El Descubrimiento
Clara Luján despertó con un sobresalto, el eco de un sueño borroso todavía aferrándose a su mente. La alarma de su teléfono vibraba insistente sobre la mesita de noche, un recordatorio de que el mundo no se detendría por sus inquietudes. Se incorporó lentamente, frotándose los ojos, y miró alrededor de su habitación. Las paredes, pintadas de un blanco que alguna vez fue impecable, ahora mostraban manchas de humedad en las esquinas, como si la casa misma estuviera llorando. Un lienzo a medio terminar descansaba contra la pared, pinceles secos apilados en un tarro de vidrio, Clara aún soñaba con exponer sus pinturas en una galería, pero esa mañana, algo en el aire le decía que los sueños tendrían que esperar.
Se puso una camiseta gris y unos jeans desgastados, sus pies descalzos tocando el suelo frío del pasillo mientras bajaba al comedor de la vieja mansión Luján. La casa, ubicada en las afueras de la capital, había sido un símbolo de prosperidad cuando el negocio de importaciones de su padre, Luis, florecía. Ahora, los muebles antiguos parecían reliquias de un pasado que se desmoronaba. El comedor estaba silencioso, salvo por el tintineo de una cucharilla contra una taza. Isabel, su madre, estaba de pie junto a la mesa, sirviendo café con una expresión tensa que Clara reconoció al instante. Renata, su hermana menor de diecinueve años, estaba encorvada sobre un tazón de cereal, los auriculares puestos, ignorando el mundo.
—Buenos días —dijo Clara, su voz suave pero cargada de un cansancio que no explicaba. Besó la mejilla de su madre, notando la rigidez en sus hombros.
—Buenos días, hija —respondió Isabel, su tono forzado, como si estuviera ensayando una línea. —Hay café y tostadas. Tu padre quiere verte en su estudio antes de que vayas a la galería.
Clara frunció el ceño, tomando una taza del armario. La galería de arte donde trabajaba como asistente era su refugio, un lugar donde podía respirar entre lienzos y colores, aunque el sueldo apenas cubriera sus gastos. Últimamente, las conversaciones con su padre se habían vuelto más frecuentes, siempre envueltas en un aire de urgencia. Luis, un hombre de presencia autoritaria, había estado encerrado en su estudio durante días, murmurando por teléfono o revisando documentos con una expresión que oscilaba entre la furia y la desesperación.
—¿Otra vez? —preguntó Clara, sirviéndose café. —¿Qué pasa ahora? ¿Otro problema con el negocio?
Isabel dudó, sus manos deteniéndose en la jarra de café. Sus ojos azules, idénticos a los de Renata, evitaron los de Clara.
—No lo sé exactamente —mintió Isabel, y Clara lo supo por la forma en que apretó los labios. —Pero ve con él. No lo hagas esperar.
Renata levantó la vista, quitándose un auricular.
—¿Qué pasa con papá? —preguntó, su tono curioso pero despreocupado. —Anoche lo oí gritar por teléfono. Algo sobre bancos y deudas. ¿Estamos en problemas otra vez?
Clara miró a su madre, esperando una respuesta, pero Isabel solo negó con la cabeza y volvió a limpiar la encimera, aunque ya estaba impecable. El nudo en el estómago de Clara se apretó. Los últimos meses habían traído cambios sutiles pero alarmantes: menos personal en la casa, cenas más simples, facturas apiladas en el escritorio de su padre. Siempre había asumido que eran problemas temporales, pero la expresión de su madre sugería algo mucho peor.
Terminó su café en silencio y se dirigió al estudio de Luis, al final del pasillo. El aire en la casa parecía denso, como si cada habitación guardara un secreto. Golpeó la puerta del estudio, un panel de madera oscura que alguna vez había sido elegante pero ahora mostraba arañazos y desgaste.
—¿Papá? —llamó Clara, empujando la puerta lentamente. —Mamá dijo que querías hablar conmigo.
Luis estaba sentado detrás de su escritorio, una reliquia de caoba cubierta de papeles desordenados y una calculadora vieja. Su cabello canoso estaba desaliñado, y las ojeras bajo sus ojos castaños, tan parecidos a los de Clara, delataban noches sin dormir. Levantó la vista, su expresión una mezcla de cansancio y determinación.
—Entra, Clara —dijo, señalando la silla frente al escritorio. —Cierra la puerta, por favor.
Clara obedeció, sintiendo un escalofrío mientras la puerta se cerraba con un clic. El estudio olía a papel viejo y a un rastro de tabaco, aunque Luis había jurado dejar de fumar años atrás. Se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho, preparándose para lo que vendría.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, su voz más firme de lo que se sentía. —¿Por qué tanto misterio?
Luis suspiró, pasándose una mano por la cara antes de inclinarse hacia adelante. Sus manos, grandes y marcadas por años de trabajo, se entrelazaron sobre el escritorio.
—No hay una manera fácil de decir esto, hija —comenzó, su voz grave pero temblorosa. —Estamos en una crisis. El negocio se está derrumbando. Las deudas nos están comiendo vivos, y si no hacemos algo pronto, lo perderemos todo: la casa, el coche, la educación de Renata... todo.
Clara parpadeó, el peso de sus palabras cayendo como una piedra en su pecho. Sabía que las cosas no iban bien. —había notado la ausencia de los lujos de antes, —pero esto era diferente. Esto era un abismo.
—¿Cómo que todo? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante —¿Qué tan grave es? ¿No puedes negociar con el banco? ¿Vender algo?
Luis negó con la cabeza, sacando un montón de papeles de una carpeta. Los extendió sobre el escritorio, señalando números en rojo que destacaban como heridas abiertas.
—Mira esto —dijo él, su dedo señalando una línea en un extracto bancario. —Dos millones en deudas. Los intereses crecen cada mes. Perdimos un contrato importante en Europa, y la inflación disparó los costos de operación. Intenté cubrirlo con préstamos, pero ahora... el banco nos dio tres meses antes de embargar la casa.
Clara estudió los documentos, su mente luchando por procesar las cifras. Los números eran fríos, implacables, y cada uno parecía apretar más el nudo en su estómago. Recordó las noches en que su padre llegaba a casa con una botella de vino para celebrar un nuevo contrato. Ahora, lo veía como un hombre roto, pero con un brillo en los ojos que la inquietaba, como si estuviera a punto de revelar algo más.
—¿Y qué hacemos? —preguntó ella, su voz temblando ligeramente. —¿Vender la casa? ¿Mudarnos? Tía Elena podría ayudarnos, o...
Luis levantó una mano, cortándola.
—Elena no puede hacer nada. Vive en Puerto Clarión con lo justo. He agotado todas las opciones, Clara. Todas, excepto una. Y aquí es donde entras tú.
Clara frunció el ceño, un presentimiento helado asentándose en sus huesos.
—¿Yo? —preguntó, su tono cargado de desconfianza. —¿Qué tengo que ver yo con esto? Soy asistente en una galería, papá. No tengo dinero para salvar el negocio.
Luis se inclinó más cerca, sus ojos clavados en los de ella. Había algo en su mirada que Clara no reconoció, una mezcla de súplica y estrategia.
—Hay un hombre —dijo él, bajando la voz. —Adrián Ferrera, heredero de Ferrera Global. Lo conocí hace años en un evento de negocios. Es rico, influyente, y está en una posición delicada. Necesita una esposa para estabilizar su imagen pública después de unos escándalos. Y nosotros necesitamos su ayuda financiera.
Clara sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Las palabras de su padre resonaron en su cabeza, pero no podían ser reales. Se levantó de la silla, retrocediendo un paso.
