Cuatro.

2881 Palabras
Cuatro. —¿Lista para el viaje de tu vida? —pregunta Weasley, una vez nuestros cinturones son ajustados y el encargado de nuestro vagón asiente, indicando que estamos listos para salir. —Estoy lista para ver mi nombre tatuado en tu trasero —replico haciendo referencia al punto que habíamos acordado en nuestra apuesta. Después de debatir por alrededor de media ahora, habíamos llegado a un sencillo acuerdo: él obtendría un final feliz sí ganaba. De lo contrario, tendría que marcar su trasero con mi nombre. Algo muy difícil para él, por su ya conocido temor a las agujas. Bastante similar al mío. Los días de vacunas eran bastante entretenidos cuando era nuestro turno. Así que debe estar muy confiado en esta montaña rusa, para haber aceptado aquel término. —Tengo una corazonada —musita, dándome una media sonrisa—. Algo me dice que no dejarás de gritar, una vez esto empiece a moverse. —Estás demasiado lleno de ti mismo —niego, ajustando mi cabello en una coleta apretada y alguien indica por los altavoces, que el paseo está a punto de iniciar. La familiar sensación de adrenalina y excitación que estas atracciones producen en mí, se asientan en mi estómago, cuando empezamos a movernos en dirección a la complicada pista por la que viajaremos durante el próximo par de minutos. —¡Aquí vamos! —grita Weasley una vez que ganamos algo de velocidad y abro mi boca para apoyar su afirmación, cuando lo siento. Algo está mal. Algo está malditamente mal. Miro hacia abajo, al lugar donde el cinturón debería estar sujetando mi torso al asiento y este se encuentra desatado. Está desatado. Está desatado y avanzamos hacia una pendiente que bien podría acabar con mi vida en cuestión de segundos. Abro mi boca para gritar, pero todo queda en nada cuando siento que algo más se suelta. El cinturón cruzado de mi pecho también tiene el mismo destino que el de mi cintura. Entonces, estoy a la deriva. Dependo únicamente de mi propia fuerza para mantenerme con vida. Mi mirada se mueve frenéticamente de mi regazo al frente y un jadeo queda atrapado en mis labios, al ver el panorama. Lo que sigue a continuación, va a llevarme directamente al cementerio. Porque es un giro de trescientos sesenta grados. Uno, que a la velocidad que llevamos, no me dará ninguna oportunidad para sobrevivir. No con mi fuerza. Moriré. Wes sigue sin percatarse de mi precaria situación y el como me aferro a la estructura que atraviesa mi pecho a modo de protección, a pesar de que esta se encuentra desatada desde hace varios segundos. Mi voz parece haber huido debido al miedo y un poco resignada a mi fatal destino, siento el latido de mi corazón palpitando en mis oídos. Abro mi boca, tratando de decir algo. Cualquier cosa. Pero todo lo que logro, es emitir pequeños graznidos que no alcanzan a ser escuchados debido al ruido del viento. Entonces, entramos en el giro. Poco a poco siento como soy arrancada de mi asiento y por más que trato de sujetarme a este, resulta inútil. Mi fuerza no es suficiente. Mis dedos se resbalan justo cuando nos encontramos de cabeza. Weasley mira en mi dirección, pero ya es demasiado tarde. Lo último que veo antes de caer, es la mirada rota por el horror de mi mejor amigo. «Lo siento», quiero decirle, pero no logro hacerlo. La caída se siente eterna y justo antes de estrellarme contra el suelo, escucho un susurro. Una voz masculina hablando directamente en mi oído. —La muerte es un premio que no mereces. Tu hora no ha llegado aún —susurra la voz, mientras una caricia con dedos fríos en mi mejilla me hace abrir los ojos. Y cuando lo hago, estoy de regreso en mi habitación. Me incorporo de inmediato, encendiendo la luz de mi mesa de noche con manos temblorosas. «Todo fue un sueño», pienso frenéticamente. «Uno muy vívido, pero al fin y al cabo, un sueño». La tenue luz ilumina mi oscura habitación y por un momento, la sensación de la fría caricia en mi mejilla persiste. Acuno mi rostro con mis manos, sintiendo