La brisa capitalina le acarició el rostro apenas bajó de la Range Rover blanca. Valentina Ruiz clavó los tacones en la acera de mármol frente a la torre empresarial Serrano Ruiz. Su pantalón blanco entallado contrastaba con la blusa de seda verde esmeralda. Llevaba gafas oscuras, pero ni el sol ni el cristal podían ocultar la determinación en su mirada. Había vuelto… y lo hacía con el instinto afilado y una maleta cargada de preguntas. —Señorita Ruiz —la saludó Matías, el portero, abriéndole la puerta de vidrio blindado—. Qué gusto verla de nuevo. —Buenos días, Matías. ¿Todo en orden por aquí? —Como siempre… aunque —hizo una pausa nerviosa—. Desde que usted se ausentó, don Rodrigo llega más temprano que cualquiera. No se ha perdido ni un día. Valentina frunció el ceño. Rodrigo Álvarez

