--- La mansión Serrano dormía bajo el manto sereno de la noche, con sus luces tenues encendidas como luciérnagas silenciosas. Valentina acababa de salir de una ducha tibia, envuelta en una bata blanca que olía a jazmín. Su piel aún sentía el sol de la tarde y las caricias del agua. Caminó descalza hasta la habitación, esperando encontrarla vacía. Pero allí estaba él. Rodrigo, reclinado en la cama, con un libro en una mano y una copa de vino en la otra. Se había cambiado la camisa por una camiseta sencilla y cómoda, y aún así, se veía imponente. —¿No estabas dormido? —preguntó ella, arqueando una ceja con una sonrisa pícara. Rodrigo alzó la vista y dejó el libro a un lado. —Me dormí un rato. Pero me desperté con el corazón inquieto… quería verte —respondió con voz grave y suave, casi c