mi piel fría al tacto. Como sí hubiera estado expuesta al aire frío de la noche durante mucho tiempo, a pesar de que la habitación se siente tan cálida como siempre. «Son secuelas del sueño», trato de convencerme a mí misma. «Solo es la sugestión de mi mente debido la muy real pesadilla». Reviso la hora en mi móvil, descubriendo que solo son las tres de la madrugada. Genial, solo he dormido dos horas. Suspiro, desbloqueando mi teléfono, para revisar mis mensajes mientras espero que el sueño me alcance nuevamente. Encuentro a Wes en línea aún, por lo que supongo, aún se encuentra trabajando en aquella portada de la que seguía quejándose. Al parecer, la ciencia ficción no es su fuerte en el diseño. Es eso, o su inspiración está por el suelo. Decido escribirle, solo por molestar un poco, no muy segura de obtener una respuesta de su parte. Dinna: ¿Viendo porno tan tarde, Caruso? Menos de un minuto después, su contestación brilla en la pantalla. Weaksley: ¿Hablas por ti? Antes de poder escribir mi replica, un segundo y tercer mensaje llegaron después de ese. Weaksley: ¿Qué haces despierta tan tarde? ¿Problemas para dormir? Weaksley: ¿O es acaso algún personaje siendo obstinado? —Una pesadilla por culpa del estúpido estrés de la apuesta —digo en voz alta a nadie en particular, riendo sin gracia por la patética situación en la que me encuentro. Dinna: Nada de eso. Solo desperté pensando en ti. ¿Qué demonios acabo de escribir? Parpadeo un par de veces, como si hacer eso lograra borrar mi mensaje, pero sigue allí. Y los dos check-in azules me notificaron el hecho de que Weasley también ha visto el mensaje. Mierda. Tarda una eternidad en responder. Una eternidad en la que no hago más que maldecir a mis dedos por escribir palabras sin mi consentimiento. Sin embargo, ninguna de las palabras que me diga a mí misma hará que el mensaje desaparezca. Y entonces... La notificación de su respuesta llega a mi bandeja de entrada. Weaksley: No quieres saber. De verdad, no quieres saber a que sucio lugar fue mi mente al leer ese mensaje. Pero, racionalmente, estoy suponiendo que tuviste una pesadilla y necesitas a tu oso abrazador, ¿me equivoco? Un suspiro aliviado escapa de mis labios al leer las palabras en la pantalla de mi móvil. Wesley de verdad puede llegar a conocerme incluso mejor de lo que me comprendo a mí misma. Diez años a mi lado le han dado ese súper poder. Dinna: Soy consciente de que ese mensaje podría haber sido malinterpretado, pero, ¡me conoces!, sabes que nunca lo diría en ese sentido, así que tu mente no tenía ningún derecho a ir a ese sucio lugar. Tecleo la contestación rápida, esta vez completamente consciente de lo que estoy escribiendo y me levanto de la cama para preparar un café, visto que el sueño definitivamente no sería una opción por ahora. De hecho, me siento inspirada, así que tal vez debería sentarme a escribir algo ya que estoy en ello. Con una taza humeante de café, una caja de galletas de avena y la investigación que estoy realizando acerca de los síntomas del trastorno de estrés postraumático, me siento en mi acolchada silla giratoria y enciendo mi laptop, dispuesta a seguir escribiendo a Ben y su historia. Media hora después, la pesadilla de antes ha quedado relegada a un segundo plano cuando la escritura ocupa por completo toda mi atención, justo como lo había planeado. Si, es un buen método de distracción, decido. *** —Vaya, pareces un panda. ¿Quién te golpeó así? —es el saludo de Wes, una vez abro la puerta luego de su incesante golpeteo a esta. Probablemente reciba otro llamado de atención por parte de la administración por su culpa, debido al ruido excesivo que hago constantemente. Sin saber que en realidad el culpable de todo ese toque insistente, ni siquiera es un inquilino del edificio. —El sueño huyó de mi como un cobarde. Pero deja que lo atrape, le daré su merecido —agito mi puño en el aire como una anciana protestando por alguna causa y eso lo hace reír. —Me