Todos desayunamos en el comedor cuando de repente Alex llega totalmente descontrolado y eufórico. Al entrar golpea la mesa fuertemente con sus puños, lo que nos deja a todos atónitos. Al verlo, un escalofrió a causa del miedo me recorre el cuerpo; pienso de inmediato en aquello que pasó anoche y que tal vez, solo tal vez vino a contarlo, sin embargo, dudo mucho que ése sea el caso ya que también debería contar sus constantes miradas lascivas y su pene duro como roca.
—Pero... ¡¿qué mierda te pasa, imbécil?! ¡estamos comiendo! —el grito de Damián se escucha por todo el lugar. Incluso más alto que los golpes a la mesa, los que está acostumbrada a recibir en este hogar al parecer.
En cambio, David y Regina simplemente alzaron su vista, vieron que se trataba de Alex y siguieron comiendo.
—¿Qué mierda me pasa? ¡¿esa es tu puta pregunta?! Bueno, te la responderé. No he sabido nada de Ezequiel y el otro hijo de puta desde ayer. No llegaron al destino, nadie sabe dónde están así que no tenemos ni dinero, ni mercancía.
Todos miramos a David, que simplemente deja de comer. Termina de masticar y traga. Se levanta de la mesa y sale del comedor.
—Vamos, esto es serio —Damián se levanta y junto a Alex siguen a David.
—¿Ha pasado algo así alguna vez? —le susurro a Regina. Ella niega con la cabeza.
—No, nunca, es algo extraño, aunque le dije a David que no confiaba en ese timador de Ezequiel, ¿le viste la puta cara?
Antes de contestar noto que Betany, ha terminado, así que se levanta a llevar el plato, a lo aprovecho para continuar con nuestra conversación en medio de susurros.
—¿Alex sabe que tú le dijiste eso a David? Es decir que pensabas eso de Ezequiel.
—¡Por Dios, Jessica! Me dijo puta corriente en frente de ti, claramente él y yo no somos amigos, así que no nos dirigimos la palabra.
—¿Y crees que David se lo comente?
—No, la verdad, no, ¿por qué?
—Curiosidad…
Mientras me deshice de Regina y Betany no está por ningún lado, decido acercarme al despacho de David. Como niña pequeña escurridiza pego la oreja en la puerta, intentando escuchar lo más que pueda, intento, intento, pero es casi inaudible. No puedo evitarlo más, así que decido abrir la puerta.
—Hola…
—¿Y tú qué haces aquí? —Alex es el primero en hablar. Me lanza dardos con los ojos, los que yo solo esquivo con el evidente desprecio.
—Jess, en serio, no puedes estar aquí. Espérame en otro lado.
—No seré un estorbo —contesto mientras camino más hacia adentro y me siento en uno de los sillones—, en serio, tal vez pueda ayudarlos en algo.
—¿En qué nos vas a ayudar, reina del baile? Tú no tienes ni idea de lo que está en juego aquí.
Damián se muestra confundido por la actitud de Alex hacia mí, sin embargo, no dice absolutamente nada.
—Sé que está la situación un poco dura, pero no hay nada que hablando se pueda solucionar.
El mensaje es claro, es conciso y es solo para él. Aun así, Alex no responde nada, solo me ignora dándome la espalda. Damián en cambio se acerca a mí, me pide que me vaya y amistosamente me saca del estudio. Con una sonrisa en el rostro corro hacia la habitación, esperando que sea el momento. Mi momento.