Capítulo 1: El Tirano de las Manos de Seda
«Debí matarte y no amarte...»
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—Reprobado.
La palabra no fue un grito, ni siquiera un susurro. Fue una sentencia. La voz del diablo se escuchó en el salón, esa voz que tenía el poder de marchitar las carreras de maestros y alumnos por igual con una sola sílaba.
—Profesor Eiden… reconsidérelo, por favor —suplicó Cale, su asistente, con la voz temblorosa—. No tenemos más candidatos disponibles para la Sala Maestra. Si el Rector se entera de que rechazó a los últimos diez...
Eiden, el profesor más temido del Instituto Privado de Artes Escénicas de California, no se inmutó. Sus ojos, negros como el fondo de un piano de cola, se clavaron en las pupilas de Cale. No buscaba asustarlo; simplemente lo estaba diseccionando con la precisión de quien encuentra una nota fuera de lugar.
—¿Realmente cree que alguno de esos payasos tiene talento? —Eiden se levantó. Su figura era una sombra elegante y perfecta—. No lo entiendes.
—Yo… yo lo entiendo, sénior, pero ya nos han advertido. El contrato con Londres exige un alumno para la Sala Maes—
—Cállate. —La interrupción fue tan brusca que el aire pareció quebrarse.
El miedo recorrió la columna de Cale, preciso y agudo como una nota sostenida. Sabía que no debía insistir. La fama de Eiden no venía solo de su frialdad, sino de un pasado que nadie se atrevía a nombrar en voz alta.
Mientras Eiden se alejaba por el pasillo con la parsimonia de un depredador, la maestra Elizabeth interceptó a Cale, tomándolo por los hombros con una firmeza inusual.
—Tienes que escucharme, Cale —susurró ella, temblando apenas—. Sé que no quieres estar cerca del sénior Eiden. No sé por qué el Rector te puso en este matadero, pero tienes que seguir sus reglas. Nunca lo contradigas. Y, sobre todo… nunca le digas qué es lo que tiene que hacer.
—Es un tirano —masculló Cale, frustrado—. Solo soy su asistente.
—Es más que un tirano, Cale. Su apellido tiene más peso que este edificio, y su pasado en Londres tiene más sombras que una tumba. Dicen que tiene manos de seda, pero no te confundas: son manos que saben exactamente dónde apretar para que dejes de respirar. Su talento es inmenso, sí... pero su crueldad es el precio que cobra por él.
Cale asintió, aunque su mente estaba enredada en rumores de linajes británicos y castigos medievales. Necesitaba un milagro.
Necesitaba a alguien lo suficientemente loco para entrar en la jaula del león.
Al doblar la esquina hacia el despacho de Eiden, la vio.
Era una joven, de unos veinte años. Su ropa de práctica era sencilla, casi pobre, y sostenía una funda de violín que parecía haber sobrevivido a un naufragio, con pequeñas pegatinas de algún ave. Pero lo que detuvo a Cale no fue su ropa, sino su postura.
—¿Busca a alguien? —preguntó Cale.
La chica se giró. Tenía un rostro delgado y ojos marrón, afilados como cuchillas. No había rastro de la sumisión que reinaba en el resto del instituto.
—Busco al profesor Eiden —respondió ella. Su voz era un desafío directo—. Vengo por el puesto de la Sala Maestra.
Cale se quedó helado.
—No creo que sepa a lo que se enfrenta. Todos han sido humillados. El profesor es…
Ella sonrió. Fue una sonrisa de guerra, no de alegría.
—He escuchado los rumores, sénior. Sé que dicen que es un diablo.
Acarició la funda desgastada de su instrumento con un gesto casi ritual, el mismo que usaría una guerrera para afilar su espada antes de la batalla.
—No estoy aquí por el Sénior Eiden. Estoy aquí por la música —señaló el despacho con un gesto cortante—. Y por lo que ese lugar tiene para darme.
Sin esperar invitación, Zoe dio un golpe firme en la puerta de madera oscura. El sonido resonó en el pasillo vacío como un preludio prohibido.
Cale sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Miró a la chica y luego a la puerta cerrada.
Esta es la elegida, pensó, horrorizado y fascinado a la vez.
La única capaz de devolverle el golpe al monstruo.