imagino —extiende una bolsa de papel y casi puedo saborear las tortitas de frambuesa dentro de esta—. Feliz cumpleaños. ¿Eh? —¿Qué? ¿Es mi cumpleaños? —¿es posible olvidarse de su propio cumpleaños? Al parecer, si lo es. —Lo es. Veintinueve de febrero. Felices veinticuatro barra seis años —bromea, despeinando mi cabello a modo de saludo. Aparto sus manos rápidamente y frunzo el ceño no muy convencida de sus palabras. No obstante, al revisar la fecha en mi móvil descubro que no está mintiendo. —Oh, mi Dios. De verdad es mi cumpleaños —rapto la bolsa de su mano y decido que no compartiré las tortitas porque serán el único regalo que recibiré en todo el día. Bueno, el único regalo que realmente me gustará, porque estoy segura que mi grupo de trabajo en la editorial me dará uno que otro presente, como cada año, sin molestarse en intentar conocerme para saber por ejemplo, que la lana irrita mi piel y dejarían de regalarme jerseys de ese tipo. —No te mentiría con algo como eso, tontita. Es un evento especial que solo ocurre cada cuatro años —puso los ojos en blanco y sacó una barra luminosa del bolsillo de sus vaqueros. —Gracias por esto —digo con la boca un poco llena por el delicioso postre y Wesley me estruja en sus brazos. Sus abrazos tenían la capacidad de alejar cualquier cosa de mi mente, que no fuera la cálida y reconfortante sensación de ser sostenida con la suficiente fuerza para evitar que caiga. Eso, sus abrazos, son mi cosa favorita en todo el mundo. —Feliz cumpleaños, Dinna Ambrose —murmura en mi oído, sin ninguna intención de soltarme y tengo que ser yo quien ponga algo de distancia, debido al molesto aleteo en mi estómago debido a su cercanía. —Gracias, pero necesito algo de espacio personal —presiono mis manos en su pecho y él se aparta de inmediato, ofreciéndome la barrita luminosa en su lugar. —Aquí tienes. —¿Y qué se supone que debo hacer con esto? —indago, curiosa por el objeto en mi mano. —Las velas solo te conceden un deseo. En cambio, con una de estas, tendrás deseos infinitos —explica, rascando la parte trasera de su cabeza—. Por lo menos, hasta que se acabe la batería. —¿Cuántos años tienes? ¿Seis? —pongo los ojos en blanco y dejo la barra en la mesa, tomando otra tortita de la bolsa en el camino. —¡Oye! ¿Acaso está mal que quiera que mi mejor amiga tenga todo lo que desea en el mundo? —pregunta indignado y yo solo puedo mirarle fijamente. ¿Está hablando en serio? —¿De verdad crees que cada vez que deseé algo, voy soplar esto y mágicamente me será concebido? —tomo la barra luminosa de nuevo y Wes asiente de manera determinada. Niego levemente, antes de cerrar los ojos y soplar el palito de luz, deseando que mágicamente apareciera una taza de café para acompañar mis tortitas. Cuando abro los ojos, encuentro a Wes sosteniendo una taza de polietileno en sus manos. Abro la boca, sorprendida por ello, pero después noto lo agitado que se encuentra además de que mi puerta no se encuentra cerrada del todo bien, descubriendo así, que él supo que pediría todo este tiempo y por eso insistió con la tonta barra. —Eres un tramposo —lo acuso, tomando la taza de su mano para darle un largo trago a esta, disfrutando de la ligera sensación de quemazón que el líquido produce al deslizarse por mi garganta. —No es mi culpa que te conozca tan bien —se excusa, encogiéndose de hombros—. Ahora, ¿estás lista para irnos? Las filas en las atracciones de ese parque son eternas, así que será mejor darnos prisa. —Está bien —recojo los restos de mis tortitas y me deshago de la basura en el contenedor, tomando un abrigo y mi bolso del respaldo del sofá antes de asentir en dirección a Wes—. Estoy lista. —Por aquí, milady— bromea, haciendo una reverencia exagerada al abrir la puerta para mí, lo que le hace merecedor de un pequeño golpe en su hombro a modo de reprimenda en mi camino a la salida. No noto, hasta que nos encontramos en su auto conduciendo rumbo al parque de diversiones, que Weasley y yo vestimos