SAL Por un segundo desgarrador, me aterra que Gia no me devuelva el beso. Luego gime y se derrite contra mi boca. Y a partir de ahí, todo vuelve a encajar. Aprieto el agarre en su cabello mientras se incorpora y clava las uñas en mi cuero cabelludo, recorriéndolo mientras devora mis labios. Mi otra mano baja hasta la curva de su cadera, donde el camisón de seda se ha deslizado sobre sus muslos mientras se retuerce acercándose a mí en la cama. —Joder, Gia— jadeo, rompiendo el beso un segundo para lamer la piel de su cuello—. Te pusiste esto para mí, ¿verdad? —No— dice con agresividad. Gruño. —Cuando te pusiste esto— tiro del vestido con rudeza, dejando al descubierto la curva desnuda de su cadera—, te lo pusiste para mí. Porque nadie más va a hacerte esto— gruño. Puntúo el gruñido d

