Capítulo 7

1362 Palabras
​Gabriel Stone regresó a su despacho después de la clase de Ética sintiéndose más furioso y descontrolado que en el momento del toque accidental. La rabia que lo inundaba no era la fría culpa ética, sino la caliente y húmeda bilis de los celos. ​Se desplomó en su silla, su corbata ya desanudada y colgando a un lado. El eco de la risa de Lucía seguía resonando en su mente: clara, libre, dirigida al joven Louis. La risa que le había dado un vuelco al corazón no era suya; era propiedad del otro. Y las palabras de Louis –"intentaré mantener mis manos lejos de Lucía durante su clase, aunque me cueste tanto"—fueron una declaración de posesión que lo humilló por completo. ​"Saint Andrews... el mismo hotel." La información se había incrustado en su cerebro como metralla. Él había intentado cortar la conexión con profesionalismo; Louis la había cementado con una relación pública y una cohabitación inminente. El joven era el espejo de su fracaso. ​Gabriel se levantó y caminó hacia su ventana. Afuera, la noche caía sobre St. Arden. Su mente, una máquina de lógica antes impecable, ahora funcionaba con la lógica distorsionada del deseo. ​¿Por qué la rabia? ​Intentó razonar. La deontología diría que los sentimientos de un profesor son irrelevantes frente al deber. El Utilitarismo diría que su dolor es menor que el bienestar de la institución. Pero Gabriel ya no escuchaba a los filósofos. ​La verdad era que Lucía no estaba sufriendo. Lucía estaba riendo y viajando con su novio. El gran sacrificio ético de Gabriel había sido completamente innecesario y, peor aún, irrelevante. Él había quemado sus puentes para proteger una inocencia que ya estaba felizmente comprometida con otro. Se había condenado a sí mismo a la abstinencia, mientras la vida de ella continuaba con una alegría descarada. ​El dolor de la renuncia se transformó en resentimiento. Si su sacrificio no era valorado ni necesario, ¿por qué mantenerlo? El deber había fracasado en darle paz. Solo quedaba el deseo. ​Sacó su calendario. El Seminario de Ética Institucional en Saint Andrews era en cinco días. Había planeado ir, dar su ponencia y regresar el mismo día. Su plan había sido de eficiencia clínica. ​Ahora, el plan cambió radicalmente. ​Él tenía que ir. Y tenía que quedarse. ​Abrió el archivo de su itinerario de viaje. Canceló el vuelo de regreso del sábado por la noche y extendió su reserva en el hotel. La universidad ya había pagado la habitación, y no era una pérdida de dinero quedarte; era solo una necesidad académica, se dijo a sí mismo, intentando revestir la obsesión con la lógica. Necesitaba preparar su ponencia en un ambiente tranquilo. La excusa era frágil, pero suficiente. ​Si Louis iba a estar allí exhibiendo su afecto, Gabriel tenía el derecho de estar cerca. No para tocarlos, sino para reclamar su dominio intelectual. Lucía era su alumna más brillante. Louis, por su propia admisión, era un rezagado que necesitaba ponerse al día con Rousseau. ​Gabriel se pasó el resto de la noche encerrado, no leyendo a Kant, sino buscando en el directorio de la facultad el nombre completo de Louis Fournier. Lo encontró: un estudiante de tercer año, especialidad en Relaciones Internacionales. Un diletante. ​La mañana lo encontró exhausto, pero con una nueva claridad: iba a destruir la relación de Lucía y Louis. No por amor, sino por celos territoriales. Él era el único que tenía derecho a ese fuego, incluso si era en la distancia. El juego había dejado de ser ético para volverse posesivo. ​Mientras tanto, Lucía Vega se encontraba en la biblioteca, intentando concentrarse en su tesis sobre la elección personal. Sin embargo, su mente regresaba una y otra vez al aura de furia que había envuelto al Profesor Stone en clase. ​Ella aún sentía la vergüenza del regaño público. Pero había algo más, algo que su mente analítica