Capítulo 6.

1060 Palabras
El cabello de Evelyn se le movió ligeramente por el viento suave, que junto a la media sonrisa le apretó el centro del pecho a Kenneth. ¿Qué era eso que causaba en él al sonreír? No debía interesarle. Ninguna le interesaba, con ella debía ser igual. No debía tener esos pensamientos tan oscuros con alguien que irradiaba inocencia. Debía conservarla. Ella no era para alguien como él. Pese a lo monstruoso que podía ser, sabía que a ella debía dejarla intacta. No le había hecho nada para merecer un castigo tan grande como lo era tener la atención de un asesino. Así lo llamó esa noche y tenía razón. La dejó frente a la casa en donde ella se sintió aliviada de estar y él de alguna forma también porque su cercanía era un peligro para su cordura. Le dejó su número telefónico, aunque era algo que jamás hacía con nadie, pero con ello obtuvo una sonrisa y le gustó verlo. Ya no tenía ese hábito sobre ella, pero sus prendas ahora no sólo eran sutiles, sino que le resaltaba cada atributo, sin necesidad de que se esmerara en él. Estaba seguro de que ni siquiera estaba enterada. Estaba convencido de que no sabía qué la razón por la cual muchos la veían era por esa belleza natural que poseía. La forma en que se movía, la manera en que sus labios se curvaban en una sonrisa tímida, todo ello lo volvía loco. Su cabello caía con suavidad, como las olas de un lago tranquilo. Kenneth imaginaba perderse en ese cabello, enredar sus dedos en él mientras la besaba sin control de sus deseos, porque sin hacer nada estaba perdiendo una batalla, que no sabía cómo frenar. —Las personas como ella no son para nosotros, Kenneth. —dijo Beck en el volante. —Hay vidas que deben dejarse seguir un curso que las hará obtener su propio destino. —¿Crees que no lo sé? —consultó mirando por la ventanilla. —Si fuera una de esas mujeres que tu padre suele ofrecerte, te diría que está bien que tomes lo que quieras y luego la dejes, pero ni siquiera con ellas has querido algo fugaz.—mencionó haciéndolo considerar eso. —Ella es tan…buena creo que es la palabra, que no merece estar en este mundo tan turbio como este. —Te dije que te quedaras en Estocolmo. —cambió de tema. —Lo hubiese hecho si tu viaje fuera en realidad a Alemania o algún destino de negocios, no aquí. —redujo la velocidad cuando llegaron al hotel en donde se quedaba. —Esas mujeres son para todo sin nada, Kenneth. Les das toda tu vida sin cometer errores. —Y nosotros no tenemos vida. —concluyó su jefe abriendo la puerta para descender del vehículo en donde las atenciones no faltaron de parte de todos los empleados que lo veían. El mundo siempre se movería por dinero y él lo sabía. Lo supo desde muy pequeño cuando su padre pasó de tener mucho pasó a no tener nada y esos “amigos” no estuvieron ahí. Tuvo que vivir en carencias al no tener como despegar del suelo y cuando encontró la forma, no fue lícita. Con dieciséis años tenía que moverse entre criminales para brindar paz económicamente a su padre viudo y a su hermana. Una carga que no sintió como tal jamás, pero que consumió lo que fue para convertirlo en lo que era. Alguien que debía pensar en lo económico, no en como j***r la vida de inocentes. Su presencia era un castigo, se repitió la frase que solía oír algunas veces. Su mente dejó de pensar en ello y se concentró en finiquitar las compraventas de las obras de arte que ya tenían dueño para la media noche. Con solo cinco piezas vendidas tenía más de cien millones que ya tenían una nueva cuenta de banco en progreso. El hombre que le ayudaba a que ese dinero fuese irrastreable le ayudaba para pasar desapercibido ante agencias que investigaban a todo el mundo. Era tan poderoso que nadie tenía la forma de desenredar su juego. Recibió un mensaje de un comprador que pedía una pieza específica y estaba dispuesto a pagar más de 20 millones, por lo que se dijo que lo pensaría. Entrar a un sitio tan seguro era muy riesgoso y primero debía asistir a una de las exclusivas exhibiciones para saber si podía lograrlo sin tantos problemas. —Dije que iba a pensarlo, con un demonio. —refunfuñando tomó el móvil para contestar el nuevo mensaje, aunque le sorprendió ver que no era el número que creyó, sino uno desconocido, pero que con sus palabras supo de quién se trataba. Pero no contestó el mensaje, sino que realizó la llamada a la vez que se reclinó en la silla frente a la mesa. —Eres inevitable, Älskling. —suspiró. —¿Interrumpo algo importante? —Estaba trabajando. —giró la silla hacia la ventana. —¿No puedes dormir? —Hay algo que no me deja hacerlo. —ella se abrazó a su almohada. —Necesito decirlo porque creo que es lo que más tortura en mis sueños. —Debe ser importante. —sonrió él, deseando conocer hasta el último detalle. —¿Qué es eso que se cuela en tus sueños? —Tú. —confesó ella con temor. —Eres tú, Kenneth. Él dejó de respirar ante esa declaración, porque en nada ayudaba a lo que quería hacer. —Estás ahí. De pie frente a mí cuando todos me rodean, pero tú me pides permiso para acercarte y siento que…Es tonto, lo sé, pero quería decirlo y eres el único a quien se lo puedo decir. Kenneth cambió su teléfono de oreja y se puso de pie. —Hazme un favor esta noche si me ves ahí. —ella estuvo atenta a sus palabras. —¿Qué cosa? —Déjame acercarme. Permite que al menos ahí pueda tenerte. —susurró con ese peso en sus hombros que lo agobiaba con verdadera decisión en destruirlo. Le gustaba que soñara con él, pero deseaba poder hacerlo también porque desde hacía mucho tiempo, había dejado de soñar y comenzó a tomar lo que quería. Deseando con todas sus fuerzas olvidar los muros que él mismo se ponía para ir por ella.
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