Nos sacan de la celda cuando el amanecer empieza a colarse por las ventanas altas de la delegación, pálido, casi ofensivamente tranquilo para todo lo que pasó horas antes. Artemisa sale primero, como siempre: espalda recta, mirada firme, dignidad intacta. Yo voy a su lado, serena por fuera, cansada por dentro. Samuel… Samuel parece recién despertarse de una fiesta privada.
—Oficialmente —dice estirándose—, esta fue la mejor noche jamás registrada en la historia Dravell.
—Samuel —advierte Artemisa sin mirarlo—, guarda silencio.
—Imposible, mi reina. La historia merece ser contada.
Al cruzar la última puerta lo vemos.
Dante.
Traje oscuro, expresión controlada, mandíbula tensa. Está apoyado contra la pared como si el lugar no le afectara, pero lo conozco: cuando aprieta así la quijada, alguien va a pagar el precio… más tarde.
—¿En serio? —dice apenas nos ve—. ¿Las tres?
—Cuatro —corrige Samuel—. No olvides al stripper, que perdió la dignidad.
—Samuel —dice Dante sin levantar la voz—, sube al auto.
Samuel sonríe, satisfecho.
—Me encanta cuando estás en modo cuñado peligroso.
Artemisa se acerca a Dante. Él la mira de arriba abajo, revisándola con los ojos.
—¿Estás bien?
—Perfecta —responde ella—. Relajada. Feliz.
—Detenida.
—Detalles.
Dante suspira, pasa una mano por su rostro y luego nos mira a los tres.
—¿Qué estaban haciendo exactamente?
Samuel y yo nos miramos.
—El secreto se tiró solo —dice Samuel—. Pero podemos resumirlo así: baile, exceso de confianza, límites cruzados y… puños Dravell.
Yo alzo una ceja.
—No se nos acercan sin permiso.
Dante me observa con atención. No dice nada, pero entiende. Siempre entiende.
—Suban —ordena—. Vamos a casa.
El trayecto es extraño. Samuel va feliz, revisando el celular, riéndose solo. Artemisa mira por la ventana, tranquila, como si nada hubiera pasado. Yo apoyo la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos apenas un segundo.
—¿Saben qué es lo mejor? —dice Samuel—. Las redes están limpias.
—¿Nada? —pregunto.
—Nada. Club clausurado, disturbio menor, cero nombres. Somos fantasmas elegantes.
Dante resopla.
—No vuelvan a hacer esto.
—Mentira —dice Artemisa—. Sabes que lo volveríamos a hacer.
Él la mira y, contra todo pronóstico, sonríe.
—Sí. Por eso me voy a casar contigo.
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Horas después, cada una en su espacio, el mundo vuelve a girar. Me ducho, me visto, me recojo el cabello. El cansancio no se nota, pero está ahí, clavado en los huesos.
La oficina está impecable. El silencio es productivo. Todo en su lugar. Como si la noche anterior no hubiera existido.
El edificio está intacto. Mármol brillante. Vidrio pulido. Silencio eficiente. Aquí no hay celdas ni risas descontroladas; aquí solo hay decisiones que mueven cifras y voluntades.
Entro a mi oficina, dejo el bolso sobre el escritorio y enciendo la pantalla. Correos. Propuestas. Reuniones. Todo en orden.
—Señorita Dravell —anuncia mi asistente Sol desde la puerta—, el señor Mark Dumas ha llegado antes de lo previsto.
Levanto la mirada.
—Hazlo pasar.
Mark Dumas entra con paso seguro. Elegante, sin exagerar. Ojos atentos. De esos hombres que observan antes de hablar.
—Selene —dice—. Veo que su reputación no exagera.
—Las reputaciones suelen quedarse cortas —respondo—. Tome asiento.
Hablamos de telas, de expansión, de mercados europeos. De números. De estrategia. Profesional. Preciso. Impecable.
Hasta que deja el bolígrafo sobre la mesa.
—Seré directo —dice—. Me impresiona que una mujer tan joven tenga la fuerza de construir un imperio con esta solidez. Ya te lo habia dicho, pero queria repetirtelo.
Sostengo su mirada.
—No esperaba que lo subestimara.
Sonríe, aceptando el golpe.
—Al contrario —responde—. Me intriga.
Se inclina apenas hacia adelante.
—¿Almorzamos? —propone—. Me gustaría seguir esta conversación… fuera de la sala de juntas.
Hay un segundo de silencio.
—Acepto —digo—. Pero seguimos hablando de negocios.
—Por supuesto —responde.
Ambos sabemos que ya no es solo eso.
Cuando salimos, miro el reflejo de la ciudad en el ventanal. Todo sigue en calma. Demasiada.
El equilibrio empieza a moverse.
Y esta vez no tiene nada que ver con el caos de anoche.
Mark se detiene antes de que yo cruce la calle. No me toca. No invade. Solo habla.
—Selene —dice—. Voy a ser honesto.
Me giro, tranquila.
—Me gusta —continúa—. Su mente, su forma de estar en el mundo… usted.
No hay nervios. No hay torpeza. Solo decisión.
Lo observo un segundo más de lo necesario. Luego respondo con calma, con esa voz que no tiembla ni cuando todo se mueve.
—La honestidad es un buen inicio —digo—. Pero yo no voy deprisa.
Inclino apenas la cabeza.
—Las cosas interesantes se cocinan despacio… o se arruinan.
Mark asiente, aceptando el límite sin discutirlo.
—Con calma —repite—. Entendido.
—Bien —respondo—. Entonces estamos hablando el mismo idioma.
Me doy vuelta y sigo caminando. Esta vez no miro atrás.
No hace falta.
Porque lo sé.
El interés ya está sembrado.
Y yo decido cuándo —y cómo— crecerá.