cena de gala del Seminario de Ética Institucional se desarrollaba bajo el brillo de las lámparas de araña. El salón principal del hotel era un escenario de terciopelo y mármol pulido, un marco opulento que solo lograba acentuar la tensión brutal que se había instalado en la mesa de honor. ​Gabriel Stone estaba sentado frente a Lucía, sintiendo que cada gramo de su autocontrol se disolvía con cada minuto que pasaba. El traje de etiqueta que vestía, usualmente una armadura, ahora se sentía como una camisa de fuerza. Los organizadores lo habían colocado en el punto perfecto para la tortura: tenía una vista frontal y sin obstáculos de Lucía y Louis. ​El martirio comenzó con la frivolidad del francés. ​Louis, relajado y charlatán, parecía haber interpretado la mirada de Gabriel como simple envidia académica. Se inclinaba constantemente hacia Lucía, su cabeza oscura muy cerca de la rubia de ella, sus susurros interrumpidos por las risas. Al hablar, Louis apoyaba una mano en la espalda de Lucía, un gesto de intimidad casual que Gabriel catalogaba mentalmente como posesión ilegítima. Gabriel apretó el mango del cuchillo con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos, ignorando el sabor del vino tinto en su copa. ​—Es un diletante. Un charlatán. ¿Cómo puede permitir que esa mente, que esa luz, sea contaminada por tanta superficialidad? —pensaba Gabriel con una rabia sorda y autodestructiva. ​Lucía, por su parte, sentía el peso de la mirada de Gabriel como una lupa que magnificaba sus movimientos. Intentaba concentrarse en la conversación del colega a su lado, pero la presión de los ojos verdes frente a ella la obligaba a volverse constantemente hacia Louis, buscando un refugio familiar. Cada risa que compartía con Louis era una mentira, un intento desesperado de demostrar normalidad. Ella sabía que, a los ojos de Gabriel, estaba sellando su condena moral. La mirada del profesor era fría, posesiva y resentida, como si estuviera observando la malversación de un tesoro que él consideraba legítimamente suyo. ​Mientras el mesero servía el Filet Mignon, Louis tomó un trozo de pan de su canasta y, con un movimiento rápido y familiar, lo deslizó en el plato de Lucía. Era un gesto ínfimo, un acto de compartir silencioso, que rompió el último hilo de paciencia de Gabriel. ​Louis, entonces, se dirigió a Gabriel con su sonrisa más exasperante. ​—Profesor Stone —dijo Louis, inclinando la cabeza—. ¿Disfrutando de la paz? Lucía y yo estuvimos hablando sobre su ponencia. Fascinante, pero muy pesada. Demasiado deber, ¿no? La vida es corta. Debería tomarse unas vacaciones sin libros. ​El rostro de Gabriel se tensó. El desprecio en su voz era una seda cortante. ​—Prefiero la pesadez de la filosofía, señor Fournier, a la ligereza que confunde la vida con un patio de juegos. Y le aseguro que mi entendimiento del deber me resulta infinitamente más interesante que las trivialidades de su… relación sentimental. ​El aire se congeló. Louis pareció entender que había cruzado un límite personal, pero su arrogancia no le permitió retroceder. ​—Como usted diga, professeur. Pero a Lucía no le molesta mi ligereza. ¿Verdad, mon cœur? ​Lucía sintió que el mon cœur resonaba como una campana de alarma. No podía soportar un segundo más de esta falsedad. Justo cuando ella iba a intervenir, Gabriel actuó. ​Se levantó de la mesa con una brusquedad que hizo sonar los cubiertos. Su voz, aunque baja, arrastró la atención de los presentes. ​—Señorita Vega. Necesito su ayuda ahora mismo. El Director de la facultad me ha pedido que revise un listado de asistentes para la próxima sesión. Venga conmigo. ​Era la excusa más transparente imaginable. Lucía se levantó inmediatamente. Era su única oportunidad de enfrentar la locura que se había apoderado de su profesor. ​Gabriel la guio con mano firme a través del salón, su paso largo y rápido, hasta que llegaron a un pequeño balcón con vista al mar, completamente apartado y silencioso. El aire salado y frío de la noche contrastaba con el calor sofocante y perfumado del salón. ​Apenas las puertas de cristal se cerraron, Lucía sintió el torrente de la furia de Gabriel. Él se giró hacia ella. Sus ojos verdes eran dos volcanes en erupción en la penumbra. ​—No voy a tolerar esto, Lucía —siseó, su voz apenas un susurro tensado por la rabia—. Vi su ponencia. Es la mente más brillante que he visto en años en esta universidad, y sé que usted lo sabe. ¿Y qué hace? Permite que su talento sea opacado por la frivolidad. ¿Permite que ese niño la use como un adorno en una mesa mientras usted lee a Dostoievski en privado? ​Gabriel dio un paso hacia ella. La