El regreso del pecado
(Punto de vista de Ashley)}
Lo vi después de ocho años de haber sido una desgraciada con él. En mi defensa, no me dieron opción, pero él no lo sabe. Es mejor así.
— ¿Otra copa de vino, señorita? —Me preguntó el mesero al verme sola en la mesa de aquella fiesta. La música sonaba a lo alto mientras todos bailaban al centro de la pista de baile.
— Tráeme dos, por favor —. Le dije al trabajador, tomando las últimas "gotitas de la felicidad." La fiesta continuaba mientras yo cuidaba de mi madre que cabeceaba a un lado mío, como siempre. Su problema de alcohol no ayudaba mucho. Mi padre se había enfadado de ella desde hace mucho tiempo, y solo la traía como a una esposa florero. Mis hermanas y yo habíamos perdido la esperanza en que ella se recuperara en algún momento. Estaba cerrada a no tomar tratamiento alguno para su condición.
Me ofrecí a cuidarla mientras mi hermana Kristel bailaba con Dante Von Adler. Mientras todos bailaban y yo veía a mi hermana bailar con su peor enemigo, y ahora esposo, Massimo Von Adler, sentí una satisfacción enorme al saber que mis esfuerzos y sacrificios porque ella saliera del hospital psiquiátrico, no fueron en vano.
Ver a Kimberly bailar con el hombre del que siempre estuvo enamorada, me hizo querer llorar. Al menos ella sería feliz, porque sabía que su peor enemigo en realidad era el amor de su vida, aunque todavía ninguno de los dos lo aceptara. El mesero me trajo las dos copas de vino, y me las bebí como agua. Kristel regresó a la mesa para cuidar un rato a nuestra madre, y yo me dispuse a ir a andar un rato lejos de la fiesta.
Crucé la terraza intentando no pensar en lo sola que me sentía. El aire era más frío afuera, olía a mar y a jardín recién regado, y la música de la fiesta apenas era un rumor lejano detrás de los ventanales cerrados. Por un momento, solo quería eso: respirar, sentirme lejos de todo el mundo y de todos los recuerdos.
Me apoyé en la baranda, cerré los ojos y escuché el murmullo de las olas en la distancia, la risa de algún borracho en el jardín, el tintinear de copas a lo lejos. Por unos segundos, fue suficiente.
Hasta que el sonido cambió.
Al principio era apenas un susurro, un roce, el ruido del viento o tal vez de ramas moviéndose. Pero no. No era el viento. No eran ramas.
El sonido se hizo más claro, más crudo. Un gemido ahogado. Luego otro. El ritmo inconfundible de dos cuerpos chocando, desesperados. El gemido de una mujer, un jadeo entrecortado, el crujido de una mesa o tal vez de una espalda contra la pared. Mi corazón se detuvo un segundo. El rubor me subió hasta las mejillas, y el deseo trepó a mis piernas. Por un instante, pensé en regresar adentro, pero algo me ancló al sitio. En vez de sentir repulsión, lo que sentí fue envidia. Hambre. El tipo de hambre que te carcome las tripas cuando llevas años sin s3x0, sin uno muy bueno.
Apoyé la frente en la barandilla y me mordí el labio. El placer ajeno se volvió mi propio castigo. Cerré los ojos, imaginando que podía ser yo la que gemía, la que perdía el control en brazos de alguien que había dejado ocho años atrás. Recordé esos labios quemando mi piel mientras me embestía duro, y susurraba mi nombre perdido en mi piel.
Sentí un escalofrío bajar por mi espalda, entre asco y deseo, pues no tenía derecho ni siquiera a pensar en algo así. Los gemidos aumentaron. El ritmo se volvió frenético, la voz de la mujer subiendo como una marea imposible de ignorar. Me tragué mi dignidad y busqué otra terraza, cualquier rincón donde pudiera respirar y no sentirme una intrusa en mi propia soledad.
Caminé pegada a la pared, la copa de vino aún en la mano, buscando un escape. Llegué a la terraza de al lado. Corrí la cortina con el gesto automático de quien busca un poco de paz, pero lo que me llegó fue una impresión, como un puñetazo en la cara que me dejó sin aire.
El tiempo se detuvo.
Allí, de pie, Alessandro Von Adler estaba subiéndose el cierre del pantalón. Sentí un golpe de frustración en el estómago. Su camisa desabotonada, el cabello revuelto y esa expresión feroz en la cara. Frente a él, estaba una mujer rubia, unos cinco años más joven, el vestido n***o torcido y la boca hinchada, eran señales de que se habían revolcado.
