El frío contacto del metal de las esposas en mis muñecas fue un shock, un recordatorio brutal de la realidad que me golpeaba. Fui arrastrada fuera del estudio, los flashes de las cámaras parpadeando a su alrededor como luciérnagas crueles. Las voces de la entrevistadora y de Nick, gritando, se perdían en el caos. La impotencia me consumía y mis lagrimas no paraban de brotar. Nick salió del estudio corriendo, llamándome desesperado, sus ojos llenos de una mezcla de furia y agonía, pero yo solo pude ofrecerle una mirada de tristeza y resignación mientras era empujada hacia el coche patrulla. El interior del vehículo policial se sentía claustrofóbico para mí, el olor a desinfectante y a desesperanza se aferraba a mis fosas nasales. La sirena sonaba, un lamento lúgubre que parecía reflejar e

