Sofia Día 2

3158 Palabras
Gabriel no me la pone fácil. Podría comportarse con un imbécil insensible y todo esto sería mucho más simple, él diría un par de estupideces y yo no querría repetir lo de anoche... pero ha decidido es un maldito caballero. Fue temprano a la farmacia, como dijo que lo haría y la trajo para mí. Me la entrego, y me pregunto si quería que se quedara. En ningún momento me presiono para que la tomara de prisa, mucho menos me vigilo para cerciorarse que lo hacía. Me la tomé frente de él no porque lo necesitara, sino porque era un mero trámite. A pesar de haber sido criada en una familia ultraconservadora, que rechaza cualquier tipo de control natal porque lo considera un insulto al destino que Dios tiene planeado para nosotros, para mi es solo un medicamento más. No considero que esto sea un pecado, ni tampoco algo malo. — Lo de anoche no paso — Lo interrumpí en cuanto quiso hablar del tema —. Es lo mejor, olvidemos lo que hice... por favor. Podía parecer que era una hija de puta, y es muy probable que lo fuera, no quería hablar del tema por egoísmo. Yo saldría de la casa de Gabriel en dos semanas, pero no quería que saliera de mi vida jamás, y si arruinaba nuestra amistad ahora no habría vuelta atrás... solo debía tener paciencia, porque cuando no dependiera de él para darle un techo a mi hijo, todo sería diferente. Me impresiono que él aceptara, aunque vi un poco de pesar en sus ojos que me sentó como una patada en el estómago... yo lo había provocado. Tengo que reconocer que era muy sínico de mi parte pedirle que olvidara porque yo no estoy segura de poder hacerlo, fue el mejor sexo que he tenido en años. Estúpido condón, ¿Por qué mierda tenías que romperte? Aunque en defensa del pequeño trozo de látex... ¿Quién guarda un condón por más de un año? Todos saben que esas cosas no solo vencen, sino que se estropean con las temperaturas. De nada sirve apuntar culpables por algo que ya se ha solucionado. Sobre todo, porque me tendría que apuntar a mí misma ¿Por qué no pregunte el estado del condón? ¿Por qué no me asegure pasando yo el condón? ¿Por qué no utilizo yo otro método anticonceptivo? o más importante ¿Por qué soy una caliente desvergonzada y me fui a meter a su cuarto? Bueno Gabriel tenía la culpa por ser tan irresistible, lo fue la otra noche y lo seguía siendo ahora. Y yo estúpidamente seguía decepcionándolo. No quería que pensara que estaba molesta con él, todo lo contrario, solo me intentaba contener para no saltarle encima y rogarle porque fuera por condones decentes. Pero tenía que mantener esto a raya, no por mí, ni por él... por Sebas. Se notaba lo decaído que estaba, sabía que después de lo que hizo mi padre él se sentiría inseguro, aunque no me esperaba que fuera tan extremo. De por si era un niño tranquilo, pero nunca tan retraído, estar en una casa nueva no mejoraba la situación y mucho menos tenerme a mi diciendo constantemente, que no tocara eso o aquello. Temía que de casualidad fuera a romper algo de la madre de Gabriel, algo importante. Por ahora él no parecía estar manejándolo de la mejor forma. Por lo general estaba contento, pero en ciertos momentos era como si una nube se posara sobre ese estupendo chico y le llenara la mente de cosas tristes. Si ojos se apagaban, su sonrisa desaparecía, él pasaba a lucir agotado en segundos y cada vez le costaba más apartar esa nube. Ahora mismo había sido como si yo tirara de la nube para amargarle el día, y me sentía como una completa idiota. Había intentado que hiciéramos algo divertido los tres, pero yo me negué. Al principio me excusé en que Sebas estaba enfermo, pero en realidad que hace días que estaba más que recuperado. No sé porque lo hice, estaba tan acostumbrada a no poder mezclar mi vida de madre con los chicos que me gustan, que fue casi un reflejo... uno muy estúpido. Noté como Gabriel se frustraba por no poder hacer nada y prefería irse a otro lado. — Hiciste que se pusiera triste — Me regaño Sebas. — Lo sé... — Ve a pedirle perdón... y dile que lo llevaras al parque — Mi hijo quería animar a Gabriel, pero no pase por alto que lo estaba utilizando para poder ir él al parque. Puede enfadarme por su manipulación, pero termino por hacerme gracias. — ¿Qué te parece si hacemos algo rico para el almuerzo y después vamos al parque? — ¡Pasta! —decide emocionado. Gabriel no tiene mucha comida para preparar, hay mucha comida congelada de la buena, y aunque encuentro unos paquetes de pasta, no me dan mucha confianza. Gabriel come cosas muy raras, ¿Quién come pasta que no está hecha de trigo?, y no es porque sea celiaco o algo así... lo hace por gusto. No se ha que sabe los fideos de porotos y no quiero saberlo. Aprovecho que Gabriel está tomando una siesta para ir al supermercado que está a una calle. Hacer el recorrido rápido con un niño pequeño es todo un reto, pero lo logramos y en menos de 30 minutos estoy preparando un boloñesa deliciosa y corro de un lado a otro para que quede perfecta. Toco la puerta suavemente para no despertarlo de golpe. Ya la he cagado mucho el día de hoy con él. — He preparado el almuerzo —canturreo asomando la cabeza cuando escucho que se mueve — Gracias, pero no tengo hambre, coman si mi — Apenas si me mira cuando lo dice. Creo que ha enfermado, su enorme cuerpo parece frágil sobre la cama. — ¿Te sientes mal? Te puedo preparar otra cosa... — No te preocupes —dice cortante. No, no se siente mal, solo está enfadado conmigo. ¿Y quién no lo estaría? Él se portó excelente conmigo esta mañana, intento que hiciéramos algo divertido, incluyendo a mi hijo como si fuera lo más obvio de la vida, intento jugar con él y hacerme reír... y yo lo arruino, como siempre. Sentía como si le hubiera pisado la patita a un perro. Ese nivel de culpa por mil. — ¿Le dijiste que lo sentías? —pregunta Sebas. — No todavía — Él solo negó desaprobándome y continúo comiendo. Ahora é también estaba enfadado conmigo y decidió que no quería ni verme. Se fue a la sala con el IPad y me dejo sola. Solo había una forma de arreglar esto y era que fuéramos al dichos parque. — Sebas, ve a buscar a Gabriel para que vayamos al parque —dije mientras metía todo lo necesario y más en la mochila. Los ojos de mi hijo se abrieron emocionado y corrió al cuarto. No pasaron ni dos minutos y los dos aparecieron en el salón, Gabriel tenía una sonrisa tímida en los labios, no era esa tan linda y relajada que me dedicaba siempre, pero un avance. ¿Te despertó? — pregunté, dando una mirada reprobatoria a Sebas. No quería cargar con la culpa de que fui yo quien lo mando a despertarlo... con él no se enfadaría — No, ya estaba despierto hace rato — Mintió, y compartió una mirada de complicidad con mi hijo. Eso me apretó el corazón, pero preferí ignorarlo. En el parque Sebas actúa como antes, correr a los columpios y se balancea suavemente, poniéndose nerviosos cuando ve que yo tomo velocidad a su lado, la disminuyo, pero no por la tranquilidad de mi hijo, más bien porque necesito tomar atención a lo que ocurre a unos metros. De haber sabido que sería así nuestra salida al parque habría aceptado desde un comienzo. Gabriel se ha quitado la sudadera y sus brazos se muestran en todo su esplendor cuando se mueve entre las barras. ¿En verdad esos brazos me envolvieron anoche, y me sujetaron mientras follabamos? Necesitaba tomar más atención a esas cosas, ahora quería que lo hiciéramos de nuevo, solo para poder afirmarme en esos músculos y disfrutar de su dureza. De seguro su espalada era igual de firme, soy consciente de lo firme que tenía el culo... Mierda, debí haberlo manoseado más. Ahora viviré con la incertidumbre de no saber cómo se siente tocar el resto de sus cuerpo. Soy una mala persona y me iré al infierno... lo asumo y lo acepto. En uno de los movimientos que hace Gabriel su camisera se levanta y deja al descubierto esos perfectos abdominales y los oblicuos tan marcados que son prácticamente una señal indicando el camino al paraíso... o el infierno. Sin ningún pudor le tomo un foto rápidamente, y se la mando a la única persona que me va a entender... Samy. "Este hombre quiere matarme de una calentura... te dejo la custodia de mi bendición" Su respuesta no tarde en llegar y es justo lo que esperaba de ella. "Mierda" — Escribe —, "No quiero saber, ni como, ni cuando... ni cuanto... solo hazlo" —Mami ¿Podemos ir a jugar con Gabi? —pregunta Sebas. — Claro... Mami