no podía ignorar. ​No fue solo una corrección. Fue personal. ​¿Por qué estaba tan enojado? El incidente en el despacho, donde él había sido gélido y luego íntimo por un segundo, ahora se fusionaba con la hostilidad del aula. Ella notó sus ojeras, la rigidez, la forma en que sus ojos se detenían en su boca antes de mirar al tablero. ​Lucía sabía que Louis era ruidoso y a veces inoportuno, pero la reacción de Gabriel había sido desproporcionada. ¿Estaba él lidiando con problemas personales? ¿Problemas matrimoniales? La posibilidad de que su tormento no tuviera nada que ver con ella era un alivio, pero su mente no podía olvidar la forma en que la había mirado. ​La decisión de no buscarlo se reafirmó. Él era una fuerza destructiva en este momento. ​Sin embargo, el tema de Saint Andrews la obligaba a reconsiderar. ​—¿No crees que deberíamos ir en tren, mon coeur? —dijo Louis, asomándose por encima de su hombro, interrumpiendo su concentración. ​—Louis, tenemos que estudiar. Y no, el seminario es lejos, el vuelo es más rápido —respondió Lucía, cerrando su libro con frustración. ​—¡Mais non! Es una convención, no una guerra —Louis le tomó la mano, sus dedos entrelazados con los de ella—. Podemos conducir, parar en el camino... hacerlo divertido. Además, el profesor Stone va en avión, ¿no? Si vamos en tren, no lo veremos hasta la ponencia. P ​Lucía sintió una punzada de alivio y una extraña decepción. La idea de evitar el escrutinio de Gabriel durante el viaje era tentadora. Pero la idea de verlo aparecer de repente en el mismo hotel, después de haber regañado su relación, la puso nerviosa. ​—Vamos en avión, Louis. Es más profesional. Él nos estará observando, ya lo viste. Nos regañó por una charla. Imagina lo que dirá si llegamos tarde. ​—Que se aguante —dijo Louis, encogiéndose de hombros. Para él, Gabriel era una molestia, no una amenaza. ​Lucía, sin embargo, vio la situación a través de la lente de la supervivencia académica. Ella se había comprometido a ir a Saint Andrews como observadora y auxiliar. Tenía que ser impecable. La presencia de Gabriel y su hostilidad la obligaban a ser más cautelosa. ​Ella ya no veía a Gabriel como un posible amante, sino como un obstáculo profesional volátil. Su tarea ahora era ser tan perfecta que él no tuviera ninguna excusa para atacarla o a Louis. ​Mientras Louis revisaba horarios de vuelos en su teléfono, Lucía se encontró mirando un punto fijo, recordando la forma en que Gabriel había mirado a Louis. No era una mirada de profesor a alumno. Era la mirada de un rival desarmado. ​No tiene sentido, pensó. Es el hombre más ético de la facultad. ​Pero el hombre que había visto en clase, con sus ojeras y su rabia, era un hombre al límite, y eso la asustaba. ​El viernes por la tarde, Gabriel estaba en el aeropuerto, su maleta de cuero impecable rodando silenciosamente a su lado. Había reservado un vuelo diferente al que solía tomar el personal de St. Arden. No quería coincidir con nadie conocido, ni siquiera con Mateo. ​Su teléfono vibró. Era una confirmación de la recepcionista del hotel en Saint Andrews. ​"Estimado Dr. Stone, su reserva ha sido extendida. Tendrá una suite con vista al mar y balcón privado." ​Gabriel miró el mensaje. Una suite con balcón. La imagen de Lucía y Louis riendo en la terraza, disfrutando de la libertad que él había sacrificado, se formó instantáneamente en su mente. ​Subió al avión, sintiendo que no estaba yendo a un seminario, sino a una emboscada. Su mente intentaba recitar el principio de la moralidad del deber, pero la única palabra que resonaba era el grito de Louis en francés: Mon amour. ​Había cruzado la línea. Ya no era un profesor que mantenía la ética. Era un hombre celoso que buscaba activamente la oportunidad de interferir en la vida de su alumna. Y la culpa era dulce.
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