Selene
Pensé que iba a estar más tranquila.
Me equivoqué.
La suite estaba llena de luz suave, flores claras, un silencio cargado de algo que no supe nombrar enseguida. Me quedé a un lado, pero no porque no quisiera acercarme, sino porque necesitaba mirarla bien. Grabarla en la memoria.
Artemisa frente al espejo. Bata de seda, cabello a medio hacer, la espalda recta. No parecía nerviosa. Pero yo la conocía demasiado. Esa quietud también era emoción contenida.
Sentí el nudo en la garganta antes de aceptarlo.
Samuel, por supuesto, ya estaba hecho pedazos.
Desde el sillón, con los ojos rojos y el pañuelo arrugado, la miraba como si se estuviera despidiendo de una época entera.
—Mírala… —dijo, con la voz quebrada—. Mi reina del caos. Casándose.
Sonreí sin querer. Me ardieron los ojos.
—Ya era hora —murmuré, aunque por dentro me costara admitir que algo estaba cambiando.
Samuel se secó una lágrima sin ninguna vergüenza. —Yo ya estaba preocupado, ¿sabés? Pensando que se nos iba a quedar. Que iba a elegir el mundo y nada más.
Me acerqué un poco más a Artemisa. —Siempre elige —dije—. Incluso hoy.
La puerta se abrió sin aviso.
Mi padre entró como entra siempre: firme, imponente, dueño del espacio. Gregory Dravell no pide permiso. Nunca lo necesitó. Detrás de él venía mi madre, con los ojos brillantes y esa sonrisa que ya decía todo.
—Buenos días, mis niñas —dijo ella, acercándose primero.
Cuando me abrazó, no pude evitar apretar un poco más de la cuenta.
—Estás hermosa —me susurró—. Las dos lo están.
Mi padre nos observó en silencio unos segundos. —Todavía no lo creo —dijo al fin—. Mi hija mayor… la más terca, la más emprendedora… casándose.
Lo dijo con orgullo. Con ese orgullo que a él no siempre le sale fácil.
Samuel volvió a sorber. —Señor Dravell, yo tampoco lo supero.
—Controlate —respondió mi padre—. No es un velorio.
—Para mí casi —dijo Samuel—. Se casa la mujer que mantiene el caos funcionando.
Mi padre soltó una risa breve. —Creí que terminarías dirigiendo medio mundo… no compartiéndolo.
Artemisa se giró, firme. —No me voy a volver menos por casarme.
Mi padre sostuvo su mirada. Yo contuve la respiración. —Jamás lo pensé. Si algo me preocupa… es el hombre que decidió caminar a tu lado.
Mi madre se acercó y tomó el rostro de Artemisa con ternura. —Siempre fuiste la que manda, la que decide. Hoy también lo estás haciendo.
Sentí que algo se me aflojaba en el pecho.
—No está cambiando —dije, con la voz un poco más baja de lo normal—. Está ampliando su vida.
Artemisa me miró. Sonrió. Esa sonrisa fue solo para mí.
Desde el pasillo llegaron voces, pasos, movimiento. Todo estaba listo.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejé que la emoción me atravesara sin frenarla.
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La música comenzó suave, envolviendo el lugar como un susurro contenido.
La ceremonia era exactamente como Artemisa la habría querido: elegante, imponente, hermosa sin caer en lo frágil. Flores blancas y marfil, velas encendidas, telas ligeras moviéndose apenas con el aire. Todo hablaba de poder y promesa.
Me puse de pie cuando la vi aparecer.
Artemisa caminaba del brazo de nuestro padre. No como alguien que era entregada, sino como alguien que avanzaba por decisión propia. El vestido caía perfecto sobre su cuerpo, la mirada firme, el mentón en alto. Gregory Dravell a su lado, sólido, fuerte, con ese porte que impone silencio sin pedirlo.
Samuel ya estaba llorando.
Sin disimulo. Sin vergüenza.
—No puedo… —murmuró entre sollozos—. Mírala. Se está casando.
Sonreí, con el pecho apretado de emoción.
Cuando llegaron al frente, nuestro padre se detuvo. Miró a Dante con atención, midiéndolo en segundos que pesaron como minutos. Luego tomó la mano de Artemisa y la colocó en la de él.
—Te la entrego —dijo—, pero con una advertencia.
Dante sostuvo su mirada. —Lo escucho.
Gregory se inclinó apenas. —Cuídala. Porque si la haces sufrir… no voy a necesitar buscarte. Yo siempre encuentro.
Hubo una pausa mínima.
Después, con humor seco: —Y suerte. No es fácil seguirle el ritmo.
Dante sonrió. —No lo cambiaría por nada.
Gregory asintió y dio un paso atrás.
La ceremonia continuó. Votos claros, palabras firmes, promesas dichas sin temblar. Artemisa no dudó ni un segundo. Dante tampoco. Se miraban como dos personas que sabían exactamente lo que estaban eligiendo.
Samuel lloraba más fuerte.
—Esto es demasiado amor para mí —susurró—. Y demasiada Artemisa junta.
Yo sonreía. De verdad.
Y entonces…
Me giré.
No sé por qué. Lo sentí antes de verlo.
Nuestros ojos se encontraron.
Negros contra grises.
El mundo se detuvo en ese segundo.
Mikhail Volkov estaba allí.
Un año. Un año entero sin verlo. Sin escucharlo. Sin cruzarlo. Y aun así, la conexión fue inmediata, brutal. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si todo lo que quedó sin cerrar siguiera vivo.
Sus ojos grises me atravesaron. Fríos. Intensos. Reconociéndome al instante. Vi sorpresa. Luego control. Luego algo más peligroso.
No aparté la mirada.
Sentí el pulso acelerarse, el recuerdo, la herida, la traición… y esa conexión que nunca se rompió del todo.
Él inclinó apenas la cabeza. Un gesto mínimo. Cargado de intención.
La gente aplaudía. Artemisa sonreía. Samuel lloraba.
Y yo estaba atrapada en esos ojos grises que me habían engañado…
y que aun así seguían sabiendo exactamente cómo mirarme.
La ceremonia terminó entre aplausos, música y emoción desbordada. Artemisa y Dante se besaron y el lugar estalló en celebración. La gente se puso de pie, las copas se alzaron, las sonrisas se multiplicaron.
La ceremonia quedó atrás y la música cambió de tono. La celebración tomó el control del lugar. risas abiertas, el murmullo constante de una fiesta que recién empezaba.
Artemisa y Dante eran el centro de todo. Ella radiante, él firme, orgulloso. Mi madre no dejaba de sonreír. Mi padre recibía felicitaciones con ese gesto suyo que mezcla cortesía y dominio.
Cerca de la pista vi a los padres de Dante.
Viktor Volkov estaba erguido, serio, observándolo todo con atención calculada. No hablaba de más. No sonreía de más. A su lado, Irina Volkov era elegancia pura, mirada inteligente, expresión contenida pero satisfecha. Se notaba el orgullo, aunque no lo exhibieran.
Samuel apareció frente a los novios con una copa en la mano y los ojos todavía brillosos.
—Bueno —dijo, aclarando la garganta—. Oficialmente tengo que felicitarlos antes de volver a llorar.
Artemisa se rió y lo abrazó. —Gracias, Samuel.
Él miró a Dante con solemnidad exagerada. —Escuchame bien. Te llevás a una mujer extraordinaria, complicada, brillante y absolutamente imposible de manejar.
—Lo sé —respondió Dante, divertido.
—Perfecto —asintió Samuel—. Entonces todo está en orden.
Alzó la copa. —Por Artemisa y Dante. Que el amor les dure… y que el caos esté siempre bien administrado.
Las risas estallaron alrededor.
Yo sonreí de verdad.
Fue entonces cuando Mark Dumas se acercó.
—Selene —dijo, con esa naturalidad suya—. Estás hermosa.
Se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Cercano. Cómodo. Demasiado fácil.
—Gracias por venir —respondí.
No necesité girarme enseguida.
Sentí la presión antes de verla.
Cuando miré, Mikhail Volkov estaba observándonos. Ojos grises, fijos, duros. La mandíbula marcada. No disimulaba nada. La rabia le cruzaba el rostro sin pedir permiso.
Samuel apareció a mi lado como si el drama lo llamara.
Miró a Mark.
Luego a Mikhail.
Luego a mí.
—Ajá… —murmuró—. Esto escaló rápido.
—Samuel —dije en voz baja.
—No, no, escuchame —continuó—. Si las miradas mataran, Mikhail ya habría asesinado a Mark. Y después lo habría vuelto a matar por deporte.
Solté una risa breve, inevitable.
Mark seguía hablando, ajeno o fingiendo estarlo. Mikhail no se movía.
Sus ojos grises seguían clavados en mí.
Y por primera vez desde que empezó la fiesta, supe que la verdadera tensión no estaba en la pista…
sino en todo lo que aún no habíamos dicho.