Capítulo 9

1589 Palabras
El sol del mediodía en Saint Andrews caía con una luz intensa, pero no podía calentar la frialdad que se había instalado entre Gabriel y Lucía desde que desembarcaron del avión. La tensión era tan densa que Louis, con su despreocupada audacia, apenas lograba disiparla. Gabriel se había retirado a su suite, su mente una caldera hirviente de celos y una fascinación intelectual recién descubierta. La imagen de Lucía acurrucada contra su pecho en el avión, y el contraste de esa vulnerabilidad con su elección de lectura (Crimen y Castigo), lo habían quebrado. Ahora, solo le quedaba esperar. Lucía, por su parte, intentaba contener un temblor que no era de miedo, sino de una anticipación febril y un pánico silencioso. El vestíbulo del hotel de lujo, con sus suelos de mármol pulido y los murmullos académicos, le parecía un escenario demasiado grande para ella, una joven de origen humilde en un mundo de intelectuales acaudalados. El viaje a Saint Andrews era mucho más que una simple conferencia; era el hito definitorio de su joven carrera. Ella era, indiscutiblemente, el mejor promedio académico de toda su generación, un faro de excelencia que la facultad quería exhibir. Por lo tanto, no solo iba como simple asistente, sino como ponente y auxiliar principal del evento. Este era su momento. Pero la presión era inmensa, magnificada por la distancia y por una culpa que no era suya. Sus padres, tradicionales, estrictos y profundamente protectores, se habían opuesto con vehemencia a que viajara tan lejos sola, o peor aún, con un compañero de estudios varón como Louis, aunque supieran que su relación era puramente platónica y de amistad profunda. La idea de que su hija se expusiera al mundo de esa manera les había causado una angustia palpable. Solo la intervención directa de la Decanatura y el hecho de que la universidad ya había comprado sus boletos de avión, reservado la estancia y sellado su obligación profesional había acallado las protestas. Lucía había tenido que prometer llamadas diarias, casi por hora, para calmar sus temores. Sentía el peso de esa confianza y de ese sacrificio. No podía permitirse un error. No podía permitir que el malentendido del Profesor Stone, un hombre al borde del colapso emocional, arruinara su futuro. El recuerdo del abrazo del avión, que debería haber sido olvidado, la perseguía con la persistencia de un recuerdo que se niega a marcharse. La sesión de ponencias magistrales se celebró a primera hora de la tarde en el gran auditorio del hotel. Gabriel era el primer orador. Lucía se sentó en la segunda fila junto a Louis, quien, habiendo ingerido una cantidad impresionante de café, parecía milagrosamente despierto. Ella no podía apartar la mirada de la figura en el estrado. Gabriel se había vestido para la ocasión con un traje de corte impecable, su traje parecía una armadura moderna. Para Lucía, no era solo un profesor; era una escultura viva de la autoridad, su aura de mando y su perfil severo proyectaban una sombra de orden absoluto en el caos de su mente. La ponencia de Gabriel, "La Carga Deontológica: Cuando el Deber es la Tragedia Personal", fue un espectáculo intelectual. Habló con una elocuencia que Lucía sentía directamente en el pecho. Sus palabras sobre la obligación moral y la renuncia al deseo personal, aunque académicas, resonaron con una dolorosa y cruel intimidad, como si le estuviera narrando su propia historia de rechazo. Al final de su exposición, una colega anciana preguntó con curiosidad por la singularidad de su nombre. Gabriel se permitió una pausa. Gabriel sonrió levemente. Era una expresión rara y fugaz, que suavizó las líneas tensas de su rostro. Lucía sintió que esa sonrisa era una rendija peligrosa hacia su alma. —Mi madre fue una mujer de fe profunda, muy devota al Arcángel Gabriel —explicó, su voz se hizo baja, un tono más personal, casi una confesión a la multitud—. La leyenda dice que el Arcángel Gabriel es el mensajero de la verdad, pero también el ejecutor de la voluntad divina. Ella sintió que debía ponerme ese nombre para recordarme que mi vida no se trata de mí mismo, sino del servicio a una ley superior. Al menos, esa fue la carga que me impuso. Lucía sintió que su corazón se aceleraba con una intensidad violenta. La historia resonó en su alma de forma inmediata y poética. El Ángel Gabriel. La metáfora se hizo completa, abrumadora, y profundamente peligrosa. A partir de ese instante, no pudo dejar de compararlo con un ángel. Su presencia, su imponente altura, la intensidad de su mirada verde que parecía ver la verdad de las almas, la forma en que su vida se regía por un "deber" inquebrantable, su elegancia casi etérea. Todo reflejaba una fascinación que ya no era solo atracción; era una admiración mística y