🐺 CAPÍTULO 1 - Cuando la vi por primera vez
Erik
La tierra retumbaba bajo mis patas.
Corríamos como una sola bestia a través del bosque, una masa de lobos negros, grises y rojizos avanzando a un ritmo frenético. Las hojas crujían, las ramas se quebraban, la noche se abría a nuestro paso. Sabía que íbamos tras intrusos.
Podía olfatearlos. Sentir ese olor extraño, hostil, fresco. Mi lobo rugía por dentro, ansioso por atraparlos.
Aceleré. Mi manada me siguió sin cuestionar. Sentía su respiración pesada, sus cuerpos rozando la maleza, el instinto vivo y feroz recorriendo la horda.
Y entonces, en un claro del bosque, algo imposible ocurrió. La vi.
Una silueta. Una figura femenina, en cuclillas, justo al centro de la explanada. Detenida y frágil. Como si hubiera surgido desde la misma luz de la luna.
Frené de golpe.
Mis garras se clavaron en la tierra húmeda y me detuve con tal violencia que el suelo se desgarró.
Los lobos detrás de mí pasaron corriendo a mi lado, sorprendidos por mi reacción, aullando confundidos, pero yo... yo no pude moverme.
La figura levantó la cabeza. Su cabello, largo y ondulado, cayó sobre sus hombros como bronce oscuro.
Su vestido maltrecho se movió con la brisa. Una bruma suave la rodeaba, una luz tenue, casi apagada, como si estuviera hecha de aire y no de carne.
Y sus ojos... ¡Dios! Sus ojos brillaban en ese hermoso e hipnótico ámbar. No de forma radiante ni amenazante, sino como un susurro de luz atrapado.
Mi pecho se contrajo.
La conocía. O al menos... así lo sentí. Parpadeé, confundido. La visión me golpeó tan fuerte que por un instante perdí el ritmo de mi respiración.
Ella se incorporó lentamente, con una delicadeza que contrastaba con la b********d del bosque. Me miró directo y sin miedo. No hablaba, pero tampoco huía. Solo... estaba ahí.
Y entonces, como una ola rompiendo contra mí, un recuerdo se estrelló en mi mente.
Era ese sueño. El mismo que me había atormentado por años. Ese donde una mujer moría en mis brazos. Una, con esos mismos ojos, con esa misma luz en la piel.
Recuerdo que la sujetaba contra mi pecho, desesperado, mientras la sangre le corría por los dedos.
Ella intentaba decirme algo. Pero el sueño siempre terminaba antes de escucharla.
Sacudí la cabeza. La visión desapareció y volví al bosque, a la realidad. Ella seguía allí.
Inmóvil, mirándome con una mezcla de tristeza y valentía que no supe cómo descifrar.
No era real. No podía ser real, pero la sentía. Su olor, su presencia... Su alma.
Quise avanzar, dar un paso, entender qué era ella, quién era, por qué la conocía sin conocerla. Pero cuando adelanté apenas una garra tembló su luz, se agitó la bruma que la rodeaba y, en un parpadeo, su cuerpo se esfumó, como si nunca hubiera estado allí.
Me quedé solo en el claro, jadeando, con su imagen grabada detrás de los ojos.
No supe qué era esa visión. No supe si estaba perdiendo la cordura.
Pero sí supe algo:
Necesitaba volverla a ver.
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Eira
Volví a mi cuerpo como si cayera desde lo alto de un abismo. Un tirón seco me atravesó el pecho y abrí los ojos con un gemido ahogado.
El frío del calabozo fue lo primero que sentí. Luego, el dolor. El guante. Este maldito guante de metal apretando mi muñeca como si quisiera devorarme la mano.
Mi respiración se entrecortaba en cada bocada de aire que trataba de recoger.
Las sombras eran densas, pegadas a las paredes de ladrillo húmedo y gris. Una gotera caía sin piedad desde el techo, marcando el tiempo que aquí dentro no existía.
Me encogí. Mi cuerpo estaba helado, pero lo que más dolía era el retorno: me consumía la sensación de que afuera había algo hermoso, algo tan distinto a esta eterna oscuridad.
Intenté mover los dedos dentro del guante, pero nada. El metal vibró, absorbiendo cualquier residuo de magia que hubiera quedado encendido.
Me ardían los ojos, me sentía mareada, débil, indefensa. Aún sentía los ecos del bosque, la calidez de la luna, la bruma, y sobre todo… él.
Ese lobo enorme, n***o como la noche. Con aquellos ojos dorados que me miraron como si pudieran verme de verdad.
—¿Quién eres…? —susurré, aunque la palabra murió en el aire frío.
Otra gota cayó. Otra noche en este agujero. Otro secreto que nadie me iba a revelar.
Me abracé las rodillas temblando. No entendía qué era lo que estaba despertando dentro de mí. No sabía por qué ahora podía aparecer en lugares que no conocía.
No logré comprender qué o quién era ese lobo que paralizó mis pensamientos. Ni por qué su mirada me atravesaba dejándome herida.
Solo sabía esto:
Por primera vez en años, no me sentí completamente sola.
Y eso… eso era más peligroso que cualquier magia.