Después del cumpleaños de Emily, los días transcurrieron con una calma dulce que no saboreaba desde hace tiempo. Verla corretear con su vestido de unicornio y su cara pintada fue una postal que me llevé al alma. Aunque no era mi hija biológica, esa niña se había robado mi corazón por completo. La cuidaba, la bañaba, la acostaba, y me llamaba "mami Vale" con esa vocecita que hacía que se me aflojara el mundo. Rodrigo la adoraba. Y yo… yo cada día lo amaba más por la manera en que la miraba como si fuera suya también. Estábamos en la sala de la mansión Ferrer, una tarde cualquiera, cuando Rodrigo entró con una sonrisa diferente. Esa que trae noticias. —Valentina, empaca tus cosas —me dijo con un tono entre misterioso y divertido—. Nos vamos por varios días. —¿A dónde vamos? —pregunté al i

