Sofía Día 0

2625 Palabras
Hoy ha sido un día genial. Sebas ya casi no tiene síntomas del resfrío, por lo que durmió bien, y un niño que duerme bien, es un niño que tiene buen ánimo en el día, y si el está de buen ánimo, yo puedo de estar de buen ánimo. De lo contrario, es un mal día para ambos. Tampoco es que los días malos de mi hijo sean un desastre. Tengo suerte de tener un hijo tan tranquilo, solo se hiperventila con Samy, pero por eso responsabilizo a mi amiga y no a al niño. Puede que los dos años hayan sido un poco más difíciles, nada comparado con otros niños que he tenido la desgracia de conocer. Pero ahora que tiene casi cinco es un encanto de niño, tiene mucha energía y siempre está atento haciendo preguntas, de una forma adorable y traviesa. Sabe divertirse solo, por lo que puedo trabajar sin tener que estar pendiente de él contantemente. Cuando necesita ayuda con algo, o quiere pedir alguna cosa, siempre lo hace tranquilo, tiene mucha paciencia y siempre espera que termine lo que estoy haciendo. No hace pataletas por cosas estúpidas, pero si es un niño muy sensible por lo que es fácil que llore cuando tiene miedo o tristeza. Las personas de mi trabajo siempre alaban lo educado que es, incluso algunas mujeres mayores y con más hijos me han pedido consejos, pero la verdad es que todo es gracias a él. Soy afortunada de tener un hijo como él. Todos en la empresa lo conocen, comencé a trabajar con ellos en plena pandemia, así que hasta ahora no conozco las oficinas. Eso sí, todas las reuniones han visto de una forma u otra a mi hijo, ya sea jugando en el fondo, pidiéndome que le abra alguna botella, o simplemente saludando a la persona que ve en la pantalla. Todos lo adoran, y si no lo ven en un rato suelen preguntar de inmediato, es casi otro m*****o del equipo. Envió lo último que me pide mi jefe y termino y jornada por el día de hoy. Cierro la computadora y veo a mi hijo, jugando con unas figuras de madera. Él tiene una personalidad tranquila, siempre la tuvo desde bebé, pero también sé que ha sido este ambiente el que lo ha hecho aún más callado. Toda su vida lo han mandado a callar, no puede gritar o correr en la casa. Siempre lo han apartado y no puede jugar con los hijos de mis hermanas, es fácil aprender a jugar solo en esas condiciones. Siento culpa al pensar que yo lo he hecho vivir de esta forma, le he quitado parte de su infancia, pero es que no había de otra. Sabía que sería un sacrificio enorme para ambos, pero solo sería mientras yo terminaba la universidad. Y creo que ha merecido la pena, en dos semanas me entregan un apartamento. He ahorrado por mucho tiempo para pagar los meses de adelanto y tener todo lo que necesitamos en el interior. No es un gran lugar, es un solo dormitorio, pero no será problema por ahora. Hemos compartido mi cuarto en casa de mis padres desde el día que llegamos del hospital, compartirlo por un par de años más no será una gran diferencia, pero si lo serán otras cosas. Podrá correr y jugar por la sala, como se le dé la gana. No tendremos que pasar casi todo el día en el dormitorio. Ya no habrá nadie que le grite que se calle, nadie le dirá que malo, nadie lo discriminara por el simple hecho de que su madre no esté casada. — Sofia — Escucho a mi madre gritar — Ven aquí. Agradezco no estar en ninguna reunión, ya he pasado varias vergüenzas porque ella no quiere entender que la gente escucha cuando ella grita como una desquiciada. Salgo del cuarto dejando a mi hijo viendo una película y voy a ver que quiere mi madre ahora. — Necesito que vayas al mercado. Ahí está la lista y el dinero. Señala la mesa de cocina con el mentón, mientras ella sigue con su tejido. — ¿No puede ir mi hermana? — pregunto al ver que ella está sentada en el sofá. — No. — No puedo sacar a Sebas, hace mucho frio. Aun está un poco resfriado. — Déjalo acá —dijo sin levantar la mirada. ¿Qué lo dejara?¿Estaba loca? Nunca había dejado a mi hijo solo, mucho menos estando enfermo. — ¿Y quién lo cuidara? ¿Tu? — Claro, no seas tan dramática con todo Sofia. No uses a tu hijo para ser floja. Tengo que admitir que he usado la carta de "soy madre soltera" algunas veces, muchas para excusarme de una reunión o cancelar a última hora, pero nunca con mi familia. Y no porque no quisiera, me habría gustado poder dejar caer un poco de la responsabilidad de ser madre sobre mi familia, pero en cuanto dije que estaba embarazada todos me dieron la espalda. Creí que cuando vieran que era responsable y me hacía cargo de mi hijo recibiría más apoyo, como mis hermanas. Que solo me estaban dejando sola al comienzo para que madurara y aprendiera a hacer las cosas por mí misma. Sin embargo los meses pasaron y el rechazo