Toda mi vida había sido todo un imán para los conflictos. Para mí los problemas eran como una especie de embudo. Era demasiado fácil entrar, pero salir se volvía una tarea difícil porque la única salida siempre era intrincada. También resultaba muy gracioso pensar en cuántas veces había sobrepasado mis propios límite. Es decir, cuando estaba segura que no podía caer más bajo, algo pasaba y terminaba en el sub suelo de mi problema anterior. La peor parte de todo, era saber que en esta ocasión no tendría a mi ángel de la guarda junto a mí para protegerme, para anteceder con su divina mano repleta de sabiduría infinita para sacarme de aprietos. Ahora estaba sola, y sola debía salir de todo ese embrollo que se me venía encima como un eyaculador precoz estallando repentinamente cuando menos lo