igual que en mi sueño. Sin embargo, no le doy demasiada importancia a aquello, ya que se trata de una simple coincidencia. Aquello solo había sido un sueño y no una premonición, ¿verdad? *** —¿Quieres un poco de algodón de azúcar antes de formarnos para la montaña rusa? —ofrece Weasley, una vez dejamos atrás El Tornado. No habíamos subido directamente a la atracción principal, ya que yo quería probar otros juegos y como es mi cumpleaños, Wes me ha cumplido todos mis caprichos. Asiento en respuesta a su ofrecimiento y engancho mi brazo en el suyo como de costumbre, mientras él se abre paso a través de la maraña de gente llenando cada lugar del parque de diversiones. A decir verdad, entendía el porqué se encuentra tan lleno. Los juegos se ven bastante decentes y la intrincada pista de la montaña rusa resulta muy atrayente, incluso para aquellos que no disfrutan tanto de ese tipo de atracciones. —Aquí tienes —me ofrece el enorme algodón de color azul, mientras él toma el rosa y paga por ambos. Pruebo un bocado, dejando que el dulce se derrita en mi boca y mientras caminamos a la considerablemente larga fila de la montaña rusa, mi mirada vaga por todo el lugar, a la par que una extraña sensación se agolpa en mi vientre bajo. Como sí algo malo estuviera a punto de suceder. Sin embargo, es cuando finalmente nos deslizamos en nuestros asientos en el vagón que usaríamos para nuestro viaje, que noto lo que en realidad me inquieta. Y todo comienza, cuando Weasley habla desde su lugar a mi lado. —¿Lista para el viaje de tu vida? —dice, repitiendo las mismas palabras que el Wes de mi sueño pronunció antes de que la pesadilla comenzará. —¿Qué? —pregunto en respuesta, tratando de no pensar demasiado acerca del escalofríos de temor que me recorre junto a la sensación de deja vú que acompaña sus palabras. —Tengo una corazonada —una sonrisa traviesa se instala en sus labios, antes de continuar con su coqueteo, sin percatarse en como he empezado a palidecer—. Algo me dice que no dejarás de gritar una vez que esto empiece a moverse. —Wes... —empiezo a hablar, pero el sonido del pitido que anuncia el inicio del recorrido me interrumpe antes de que pueda contarle acerca de mi extraño sueño y nuestro vagón empieza a moverse. Weasley me ofrece su mano para que la tome, creyendo que le llamé antes porque me encuentro asustada por el recorrido. No es algo que ocurra de manera recurrente, debido a que soy un poco adicta a la sensación de vacío que se asienta en mi estómago en los descensos inclinados, pero a veces, me siento un poco nerviosa al inicio del paseo. Tal vez, él supone que es una de esas veces. Nuestro vagón transita el primer tramo sin incidentes y por un momento, cualquier rastro de la pesadilla de ayer se evapora y sólo queda la creciente excitación por la pendiente que se aproxima. Sin embargo, justo antes de pasarla, el primer broche se suelta. Mis ojos no le dan crédito a lo que sucede frente a ellos. El segundo broche, se desata antes de que logre llamar la atención de Weasley. Y el tercero lo hace, justo cuando la pendiente inicia. De nuevo, soy arrancada rápidamente de mi asiento, pero esta vez, la caída es real. Lo sé, por el lacerante dolor que recorre mi cuerpo, al estrellarse aparatosamente contra el suelo. En ningún sueño, por más real que se sienta, es imposible experimentar algún tipo de dolor y en ese momento, es todo lo que puedo sentir. Respirar es más difícil de lo que debería y ni siquiera soy capaz de mover alguna parte de mi cuerpo. Estoy muriendo lenta y agonizantemente. Casi se siente como un castigo. No tengo idea de cuanto tiempo transcurre, entre mi caída y la llegada de alguien a mi lado. Soy consciente de mi entorno, pero mi cuerpo se encuentra adormecido. Y es entonces, cuando lo oigo. —No es suficiente —dice la misma voz de mi sueño, mientras siento que mi propia sangre empieza a llenar mi boca, ahogándome—. Una vez más.
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