Capitulo Uno
No son importantes los métodos, sino el premio, y tú serás mía, no importa lo que tenga que hacer.
Ares
El sudor le perla la frente a Santiago Monroe mientras sus manos, ligeramente temblorosas, sostienen sus cartas. Se esfuerza por respirar, intentando mantener la fachada de seguridad que se desvaneció hace varias jugadas. Es patético. Cree que oculta su desesperación, pero para mí, sus ojos son un libro abierto: está en la ruina.
Sé perfectamente quién es y sé que no vino a Las Vegas por placer, ni para hacer feliz a la mujer con la que se casó, más por conveniencia que por amor. Vino buscando dinero fácil para salvar su moribunda empresa. Pero la suerte no está de su lado esta noche. No en mi mesa.
Lo estudio con determinación, analizo cada uno de sus gestos. Ladeo los labios con arrogancia y, con un movimiento elegante, deslizo varias de mis fichas al centro, aumentando la apuesta a una cifra exorbitante.
El par de peces gordos que nos acompañan se retiran en el acto, asustados, aunque se quedan al margen para presenciar el desenlace. El salón privado queda en un silencio sepulcral; todos contienen la respiración. Pero mi atención está puesta completamente en Santiago, que se niega a aceptar la derrota, pide carta y avanza con lo último que le queda.
Le dedico una sonrisa letal.
—Tienes agallas para estar perdido —afirmo con seguridad absoluta y el ambiente se paraliza.
Santiago traga saliva. Con una lentitud pasmosa, gira sus cartas. Contiene la respiración con los ojos fijos en mis manos. Una maldición ahogada brota desde lo más profundo de su alma al ver mi juego: una flor imperial. El rostro se le descompone mientras yo celebro mentalmente.
Lo tengo en donde lo quería: al borde y sin salida.
El crupier aparta la mirada y niega con la cabeza sintiendo lástima por Santiago.
—Podemos hacer de este juego algo más excitante —pronuncio, inclinándome un poco hacia adelante para recoger las fichas.
Los demás jugadores entienden la indirecta. Se levantan en silencio y se retiran. Saben que el juego ha cambiado de intereses y que no están invitados a lo que viene.
—¿Qué quieres decir? —La voz de Santiago tiembla, inyectada de una impotencia y una rabia que intenta contener.
Estoy seguro de que lo que más desea en este momento es gritarme y golpearme la cara hasta reventarse los nudillos. Me divierte ver cómo se controla.
Parece un niño aprendiendo a caminar.
Apoyo la espalda en mi silla con la parsimonia de quien sabe que es dueño del destino ajeno. Me doy mi tiempo antes de continuar prolongando su agonía y avivando la desesperación que se agita en sus ojos.
—Apuesto todo lo que he ganado... si te atreves a apostar a tu esposa. —Sus manos se cierran en puño sobre la mesa, pero continúo con mi propuesta a sabiendas de que lo que le ofrezco es un aperitivo bastante atractivo—. Si pierdes, yo me quedaré con ella durante treinta días —formulo, recostándome en la silla con la calma absoluta de quien se sabe dueño de las reglas—. Y si ganas, además de todo esto, también te daré el dinero que necesitas para salvar tu empresa.
Veo el conflicto pasar por sus ojos. Sé que la propuesta es tan tentadora como ofensiva. Durante un segundo, noto la tensión en su mandíbula, las ganas salvajes que tiene de romperme la cara, pero la codicia y la desesperación terminan ganándole la partida. Sé exactamente lo que está pensando: no va a consultarlo con ella; para un tipo como Monroe, su mujer no es más que una propiedad sin voz ni voto.
—De acuerdo —accede, y una confianza renovada, casi ridícula, ilumina su rostro.
El crupier abre un nuevo mazo con movimientos mecánicos y sirve las cartas. Un brillo inusual destaca en los ojos de Santiago al levantar su mano. Por la forma en que se le expanden las pupilas y cómo se endereza en la silla, intuyo que sostiene una excelente jugada. Cuatro ases, tal vez. Se siente optimista, cree que la suerte lo ha bendecido.
Dejo que disfrute de su fantasía por unos segundos. Luego, lo miro con una superioridad tan evidente que toda su seguridad se desmorona en un parpadeo. No solo va a perder un juego; está a punto de entregarme a su esposa. El sudor vuelve a brotarle del cuello, humedeciéndole el borde de la camisa. Respira con dificultad, dando bocanadas de aire como si se estuviera ahogando. Yo, en cambio, me mantengo sereno, sosteniendo una sonrisa ladeada.