La chica se estaba acomodando de prisa el vestido, riendo entre dientes, sin darse cuenta de mi presencia. Yo sentí la envidia, por primera vez, en su estado puro, y me odié porque en el fondo yo quería ser esa mujer.
Por un segundo, ninguno de los dos se dio cuenta de que estaba ahí. Yo estaba petrificada, porque era la primera vez en ocho años que lo veía. Quise dar media vuelta, regresar corriendo al infierno de la fiesta, pero fue entonces que él levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron como un choque de tormentas contenidas.
Por un segundo, nuestros ojos se encontraron. El shock, la rabia, la sorpresa, el dolor, el fuego. Todo estaba ahí, ardiendo en silencio. Él se quedó paralizado, pero la oscuridad en su mirada era como una navaja: no había perdón, solo desafío.
— Perdón, yo. . . —Balbuceé, mi voz quebrándose, la vergüenza aplastándome.
Intenté girarme, huir, pero fue inútil. Sentí su mano en mi muñeca, fuerte, implacable. Me jaló hacia él con esa brutalidad que siempre me desarmaba, plantándome, en contra de mi voluntad, frente a él.
Sentí el calor de su piel filtrándose a través de la ropa, su respiración agitada quemándome la mejilla. El pulso me golpeaba en las sienes. Mi cuerpo lo reconocía antes que mi orgullo: la piel erizándose, el estómago apretándose de deseo y de rabia.
— ¿Ale? —Escuché la voz de la mujer, y esa incomodidad del pecho se hizo más grande. La odiaba solo por estar ahí.
— Más vale que te vayas, cariño. Tengo un asunto que atender —. Dijo Alessandro sin soltarme del brazo, y sin voltear a ver a su acompañante.
— Pero, tú me dijiste que estarías el resto de la noche. . .
— ¡Britney, largo! —Alzó la voz sin perder la educación, algo que solo él era capaz de hacer.
La mujer lo vio con cierto resentimiento. Se acomodó el cabello y pasó a su lado empujándolo. Yo me sacudí el brazo para liberarme de su agarre.
— ¿Te vas a ir así nada más, Ashley? —Su voz fue baja, venenosa, tan cerca de mi oído que el aliento me erizó la piel—. Ocho años
ignorándome, y la primera vez que te atreves a mirarme es para encontrarme con otra mujer en brazos —. Lo dijo con cierto tono de burla y dolor.
Se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí la textura de sus labios rozar mi mejilla, la amenaza y el deseo vibrando en el aire como electricidad estática.
Mi piel ardía, el corazón a punto de explotar, la rabia y el deseo mezclándose en una intoxicación que no sabía si quería rechazar o beberme entera.
Quise luchar, pero el cuerpo me temblaba, traicionero. El deseo, la vergüenza, el odio, todo mezclado en un nudo imposible de romper.
— No todos tenemos la suerte de elegir, Alessandro —. Me defendí, pero sonó patético. Lo reté con la mirada y supe que lo odiaba por hacerme sentir así. Lo odiaba por seguir importándome.
Él sonrió, una sonrisa rota, amarga, peligrosa. Se acercó tanto a mí, que la punta de nuestras narices apenas rozaban. Su mano bajó a mi cintura, presionando apenas, como si quisiera recordarme que el poder sobre mi cuerpo todavía era suyo.
— ¿Sabes qué es lo peor? —Susurró, sus labios a centímetros de los míos. Me soltó de golpe, la intensidad de su mirada grabándose
en mi piel como una marca. Se acercó aún más, su perfume mezclado con el aroma del s3x0 y el mar. Bajó la voz hasta hacerla un susurro privado—. Si hubieras llegado dos minutos antes, Ashley, habría sido tú la que hubiera gritado de placer esta noche.
Las palabras me partieron con el deseo y la vergüenza chocando dentro de mí. Sentí un estremecimiento tan feroz que tuve que apretar la copa de vino para no dejarla caer. Me odié y lo odié, por hacerme desear lo prohibido, por recordarme lo que era perder el control.
Él se apartó, componiéndose la camisa, dándole la espalda a la otra mujer, a mí, al pasado. Pero antes de irse, me lanzó una última mirada, oscura y cruel, esa que solo él podía dar.
— Lástima que seas una perra malnacida, que va a pagar muy caro todo lo que has hecho.
Se dio la media vuelta y la puerta de la terraza se cerró tras él como una condena. Sentí la humillación quemando mi piel, pero en el fondo, más abajo de la vergüenza, se encendió algo salvaje: la certeza de que Alessandro y yo estábamos destinados a rompernos, o a destruirnos juntos.