(Punto de vista de Ashley) La canción terminó. El último acorde del saxofón se deshizo en el aire como humo caliente, y en su lugar llegó el sonido seco de los aplausos, las risas contenidas, los murmullos en tono bajo. Melissa abrazó a Alessandro con entusiasmo, rodeándole el cuello como si le perteneciera, y estampó un beso rápido en su mejilla. Ese gesto inocente para cualquiera fue, para mí, un puñal retorciéndose en el centro del estómago. Sentí cómo la bilis me subía hasta la garganta, pero mi sonrisa siguió intacta, perfecta, pulida, e impecable. Esa sonrisa que aprendí a usar como un escudo. La que decía “todo está bien” cuando por dentro me estaba desmoronando. Mi jaula dorada. Pero cada segundo que lo veía allí, con mi amiga pegada a su cuerpo, me arrancaba un pedazo de piel

