Román Habíamos estado parte de la noche planeando lo que haríamos, pues esto no se podía tomar a la ligera. Ya estábamos cansados. Karen ya estaba dormida en el sillón que está dentro de mi oficina, o al menos eso quería que pensará. Marcelo lo sabe, así que me sonríe y me dice: —Sabes, me gusta esta Karen, decidida, imponente, fuerte. Pero recuerdo perfectamente aquella chica tímida de lentes y frenillos. ¿Recuerdas aquella vez que las chicas de primer año la dejaron encerrada? No lo podía creer. Ella ya tenía veinte años y unas niñas la habían encerrado en los sanitarios de mujeres. Yo sonrío y asiento, pues aquella vez Marcelo la regañó como a una pequeña niña, pues había permanecido ahí todo el día y parte de la madrugada. Escucho cuando Karen se sienta y suspira: —Qué buenos tiem

