La noche había absorbido los últimos vestigios del día, dejando a su paso un velo oscuro y cómplice. Nos desplazábamos como sombras; él, con una urgencia palpable en cada paso, y yo, con el pulso martilleando en mis sienes. El sendero de tierra, apenas visible bajo la tenue luz de la luna, nos guiaba hacia la pequeña capilla oculta, un secreto a voces entre los viejos árboles que se erguían como mudos testigos. —¿Estás seguro de esto? —mi voz se convirtió en un murmullo áspero, casi perdido en el crujido de las hojas bajo mis pies. No lo miré, mis ojos fijos en el camino incierto, pero la pregunta pendía en el aire, densa y cargada de significados no expresados. Apreté mis labios; el vestido sencillo que había elegido para la ocasión, casi una segunda piel en mi nerviosismo, se agitaba l

