Después del viaje a París, todo parecía tener otro color, incluso la oficina. La luz del amanecer que se colaba por los ventanales del piso ejecutivo tenía un tono más cálido, más cercano. Rodrigo y yo regresamos de ese viaje como dos almas que por fin se encontraron en el punto exacto del destino. La semana inició cargada de trabajo, como era costumbre en la empresa Ferrer & Álvarez, pero algo había cambiado: la tensión que solía haber entre nosotros —ese tira y afloja constante— se había disipado, dando paso a una complicidad madura. Nos entendíamos con miradas, con gestos. Cada quien ocupaba su rol con profesionalismo, pero cuando cruzábamos palabras, nuestras voces se suavizaban, y nuestros labios no podían evitar curvarse. —Buenos días, licenciada Ruiz —me saludaba Rodrigo con su tí

