(Punto de vista de Ashley) El murmullo lejano del mar se filtraba por los ventanales mientras la luz dorada de la mañana se derramaba sobre la mesa del desayuno. Todo era tan perfecto, tan controlado, tan... irreal. El servicio había dispuesto una bandeja con frutas frescas, croissants aún tibios y café humeante que olía a pecado... pero no al pecado en el que yo había estado sumergida hacía apenas unas horas. Me senté frente a Edward, impecable en su camisa blanca planchada al milímetro, con las mangas dobladas justo lo necesario para exhibir ese reloj que costaba más que un coche. Sostenía el periódico con una mano, la otra jugueteaba con la taza, y su expresión era la misma de siempre: fría, arrogante, calculada. Yo llevaba puesto un vestido blanco sencillo, de seda ligera, el cabell