Deslizo mis cartas sobre el tapete verde, revelando una perfecta escalera de color que destruye cualquier juego que tenga en sus manos.
—Tu mujer es mía por treinta días —declaro con voz firme.
A Santiago se le descompone el rostro; parece que el piso tiembla bajo sus pies. Sus manos tiemblan con una furia ciega y contenida.
—Creo que te equivocas —dice, intentando sonar valiente, aunque su tono tambalea—. Mi esposa volverá a casa conmigo y…
El eco sordo de un percutor interrumpe sus palabras. El sonido del arma en la mano de Carlos, mi hombre de confianza, sobre su sien, congela el aire de la habitación. El crupier desaparece de la sala en silencio. Nadie quiere ser testigo de lo que pasa cuando me desafían. Santiago por fin comprende que hizo un trato con el hombre equivocado.
—Ella jamás aceptará irse contigo —exclama con un hilo de voz, una mezcla patética de miedo y rabia por la humillación—. Quizás me odie a mí, pero la infidelidad no está en su ADN.
—Yo me encargo, tengo mis métodos —afirmo con tranquilidad mientras me pongo de pie.
Carlos le indica con un gesto del arma que se mueve.
—Vayamos por lo que es mío —declaro, señalándole el camino para que avance delante de mí.
Mientras avanzamos por el pasillo, no puedo evitar recordar el momento exacto en el que decidí que su esposa sería mía; fue cuando la vi a ella cruzando las puertas del hotel. Llevaba un vestido blanco de tirantes, el cabello recogido en un moño alto y lucía un rostro tan jodidamente inocente que no pude evitar pensar en los pecados que su alma sería capaz de cometer... o en los que yo la obligaría a cometer. Pero este deseo no se trata solo de las ansias que me provoca ver la inocencia en su mirada, sino algo más que aún no logro definir con claridad.
—No importa que se la lleve a la fuerza, mi esposa jamás aceptará nada de lo que usted le proponga —expone Monroe con lo poco que le sobra de su arrogancia.
Para mí no hay imposibles en esta ciudad, porque es mía.
—No pienso obligarla; sin embargo, estaré muy complacido cuando sea ella misma quien me suplique —afirmo y mis palabras son un juramento.
No solo soy un matón, también soy un caballero y sé cómo tratar a una dama cuando me interesa. Con Calíope no me importa ser paciente y esperar; estoy seguro de que antes de que se acabe el plazo, ella estará de rodillas ante mí suplicando que…
Nos detenemos frente a la puerta de su suite. Santiago se queda inmóvil, con la tarjeta llave temblando en su mano. Sé lo que pasa por su mente podrida: no le importa perder a su mujer, la considera una carga inadecuada, pero la humillación de haber perdido le quema el orgullo. Además, ella es su boleto de oro; sin el apoyo de su suegro, su empresa está completamente perdida.
—Abre la puerta o Carlos te abre la tapa de los sesos —siseo con total calma.
Santiago se estremece y traga saliva.
Duda un segundo; la tarjeta oscila en su mano. Extiende las manos hacia la puerta; sin embargo, no es necesario que él haga nada. La puerta se abre de golpe desde adentro, revelando una delicada silueta envuelta en una bata de seda color champagne que se ajusta a la perfección a cada una de las curvas de su esposa. Los ojos de Calíope se abren horrorizados al ver el arma apuntando a la cabeza de su esposo. Intenta gritar, pero el impacto es demasiado; su voz muere y su conciencia se desvanece en un segundo.
Reacciona rápido. Me adelanto empujando a un lado al imbécil de Monroe y la atajo en el aire antes de que su cuerpo golpee el suelo.
La suavidad de la piel de sus brazos desnudos provoca un éxtasis instantáneo en mis sentidos. Es mía. Sin decir una sola palabra, la acomodo en mi pecho y la levanto en brazos, aprovechando su inconsciencia. Me giro para retirarme con mi trofeo, pero antes de desaparecer por el pasillo, me detengo y le lanzo una última mirada al miserable que la perdió.
—De ella depende lo que haga luego de treinta días.
Lo dejo atrás, estático entre el umbral y el pasillo, con la rabia devorándolo por dentro.