Rodrigo le abrió la puerta del lado del pasajero con una sonrisa traviesa. —Sube, muñeca. No preguntes, solo confía. Valentina sonrió, aún con el pulso acelerado por lo vivido en la empresa. Su corazón estaba blandito, vulnerable, pero feliz. Se montó en la Range Rover blanca sin saber que esa noche le cambiaría aún más la vida. Rodrigo tomó el volante con naturalidad. Vestía una camisa blanca de lino remangada hasta los codos y pantalones oscuros. Tenía el rostro iluminado por el atardecer y los ojos encendidos de emoción. —¿A dónde vamos? —preguntó Valentina, acariciando su pierna. Rodrigo la miró de reojo, sonriendo. —Es un secreto... pero creo que te va a gustar. El camino a Malibú se fue tiñendo de tonos naranjas y púrpuras. Las palmeras a los lados del camino parecían bailar a

