GIA Despertar en los brazos de Sal siempre ha sido un placer. Me muevo un poco, estirando los brazos mientras inhalo el aroma de la mañana. Las sábanas huelen a Sal. El aire huele a Sal. Estoy bastante segura de que si pudiera oler la luz del sol, también olería a Sal. —Buenos días —gruñe detrás de mí. Me muevo ligeramente hacia atrás, arqueando mi espalda contra su pecho. —Buenos días —susurro. Sal da un pequeño gruñido, y yo muevo mi trasero hacia atrás, rozando su m*****o. Que, como era de esperarse, está bastante duro. Sonrío. Hemos pasado tantas mañanas fingiendo que la atracción entre nosotros no existe. Es agradable admitir que sí existe. —Gia —gruñe Sal—. Me estás matando. —Pero es una forma bonita de morir, ¿no? Se ríe, pero sus manos recorren mis caderas. —Definiti