—Espera... ¿qué? —dijo ella, su voz subiendo de tono. —¿Estás diciendo que me case con un desconocido? ¿Por dinero? ¡Papá, eso es absurdo! ¡No puedes estar hablando en serio!
Luis se puso de pie también, su rostro enrojeciendo, pero su voz manteniendo una calma forzada.
—No es absurdo, Clara. Es un matrimonio de conveniencia. Un contrato. Él cubre nuestras deudas, invierte en el negocio, y a cambio, tú lo ayudas a recuperar su reputación. No es personal, es un acuerdo de negocios. Y no es para siempre. Tres años, tal vez menos, con cláusulas que te protegerán.
Clara negó con la cabeza, sintiendo las lágrimas arder en sus ojos. Sus manos temblaban mientras se cruzaba de brazos, como si pudiera protegerse de la realidad.
—¿Un acuerdo de negocios? —repitió ella, su voz quebrándose. —¡Es mi vida, papá! ¿Cómo llegamos a esto? ¿Por qué no me dijiste antes que estábamos tan mal?
Luis bajó la mirada por un instante, sus hombros encorvándose.
—Quería protegerte —dijo él, pero su tono sonaba hueco. —Pensé que podía solucionarlo solo. Pero ahora... ahora dependemos de ti, Clara. Si no lo haces, tu madre pierde esta casa, Renata no termina la universidad, y yo... yo no sé qué será de mí.
Clara dio otro paso atrás, su espalda chocando contra la estantería. Los libros vibraron ligeramente, un recordatorio de la fragilidad de todo lo que la rodeaba. Pensó en sus sueños, en los lienzos que pintaba en su tiempo libre, en las noches imaginando una exposición con su nombre en letras grandes. Todo eso parecía desvanecerse ante la propuesta de su padre.
—No lo haré, —dijo ella, su voz temblando, pero decidida. —Encontraremos otra manera. Puedo trabajar más horas, podemos vender cosas, cualquier cosa menos esto.
Luis suspiró, sentándose de nuevo con un movimiento pesado. Su expresión cambió, suavizándose, pero Clara vio algo más, una determinación fría que la hizo estremecer.
—Piénsalo, Clara —dijo él. —No te estoy obligando... todavía. Pero si no lo haces, perdemos todo. Habla con tu madre, con Renata. Ellas entenderán lo que está en juego.
Clara salió del estudio sin decir una palabra más, sus pasos resonando en el pasillo. Corrió a la cocina, donde Isabel y Renata la miraron con alarma al ver su rostro pálido y sus ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué pasó? —preguntó Renata, poniéndose de pie. —¡Clara, pareces un fantasma!
Clara se derrumbó en una silla, cubriéndose el rostro con las manos.
—Papá dice que estamos en bancarrota, —sollozó ella. —Y quiere que me case con un tipo rico, Adrián Ferrera, para salvarnos. Un matrimonio de conveniencia. ¡Es una locura!
Isabel palideció, dejando caer el trapo que sostenía. Se acercó a Clara, abrazándola con fuerza.
—Hija, lo sé —susurró Isabel. —Me lo contó anoche. Es una idea horrible, pero... ¿y si es la única forma?
Renata dejó caer su cuchara en el tazón, los ojos abiertos de par en par.
—¿Casarte? —exclamó ella. —¿Con un desconocido? ¡Mamá, no puedes estar de acuerdo con esto! ¡Es como vender a Clara!
Isabel dudó, sus manos temblando mientras acariciaba el brazo de Clara.
—No estoy de acuerdo, —dijo ella, su voz quebrándose. —Pero hemos perdido tanto. Adrián Ferrera no es un monstruo, Clara. Es joven, exitoso. Podría ser solo temporal.
Clara levantó la cabeza, mirando a su madre con incredulidad.
—¿Temporal? —repitió ella, su voz llena de dolor. —¿Y mi vida? ¿Mis sueños? ¿Nadie piensa en mí?