proximidad de su traje, el olor a su colonia especiada, el peligro inminente, paralizaron a Lucía. ​—Louis no tiene la profundidad para usted. ¡No la respeta! La deja sola y asustada en un avión mientras él está dormido... ¿Cree que puede ser la mejor estudiante de la universidad y al mismo tiempo... jugar a la casita con alguien que solo sabe usar un tono condescendiente? No se rebaje. No lo permita. ¡Es una vergüenza para su intelecto! ​Lucía sintió una punzada de dolor tan aguda que le robó el aliento. Vio la verdad cruda y desnuda en sus ojos: sus celos eran auténticos. Eran la fusión tóxica de la admiración intelectual y el deseo físico. Él no estaba enojado por la moral, sino por la posesión de lo que él consideraba suyo. ​Ya no pudo soportarlo más. Su propia frustración y la injusticia de su juicio explotaron en un tono firme y bajo, para que solo él pudiera escuchar. ​—¡Deje de juzgarme, Profesor Stone! —espetó, sus manos temblando ligeramente—. ¡Deje de mirarme como si estuviera cometiendo un error moral cada vez que Louis me habla! Y deje de asumir cosas por lo que ve en la mesa. ​Lucía dio un paso hacia él, la adrenalina corriendo por sus venas. ​—Usted vio a Louis y escuchó mon cœur, y en lugar de preguntar, en lugar de comportarse como el hombre de razón que pretende ser, construyó toda esta historia de celos, rabia y rechazo sobre una mentira. Y toda su hostilidad hacia mí, todos sus sermones en clase, su distanciamiento... ¡todo es por un error estúpido! ​La confrontación de Lucía fue un acto de desesperación y valentía. Terminó la revelación, alzando la voz solo un poco, pero con una convicción que no dejaba lugar a dudas: ​—Louis no es mi novio. Nunca lo ha sido. No somos una pareja. Es mi mejor amigo, Es un hermano, un compañero de viaje. Me llama mon cœur porque es francés y lo hace con todas sus amigas. ¡Todo su enfado, Profesor Stone, toda su "carga deontológica" para evitarme, se basó en una mentira que usted mismo se creó! ​El silencio que siguió fue un abismo ensordecedor. El único sonido era el murmullo lejano del mar. ​Gabriel Stone se quedó petrificado, su cuerpo tenso como una cuerda. La furia se drenó de sus ojos como un torrente, dejando una mezcla de vacío helado y una conciencia brutal. La verdad lo golpeó en el pecho, quitándole el aliento: su sacrificio ético había sido una farsa, su renuncia, un error estúpido. ​Louis no es su novio. La prohibición moral no existe. ​El Ángel Gabriel se dio cuenta de que había desperdiciado semanas de angustia por una mentira que él mismo había alimentado. El campo no estaba tomado. El campo estaba libre. ​Lucía lo miró, sus ojos llenos de lágrimas contenidas, esperando una disculpa, una explicación. Pero Gabriel solo pudo hacer una cosa. Su cuerpo, liberado repentinamente de la atadura de la moralidad y consumido por la rabia de haber perdido el tiempo y el deseo reprimido, actuó por puro instinto. ​Dio un paso decisivo hacia ella. Antes de que Lucía pudiera reaccionar, él la agarró por la cintura con ambas manos, la atrajo con una fuerza posesiva contra su cuerpo y plantó su boca sobre la de ella en un beso que no pedía permiso, sino que tomaba posesión con la desesperación de un náufrago. ​Era el primer beso de Lucía, y fue una tormenta. ​No fue dulce ni tierno; fue brutal, hambriento y explosivo. La boca de Gabriel se movió sobre la suya con una urgencia que le robó el aliento, el sabor del vino tinto y la furia reprimida. Lucía sintió que el mundo se inclinaba. La presión de su cuerpo duro contra el suyo, la forma en que sus manos se aferraban a su cintura con una intensidad que casi dolía, era la liberación de toda la tensión acumulada. ​Lucía soltó un gemido que fue absorbido por la boca de él. Su mente gritaba ¡No! pero su cuerpo la traicionaba. Las manos de ella, en lugar de empujarlo, se aferraron a las solapas de su traje, atrayéndolo más cerca. Ella le correspondió con una intensidad que la sorprendió a sí misma, devolviendo el deseo, la verdad y la confusión que había estado guardando. ​El beso se hizo más profundo. Gabriel deslizó una mano hacia su nuca, inclinando su cabeza para profundizar la conexión, dominándola por completo. El roce de su piel, el calor de su aliento, la conciencia de que el hombre más prohibido y ético de su vida la estaba besando con esa desesperación, hizo que las piernas de Lucía flaquearan. ​Ella era la alumna, él el profesor. Ella la luz, él el deber. En ese beso, todas las barreras se hicieron cenizas. ​El Ángel Gabriel había caído, arrastrándola consigo al infierno de la pasión prohibida.
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