Capítulo 7.

1007 Palabras
Cuando sus ojos por fin se abrieron, Evelyn no pudo evitar sonreír al recordar el sueño que en su cabeza aún era vívido. El roce de sus labios, sus manos siendo la prisión más agradable y esa mirada que no estaba presente solo en sus sueños, porque también la veía en Kenneth cada vez que lo tenía frente a ella. Se vistió con la misma sonrisa en el rostro, caminó a su trabajo de nuevo y aún no se esfumaba. Era un día maravilloso al recordar el susurro de Kenneth al teléfono, con esa solicitud extraña que no creyó recibir, pero que le gustó cumplir, no solo con permitir cercanía, sino ser quien la buscó. En la tienda vio al mismo sujeto de días antes buscando más corbatas, lo cual le pareció insignificante, dejándolo con otra de las chicas para ella presentarse a la sección de ropa para mujer en donde se aseguró de tener todo en completo orden, antes de moverse a otro más. El buenos días de Kenneth llegó mediante un mensaje, pues apenas tenía un segundo libre y lo primero que quiso fue saber de ella. “¿Lograste dormir un poco?” “No, pero lo haré esta noche” Le preocupó leer eso. La noche en la que compartieron un café supo que no sufría de insomnio, pero sí debía permanecer despierto muchas horas por su trabajo. Entendía a lo que se dedicaba en el mundo criminal, podía intuir y entendió que no era solo un ladrón de arte cuando lo vio asesinando a sus secuestradores, pero también tenía un sentimiento para él, que no le permitió sentir nada más que agradecimiento y preocupación por ese hombre de mirada grisácea. —Nos veremos muy pronto, linda. —le dijo el cliente que pasó a su lado con una bolsa luego de pagar. Ella percibió un tono de voz muy extraño, pero no pudo decir nada, porque parecía una paranoica pensando que todo lo que lo rodeaba podía contener maldad. Siguió contestando los mensajes de Kenneth sin descuidar su trabajo. Su voz era como un relajante cuando pudo escucharlo al salir del trabajo y pudo hablar en todo el trayecto a su casa. Le gustaba caminar, se acostumbró a hacerlo todo el tiempo desde que entró al convento a sus dieciocho, ahora con veinticinco años lo disfrutaba, aunque en un principio no fue así. Actividades simples que la liberaron. Para Kenneth fue distinto porque no hubo mucho tiempo libre ese día. Intercambio de arte por maletines de dinero que envió a Beck para que fuera quien se encargara de ello. Si había alguien en quien confiaba para eso, era él. Pero entre clientes tuvo que moverse de sitio en sitio para cargar con el arte que trató como si fuese la cosa más frágil del planeta, entregando las piezas a sus nuevos dueños, mientras que al comer le contestó mensajes a Evelyn y se fijó en la fecha que había para la exhibición entre las que se encontraba la pieza que buscaba. “En diez días” podía hacerlo, no había nada que no pudiera lograr, pero ese museo en especial era una fortaleza en cuanto a tecnología para mantener seguras cada obra de arte. Además que sacar una pintura como esa de una vitrina y no “lastimarla” sería un caos. Entregó la última pieza viendo la noche que lo rodeaba, sabiendo que su habitación de hotel lo esperaba. Sin embargo, no quiso ir allí. Su auto se redireccionó a un sitio que no creyó iría a buscar, pero al estar frente a la puerta pudo sentir algo extraño en el entorno. Beck observó alrededor como instinto y entendió que no era el único que lo percibía. —Si recibes un consejo de mi parte, no le crees ilusiones a alguien que apenas las está experimentando. —sugirió al abrir la puerta para su jefe. —Las personas como ella te arrastran al abismo sin quererlo. —No te muevas de aquí. Nos iremos rápido. —evitó responder otra cosa yendo a la puerta que golpeó con los nudillos. En verdad debía replantearse todo porque decir que iba a alejarse no era suficiente para cumplirlo. Se acercaba más cuando decía que no tenía que hacerlo y como si eso fuera poco, caía como novato ante la mirada alegre de Evelyn —Tengo café, no galletas. —dijo en cuanto lo vio. Lo agradeció internamente, pero se limitó a sonreír. —Aunque sí quería comerlas hoy, pero se me olvidó comprar. —alegó dejándolo pasar. —Es mucho azúcar. —En el convento solía tomarlas de la cocina por las noches. Fue el único robo que hice, porque Kiara no quiso robar el banco que le propuse cuando supimos que estaba embarazada. —rió para sus adentros. —Una monja que roba bancos es algo poco común. —Lo sé, sería original. —él evitó su mirada. Lo perdía en ella cada vez que sucedía. Evelyn era un enigma. Su risa, como un arroyo cristalino, fluía sin restricciones, y sus ojos brillaban con una chispa de travesura. Kenneth, estando acostumbrado a otras cosas, estaba volviendo sin quererlo a esa sencillez. Con un pasado misterioso, encontraba en ella una frescura que contrastaba con su mundo sombrío. Esa casa era un lugar discreto, alejado de los ojos curiosos. Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera oscura, y la mesa de mármol blanco brillaba bajo la luz tenue. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el suave murmullo de la voz delicada de la chica. Evelyn con un vestido de flores, su cabello castaño recogido en un moño desordenado tenía una nueva imagen que a él lo tenía muy intrigado para ver más detalles. Sus manos, libres de hábitos y rosarios, se aferraban a la taza de café con una delicadeza inusual. Kenneth no podía evitar mirarla, fascinado por su espontaneidad y su capacidad para encontrar belleza en las cosas más simples. Era alguien única. Sin comparación desde su punto de vista.
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