MARISOL Moretti me encuentra a casi un kilómetro y medio de la casa de los Vitali. Es increíble, de verdad, lo rápido que es. En un segundo voy caminando por la carretera, completamente sola, y al siguiente hay una sombra oscura frente a mí. Si pretende asustarme, va a tener que esforzarse muchísimo más que eso. —Estoy aquí —digo en voz baja—. Estoy aquí, y puedes llevarme con él. Como era de esperar, Moretti no responde. Estoy segura de que es capaz de hablar. Lo he oído hacerlo antes. Creo. Aunque no lo hace a menudo. Moretti es un hombre de pocas palabras, y eso me viene bien. No necesita hablar. Y yo tampoco. Sin decir nada más, me conduce hasta un Dodge Charger n***o. Alzo las cejas al verlo. —Parece un poco obvio, ¿no? —Es un vehículo policial —responde, con un acento ma

