*** Al rato de quedarnos un momento viéndonos el uno al otro, nuestras caricias empezaron a ser más y más urgentes y poco a poco se fueron convirtiendo en provocaciones alimentadas por nuestros propios jadeos. Isabel me tumbó boca arriba, al tiempo que me cogía la cabeza entre las manos y me besaba apasionadamente. Yo gemí en su boca. Se puso encima de mí y colocó una rodilla a cada lado de mis caderas. Levantó el cuerpo y, sin decir ni una sola palabra, se deslizó por mi longitud. Yo me arqueé hacia ella para internarme hasta dentro. Contoneó las caderas y yo le apoyé las manos por debajo de la cintura. No lo hice con la intención de guiarla ni de controlarla, solamente para sentir cómo se contraían sus músculos debajo de mis palmas. Para disfrutar de cómo se daba placer con mi cue