hacia mi hijo fue evidente, esto no era solo que me quisieran dar una lección a mí, era una clara demostración que nunca aceptarían a Sebastián como parte de esta familia. En estos cinco años mis padres nunca cuidaron a mi hijo, en un par de ocasiones lo hicieron mis hermana, muy, muy pocas, pero solo cuando estaba dormido. Era nuevo que mi madre aceptara cuidarlo, que ella misma se ofreciera. No sé en qué estaba pensando cuando accedí. Quizá tenía la esperanza de que quisiera pasar tiempo con él, puede que nos extrañe ahora que estamos a punto de partir. En el fondo es su nieto, y puede que se esté haciendo a la idea, por fin. Tardo más de lo que pensé en el mercado, creo que la gente no sabe que estamos en una pandemia, porque esta llenísimo. Voy con prisa, intento entrar y salir de ese abarrotado lugar lo antes posible, y tocando lo menos posible, pero la gente no coopera. Veo como las personas se pasean por el mercado, tocado las frutas y devolviéndolas a los canastos, muchas no llevan cubrebocas o se los han bajado para comer alguna cosa. Me asquea un poco ver cómo actúan esas personas, después de todo lo que hemos tenido que vivir por más de un año, no les importa. Puede que muchos estén vacunados, pero eso no es garantía. A mí ni siquiera se me ocurriría quitarme el cubrebocas, y sé que cuando llegue a casa limpiare todo lo que he traído y lo que traigo puesto. Puede que haya pasado un año y que yo este vacunada, pero tengo un niño de cinco años en casa que no lo está. Y las variantes cada vez son más agresivas y atacan a personas más jóvenes. Vuelvo a casa y entro por la puerta de la cocina, mi madre aun está ahí sentada con su tejido, pero se para en cuanto cierro la puerta. Le quería preguntar cómo se encontraba mi hijo, y como se había portado, pero ya había desaparecido antes de que comenzara a limpiar todo lo que traje. No iba no por la mitad de las cosas cuando escuche un grito seguido de un fuerte llanto. Sebastián casi nunca lloraba de esa forma, pero podría reconocer el grito de miedo de mi hijo en cualquier parte. Salí corriendo a toda prisa. Nuestra casa era muy grande, y tarde demasiado segundos para mi gusto en llegar al salón. Me paralice por un momento al ver lo que ocurría. En la habitación esta mi sobrino sollozando en los brazos de su madre, mi madre le decía algo a mi padre, pero él no la escuchaba porque estaba muy ocupado gritándole a mi hijo. Yo no entendía nada de lo que decían, solo escuchaba un pitido en el oído. Sebastián al verme entrar intento ir donde yo estaba, pero mi padre volvió a gritarle y le dio una bofetada tan fuerte que su pequeño puerco impacto contra el borde el sofá. Me encantaría decir que es la primera vez que veo a mi padre actuar así, es la primera vez que golpea a mi niño, pero de niña muchas veces yo estuve en su lugar. Lamento saber cómo actuar en estas, y me avergüenza que este sea el único modo de actuar de forma segura para Sebastián. Puedo enfrentarme a mi padre, recriminarle lo que ha hecho, incluso llamar a la policía, pero se cómo acabaría. Él podría golpearme a mí, dejarme inconsciente como lo hizo un par de veces cuando era adolescente y entonces mi hijo quedaría completamente desprotegido, porque sé que si él le dice a mis hermanas o madre que nos sujeten para recibir algún golpe ellas lo haría... ya no han hecho. Y la policía, bueno ellos eran un mal chiste en estos casos. Comprobado y aprendido hace años. La otra opción era ser mucho más lista, la practica me había enseñado a sobrevivir a mi padre. — Tu bastardo ha roto la televisión —gritó mi padre cuando recogí a Sebas del suelo y envolví mi cuerpo a su alrededor. Miré la televisión que efectivamente estaba rota. Un montón de colores sin sentidos se movían por la pantalla y en el centro una pelota blanca estaba incrustada en la pantalla. A Sebas no le gustaban las pelotas, es más no tenía ni una. Por lo que mi mirada fue directa a mi sobrino que en ese instante intento esconder una pistola de pelotas. Él tenía 9 años, sabía perfectamente lo que había hecho y lo mal que estuvo culpar a su primo, pero también estaba asustado, de seguro no esperaba que mi padre reaccionara así, hasta ahora no había golpeado a ninguno de sus nietos. Sería estúpido decir la verdad, mi padre no lo creería o lo ignoraría. Como fuera la única opción segura era salir de ahí cuanto antes. — Te pagare otra —dije sin levantar la vista. Claro que no lo haría, puede que no delatara a mi sobrino, pero ahí también estaba mi hermana y ella era bastante mayor. A ver como le explicaba a su cesante y vividor marido que tenían que reponer una televisión de unas 80 pulgadas. — Más les vale. Salió de la sala seguida de mi