tiene muchas ganas de jugar con Gabi —respondo no tan inocentemente como mi hijo. Pasamos más de media hora solo jugando en las barras, yo ni lo intento, mi fuerza en los brazos en nula. Aunque cuando Gabriel vuelve a levantar a mi hijo entre sus brazos estoy tentada a decirle que me ayude mí también. El pobre termina cansándose, está en buena forma, pero levantar a un niño de 5 años cansa a cualquiera. Lo convenzo para que hagamos un mini picnic antes de volver, el clima esta por volverse frio. Y no hay nada peor que llevarse a un niño del parque de la nada... Después de mucho ensayo y error descubrí que lo mejor es que dejé de jugar, luego distraerlo con un jugo o algo para comer y después nos vamos. No sé cómo llegamos a esto, estaba pasándola tan bien, y estábamos tan relajados que todo paso de forma natural. Para cuando me di cuenta no había vuelta atrás... bueno en realidad si la había, pero yo no quería moverme. Sebas tomaba su jugo y daba pequeños mordiscos a sus galletitas con forma de animales. Nos mostraba cuando le aparecía uno nuevo del paquete, o cuando no tenía idea que animal era, y yo le inventaba que era una perro o un loro, porque esas cosas eran deformes y a estas alturas dudo mucho que fueran animales de verdad. Yo estaba apoyada en el pecho de Gabriel, con sus piernas a cada lado de mis caderas. Un dedo solitario acariciaba mi brazo rítmicamente. Podía sentir cuando su respiración se volvía pesada y se acercaba aún más para oler mi cuello. — Sé lo que estás haciendo —dije. — No tengo idea de que estas hablando. — No volverá a pasar... solo te uso de almohada... eres cómodo —susurre más para mí que para él... y era muy poco convincente. — Y así comienza mi plan... primero soy una almohada y después la cama completa... Era un buen plan, me gustaba su plan, apoyaba su plan... pero ¿era el momento para participar en ese plan? Porque "mi" plan era esperar dos semanas y que las cosas no fueran tan complicadas. Camino a casa, Sebas pide ver una película después de la cena. Ya va medio dormido, así que le digo que sí, después de un baño y comer... no vera ni la intro. Y lo agradezco, porque está obsesionado con las películas de dinosaurios, no sería tan malo, pero a eso le sumas que son de Lego... Odio esas malditas animaciones, arruinaron a los superhéroes, Star Wars... y ahora a los dinosaurios. — Gabriel querido ¿Cómo estás? — Saluda una mujer mayor cuando estamos frente a la puerta. Me sorprendo porque no había visto a ningún vecino en los días que hemos estado acá. La mujer tendrá unos 55 años y parece simpática, me sonríe a mí y a Sebas. — Señora Corina, ¿Cómo se encuentra? —saluda Gabriel sonriendo, pero no paso por alto lo mucho que se apura en buscar las llaves. — Muy bien querido... Y tú, mira que grande estas — Le dice a Sebas — No te veía desde que andabas en pañales. Mi hijo me mira confundido, ya que tiene muy buena memoria, y de seguro está en conflicto al no tener idea quien esa señora. — Tienen un niño tan lindo —dice dirigiéndose a mí. Yo me tiento de la risa, y para contenerla no digo nada, solo asiento. Miro a Gabriel esperando que él corrija a la mujer, al fin y al cabo, quien la conoce es él, pero él está peor que yo, porque no solo contiene la risa, también esta rojo de vergüenza. — Soy Sebastián —dice mi hijo, como si eso aclarara la mente de la señora. El niño no era tonto, y se dio cuenta que la mujer lo estaba confundiendo. — Lo sé lindura... Eres igual a tu padre cuando tenía tu edad. ¿No es cierto? — Me pregunto de nuevo a mi — Si son como dos gotas de agua. Por suerte Gabriel logro abrir la puerta y nos despedimos apresurados. — Lo siento —se disculpó Gabriel apenado. — No sé qué es más raro, que piense que ustedes se parecen o que reconozca una cara con mascarilla —dije riendo. — ¿La señora era loca mami? —pregunta Sebas haciéndome reír aún más. — No lo sé, pero si era un poco ciega... ¿Qué quieren cenar? — Les pregunte entrando a la cocina. Me causo gracia que la mujer pensara que Gabriel era el padre, más que nada porque se supone que lo conoce desde pequeño, pero no quise darle mucha importancia más que nada porque no quiero confundir a Sebas. Aunque no puedo culpar a