literaria, un fervor casi religioso. Él era un ángel; un ser majestuoso, pero prisionero de su propia ley superior. De ahí venía la dualidad que la volvía loca: el profesor frío y el hombre que la abrazó en el avión. Hazme Pecar, Ángel. La frase inconsciente y prohibida se formuló por primera vez en su mente con la claridad de un grito. La espera para la ponencia de Lucía se sintió eterna. Louis, aburrido por la filosofía pura, había salido del auditorio para hacer una llamada. Gabriel se había sentado en la última fila, intentando disimular su interés con el pretexto de corregir apuntes. Estaba preparado para criticarla. Para encontrar fallos y justificar su distancia. Lucía subió al estrado para su ponencia: "La Culpa y la Racionalización Post-Deontológica en la Juventud Moderna". Al empezar a hablar, Lucía se transformó. Se apoyó en el atril con una postura de autoridad. Su voz, aunque suave, se proyectó con la claridad de un cristal, su mente se enfocó y su postura adquirió una autoridad nacida del conocimiento profundo. Ella argumentó que los jóvenes, al enfrentar dilemas éticos, a menudo cumplían la ley, pero la culpa los destruía si la ley iba contra su naturaleza emocional. La ley no siempre garantizaba la paz mental. Su principal referencia: el personaje de Raskólnikov en Crimen y Castigo. Lucía desmanteló cómo el protagonista usa una justificación intelectual superior para un acto pasional, solo para ser devorado por la agonía de su propia conciencia. Gabriel se quedó en la última fila, completamente inmovilizado por la belleza de su intelecto. Había esperado que fuera competente, pero fue testigo de una majestuosidad intelectual que lo golpeó en el núcleo. Mientras Lucía desgranaba sus argumentos, citando con precisión a Dostoievski y conectando la filosofía rusa con la psicología conductual, Gabriel se hundió en el asiento. La admiración le golpeó con una fuerza mayor que la turbulencia, un reconocimiento que era más íntimo que cualquier contacto físico. Es brillante. Es jodidamente brillante. El intelecto de Lucía no era un buen promedio; era una fuerza pura, rara y luminosa. Ella no era solo un cuerpo que él deseaba; era una mente que lo desafiaba, que compartía su oscuridad literaria y que ahora estaba desmantelando los cimientos de su propia ponencia (la necesidad de la renuncia) con la lógica despiadada de la psicología. Gabriel quedó absolutamente fascinado. Olvidó por completo la existencia de Louis, de su propio matrimonio, y de la prohibición institucional. En ese momento, solo existía Lucía, la joven mujer en el estrado que manejaba conceptos complejos con una claridad pasmosa. El Ángel Gabriel, el hombre del deber, fue subyugado por la luz de la inteligencia de Lucía. Cuando Lucía terminó, el auditorio estalló en aplausos. El director de la facultad se puso de pie, una señal de la rara excelencia. Lucía bajó del estrado, con las mejillas sonrojadas por el triunfo. Gabriel se levantó lentamente. Tenía que acercarse a ella. Lucía, rodeada por varios profesores, sintió la presencia de Gabriel antes de verlo. Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron con los de él. Su expresión era de una intensidad feroz, mezcla de orgullo, deseo y una posesión velada. —Señorita Vega —dijo Gabriel, su voz baja y cargada—. Su ponencia fue, simplemente... magistral. Usted usó el caso de Raskólnikov para desmantelar la hipocresía de la racionalización. Es el trabajo más sólido que he escuchado de un estudiante de pregrado. Lucía sintió un calor en el pecho ante la magnitud de ese elogio. Gabriel se inclinó ligeramente, reduciendo el espacio entre ellos, sus labios casi tocando su oído. —Hay una conexión, señorita Vega —susurró, refiriéndose a Crimen y Castigo—. Una conexión intelectual que es... innegable. Justo en ese momento, Louis apareció, con su aura despreocupada. —¡Mon cœur! ¡Felicidades! —Louis la abrazó sin más, besándola ruidosamente en la mejilla, cortando la conexión—. Nos vemos en la cena, professeur! Lucía sintió la mano de Louis en su espalda y, justo cuando se separaban, vio el rostro de Gabriel transformarse. La admiración se había extinguido, reemplazada por una furia hirviente y posesiva. Gabriel la miró a los ojos, ignorando a Louis. Su mandíbula se tensó. —Nos veremos en la cena, señorita Vega —dijo Gabriel. La promesa en su voz ya no era una invitación, sino una amenaza envuelta en etiqueta. Lucía salió del auditorio, abrumada. El problema no era solo el malentendido sobre Louis. El problema era que había un Ángel Gabriel, un hombre del deber, que estaba innegablemente fascinado por su mente, y que sus celos lo estaban volviendo demasiado peligroso. El destino la había obligado a enfrentar a su ángel caído.
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