madre. Yo tome a Sebas en cuando no los escuche más y fuimos directo a mi cuarto, no sin antes decirle a mi hermana que sabía que fue su hiperactivo hijo y que ella era una perra desgraciada por no proteger a un niño pequeño. Y puede que haya dicho lo mucho que lamentaba que ella viviera con una contante ETS porque su marido se metía a sus "amigas" a su coche. — Mami, yo no fui —sollozo Sebas. — Lo sé cariño, tu no has hecho nada malo. Ahora quiero que seas aún más bueno y metas todos tus juguetes preferidos en esta mochila, ¿Vale? — Él asintió y se puso en la tarea. Mientras yo armaba otra maleta con la computadora, cargadores y un montón de cosas sin un orden, pero necesarias. En otra puse nuestras ropas, solo las que usaríamos en esta temporada. No había espacia para la ropa de verano. Teníamos que salir lo antes posible de esta casa y no volver, lo que se quedara esta noche, lo perdíamos. Esta era la única forma que yo tenía en este momento de protegernos. Llamé a Sam mientras armaba las maletas, después de la quinta llamada perdida intente con Bruno, pero fue el mismo resultado. No me extrañaba que estuvieran en una de sus interminables sesiones de sexo, esos dos eran como conejos cuando se ponían cariñosos. De todas formas ellos no eran una muy buena opción. Samy le tenía una sorpresa a Bruno, había devuelto su apartamento y volvería a mudarse con él a tiempo completo. Ella había prometido que lo harían cuando se casaran, pero primero habían querido una fiesta, y la pandemia no había cooperado con esa parte, por lo que llevaban meses listos para casarse. Mi amiga prácticamente ya vivía con Bruno de nuevo, y por eso desde la otra semana tenía que entregar el piso de arriba. En otras palabras yo y Sebas necesitábamos otro lugar mientras me entregan el apartamento. La única opción factible que se me ocurrio fue Gabriel. Somos muy amigos, nos hablamos de todo y a diario, pero no sé cómo se tome este favor. Le llamo e intento pedirle que nos deje alojar con él unos días, intento de asegurarle que no le daremos problemas, pero en cuanto escucho su voz me rompo por completo. Por una parte pedir alojamiento de esta forma es un poco humillante y vergonzoso, pero lo que más me hace llorar es oír su voz. Con un par de palabras me da tanta confianza y confort que puedo dejar de ser fuerte, porque sé que él vendrá por mí y mi hijo. Y así lo hace, en menos de una hora ya estamos camino a su casa, lejos de la toxicidad de mi familia. A Gabriel no le hizo mucha gracias que no quisiera poner una denuncia por maltrato a mi padre, pero yo solo quería acabar con esto de una vez, para mi desde el momento en que mi padre le puso un dedo encima y nadie hizo nada, mi familia era solo mi hijo. Al final mi amigo decidió apoyarme de la mejor forma que sabía, después de darle un baño y hacer dormir a Sebas, Gabriel me esperaba con un merecido trago. — ¡Bienvenida! —dice chocando nuestras copas. — Gracias, en verdad no sé cómo agradecerte... — No hay de que... Lo que sea que necesiten, puedes decirme. — Son solo 14 días —digo —, no sé qué tanto te pueda pedir en ese tiempo —bromeé. Gabriel no solo era un gran amigo que sabía escuchar todos mis dramas, estaba simplemente buenísimo. Habíamos forjado nuestra amistad desde cero, y a base de mucha comunicación. Nos enviábamos mensajes todo el día, y por más que intentara descifrar sus intenciones nunca había podido. En ocasiones me hablaba de cosas sin sentido, como lo que estábamos comiendo, pero otras veces eran muy personales, de su madre, o a veces simplemente escribía "me siento solo, háblame". Adoraba esos momentos en los que recurría a mí por compañia, aunque fuera por una videollamada o un par de audios. Y las veces que nos habíamos podido ver en persona yo simplemente quedaba maravillada con él. Su cabello castaño parecía estar siempre despeinado, y aunque se lo había cortado casi rapado muchas veces desde que lo conozco, a la semana siguiente casi por arte de magia ya estaba largo. Adoraba sus ojos verdosos, eran tan sinceros que no importaba que digan sus labios terminabas calmado. Pero no voy a negar que lo que más me encantaba de él era su cuerpo. Es que... se nota que trabaja con su cuerpo, porque cada parte parece haber sido esculpida especialmente para hacerme babear. Me gustaba Gabriel, en muchos aspectos, y si tuviera la oportunidad me lo tiro a ojos cerrados... no mejor abiertos para degustar bien ese cuerpo, pero sé que es una mala idea. Quizá deje de serla cuando yo tenga mi propio lugar. Si, definitivamente en cuanto este instalada en mi apartamento intentare algo con él. No puedo morir si haberme dado ese gusto. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR