Román Me había quedado sorprendido por lo que había escuchado, pues jamás me imaginé que el hombre estuviera en la ruina. Cuando los hombres salen de el despacho, yo suspiro y camino hacia el escritorio. Tomo un bolígrafo y se lo ofrezco. Adalberto está en shock, pues no ha mencionado ni una palabra. Cuando ve el bolígrafo en mis manos, voltea y me ve a los ojos y sonríe. Lo arrebata de mis manos y empieza a firmar todos los papeles. Cuando me los entrega, suspira. —Parece que, después de todo, lograste tu cometido. Pero si piensas que me vas a ver en la ruina, estás muy equivocado. —Creo que el que está equivocado eres tú. Yo jamás tuve nada contra ti ni tengo nada contra ti, solo que, a pesar de tus años, has tomado malas decisiones. Él niega y sonríe, se acerca al bar y se sirve un