la mujer, ahora que lo pienso mi hijo se parece más a Gabriel que a mí, e incluso más que a su padre biológico. Sebas tiene el cabello de un castaño más claro que Gabriel, pero es normal que se oscurezca con la edad, pero el padre biológico lo tiene n***o. Y los ojos de las dos personitas que me miran moverme por la cocina son muy parecidos, ambos tienen esa linda mezcla de café con motitas verdes... el azul grisáceo de los ojos de "él" eran inolvidables, y no el buen sentido. Como Gabriel no almorzó tiene antojo de pizza. Yo acepto gustosa, así que mientras esperamos que llegue baño a Sebas y le pongo el pijama. Gabriel se ha duchado en el otro baño, me aprovecho que está eligiendo una película con Sebas y me baño yo también. Hace mucho que no daba una ducha tranquila. En casa no podía pedir que vieran a mi hijo ni para bañarle, así que cuando Sebas era un bebé o me bañaba con él o lo sentaba en el coche y lo dejaba junto a la ducha. Cuando fue creciendo lo comencé a dejar un poco más solo, sobre todo porque no es de destrozar las cosas si le quitas un ojo, y porque tenía baño en mi habitación, cerraba con llave el cuarto y listo, pero aun así a los 5 minutos ya me ponía nerviosa. No sé cuánto demoro, pero al salir Sebas ya está dormido junto a Gabriel con un trozo de pizza a medio comer en la mano. — No me quise mover — susurro. — Esta bien, tiene el sueño pesado. Lo tomo con un poco de dificultad, porque pesa bastante y lo meto en la cama. — Creo que a esa pizza le iría excelente esto — Me dice Gabriel desde la puerta, enseñándome una botella de vino. Nos acomodamos en el sofá y terminamos la pizza... y la botella de vino completa. Él usaba cualquier excusa para ir acercándose cada vez más a mí, y yo no hice ni intento de alegarme, sé que debería, pero después de la tercera copa no me importaba nada. — Hueles tan bien —dijo pasando su nariz a lo largo de mi cuello — ¿Qué es? — Creo que el acondicionador —me rio —. Soy pésima usando perfumes. — Es como un panquecito — Pasa su lengua y mi cuerpo por completo se contrae. — Vainilla — Logro decir apenas. Termino sentada en su pierna, con mi espalda pegada a su pecho, mientras el sigue oliendo mi cuello. El ronroneo que siento de su pecho y los pequeños gemidos de placer me están volviendo loca. Intento acomodarme, pero es una pésima idea. Mis muslos quedan a cada lado de la pierna en donde estoy sentada, y la zona más sensible entre mis piernas choca con su firme musculo. Me muevo intentando buscar más de esa deliciosa fricción, pero al percatarme de lo que hago retrocedo, aunque no por mucho, porque Gabriel me sujeta de las caderas con fuerza y es él quien me comienza a balancear sobre su pierna. — Creí que haríamos como si no hubiera pasado nada anoche... —digo. — ¿Anoche? ¿Qué paso anoche? —dice él tomando uno de mis pechos. — Tú sabes... — No tengo idea de lo que me estás hablando — Sonríe coquetamente. — Gabriel — gimo su nombre. — Sofia — Comienza a balancearme con más velocidad queriendo marcar su punto, y yo lo dejo. Haré como que anoche no paso nada... pero hoy... hoy... Ni siquiera me di que había comenzado a llover hasta que escuché uno de los truenos. — Mierda —dije prestando más atención al sonido de afuera. Creí que había sido el único, pero cuando escuche el segundo, supe que sería una larga noche. Me puse de pie, saliendo de los brazos de Gabriel, él me miro sorprendido preguntándome con la mirada que mierda me pasaba. Yo no podía responder, porque estaba intentando componerme para lo que venía. El tercer trueno sonó y seguido de inmediato el llanto de Sebastián. Podía dormir toda la noche, incluso con una fiesta al lado, pero el sonido de una tormenta lo ponía en alerta de inmediato. — Le dan miedo los truenos — Le explique —, lo siento. Cerro los ojos con fuerza y se puso de pie para alcanzarme antes de que entrara al cuarto donde estaba mi hijo. — Sebas te salvo de esta, pero no lo hará siempre — dijo guiñándome un ojo. Lo tomé del brazo y me colgué de su cuello para besarlo corto, pero profundo. Quería que supiera lo mucho que quería que cumpliera su palabra. Y luego entre a consolar a mi hijo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR