Narrado por Rodrigo Álvarez La boda de Carla fue mágica. Desde la música suave hasta las luces cálidas que adornaban el jardín, todo se sintió como un suspiro del cielo. Ver a mi hermana sonreír, bailar, y jurar amor eterno, me llenó de orgullo. Pero nada se comparaba con tener a Valentina a mi lado. En ese vestido esmeralda que se ceñía a su silueta como si hubiese sido tejido solo para ella, era sencillamente imposible no amarla. Esa noche, después del evento, cuando ya el ruido cesó y los invitados partieron, nos quedamos solos en la habitación del hotel. La luna se colaba entre las cortinas como una espía curiosa, testigo silenciosa de nuestra intimidad. Valentina se deshizo lentamente del vestido mientras yo aflojaba la corbata y dejaba caer el saco. No hablamos mucho. Solo bastaron

