Capítulo 8

1239 Palabras
​Gabriel Stone caminó por el estrecho pasillo del avión, su maletín de mano de cuero italiano apretado con la rigidez de un hombre que se aferra al control en medio del caos. Había reservado un asiento en una zona discreta, cerca de la cola del avión, buscando la soledad que tanto necesitaba para justificar su obsesión. ​Al llegar a su fila, la número diecinueve, se detuvo en seco. El impacto fue físico; una descarga eléctrica fría que le paralizó la respiración. ​No había soledad. Había una pareja. ​Louis Fournier, el chico francés y la encarnación de su tormento, estaba ya acomodado junto a la ventanilla, jugueteando con el cinturón de seguridad. Lucía Vega, su alumna y la fuente de todo su desorden, estaba sentada en el asiento del medio. El tercer asiento de la fila, el del pasillo, era el suyo. ​El destino no solo se había burlado, sino que lo había condenado a la tortura de la proximidad. ​La cercanía era una humillación inmediata. Gabriel sintió que sus planes de distancia y observación discreta se hacían añicos. El universo no solo le había negado la paz, sino que le había impuesto el castigo de la intimidad forzada. ​Louis levantó la cabeza y sonrió con una familiaridad irritante. ​—Professeur! ¡Qué suerte! —dijo Louis con su acento musical—. Parece que el destino quiere que me ponga al día. ​Lucía se giró. Su rostro se encendió en un rubor incómodo al verlo, un rubor que Gabriel interpretó instantáneamente como culpa. ​—Profesor Stone —murmuró Lucía, su voz apenas audible. ​Gabriel se obligó a asentir con una frialdad glacial. Se sentía como un voyeur y un intruso, obligado a presenciar la intimidad de dos personas que no tenían idea del volcán que se estaba formando en su pecho. ​—Señor Fournier, señorita Vega —dijo, su voz más áspera de lo habitual. ​Se deslizó en el asiento del pasillo. El roce de su traje con el brazo de Lucía fue inevitable, un contacto fugaz que le recorrió el costado como una chispa encendida. ​Louis se hundió inmediatamente en la miseria del viajero aéreo. ​—Mon cœur, estoy mareado. No me gustan los aviones. Ya tomé las pastillas —oyó susurrar a Louis, su voz arrastrada—. Prométeme que me despertarás cuando aterricemos. ​—Lo prometo, Louis. Duerme tranquilo. —respondió Lucía. ​Gabriel observó el acto con una mezcla de desprecio y justificación. El supuesto novio se estaba drogando para evitar la incomodidad, dejando a Lucía sola y alerta. El hombre que se atrevía a llamarla mon cœur era incapaz de protegerla en una situación tan mundana. ​Mientras Louis se sumía en un sueño inducido, Lucía abrió su mochila. Sacó sus apuntes y luego, de una de las bolsas laterales, extrajo un libro de bolsillo con las tapas desgastadas. ​Gabriel fijó su mirada. Era Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski. ​La rabia de los celos fue sustituida por un golpe de reconocimiento intelectual. Aquel no era el libro de una estudiante cualquiera; era la obra que había definido su propia juventud, su introducción a la moralidad extrema. No podía creer que una chica de su edad tuviera un gusto tan profundo y complejo. ​Su mente recordó inmediatamente una frase que encapsulaba la esencia de su conexión con la literatura y que ahora se aplicaba a Lucía: ​"Hay libros que no leemos, sino que nos encuentran. Y cuando lo hacen, son la forma en que un alma recomienda a otra que despierte." ​¿Era ese libro, leído en ese instante, una prueba de que el alma de Lucía era la que estaba destinada a "despertar" la suya? La idea de que compartían un código secreto, una sensibilidad profunda, encendió una luz más peligrosa que el celo físico: la llama de la posesión intelectual. Ella le pertenecía a un nivel que Louis nunca podría alcanzar. ​El vuelo despegó. Lucía comenzó a leer, su concentración absoluta. ​Una hora después, el aviso del piloto: ​—Señoras y señores, vamos a experimentar una zona de turbulencia moderada. ​El aviso fue seguido casi de inmediato por un fuerte sacudón. El avión se tambaleó con violencia. ​Vio a Lucía, con el rostro blanco, los ojos muy abiertos por el terror, aferrándose a los reposabrazos. Louis roncaba. Lucía estaba sola. ​Fue el instinto. Gabriel no podía soportar verla en ese estado. ​Gabriel se inclinó sobre el asiento de Lucía, la ética y el miedo completamente olvidados, e inmediatamente la envolvió en sus brazos. Su acción fue una invasión directa del espacio personal, justificada por la emergencia. ​—Está bien. Estoy aquí. —susurró Gabriel, su voz grave y firme, cortando el ruido de la turbulencia. ​Lucía, paralizada por el terror, se hundió contra el pecho de Gabriel. Sus brazos se aferraron a su cintura con una fuerza desesperada. ​El contraste fue abrumador. El frío, la rigidez, la distancia, se desvanecieron en el calor repentino de su cuerpo. Gabriel la sostuvo firmemente, sintiendo el temblor de Lucía. Él era el único hombre capaz de protegerla en la fila. La justificación para el contacto era inmensa: un deber de protección que superaba el deber ético de la distancia. ​La turbulencia cesó. ​Lucía permaneció inmóvil. Se dio cuenta de que el miedo había desaparecido, pero el consuelo de estar en esos brazos no lo había hecho. Intentó separarse. ​Pero Gabriel no la dejó. ​En lugar de soltarla, Gabriel cerró el abrazo. Sus brazos se tensaron a su alrededor. Él deslizó una mano por su espalda y la otra se hundió ligeramente en su cabello, una caricia breve y posesiva, aprovechando los últimos segundos de la excusa de la emergencia. ​Lucía sintió que la respiración se le cortaba. Levantó la cabeza, su rostro a centímetros del suyo. ​—Lucía, espera —murmuró Gabriel, su voz áspera y baja. Su aliento cálido le rozó la frente. ​Ella no dijo nada, atrapada en el abrazo, en la mirada intensa de sus ojos verdes. ​Finalmente, Gabriel se obligó a soltarla lentamente. Se reacomodó en su propio asiento con un movimiento rígido. ​El piloto anunció que estaban a punto de iniciar el descenso. ​Gabriel se inclinó hacia ella, sus labios peligrosamente cerca de su oído. El susurro era puro celo. ​—Deberías conseguirte un novio más atento, Lucía —susurró, el tono cargado de resentimiento—. Alguien que no te deje sola, aterrada, en un viaje tan importante. No como ese francés, que te deja desprotegida. ​Lucía se giró para mirarlo, sus ojos avellana llenos de una confusión genuina y abrumadora. ​¿Novio? ¿Él cree que Louis y yo somos pareja? ​El entendimiento golpeó a Lucía. Su hostilidad, sus celos en clase, su rabia... todo se basaba en el malentendido de la relación con Louis. ​—Profesor Stone, Louis y yo no somos… —comenzó a decir, pero el avión tocó tierra con un chirrido de neumáticos, y la interrupción fue total. ​Gabriel la miró intensamente, su rostro indescifrable. ​—Aterrizamos, señorita Vega —dijo, la distancia restaurada en su voz. ​Lucía se quedó sentada, temblando ligeramente. El malentendido se había convertido en el arma más poderosa de Gabriel.
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