Capítulo 3

1530 Palabras
—¿La luna de la cosecha? —susurró Maya, sintiendo como si el mundo de repente se hubiera vuelto más pequeño. La luna de la cosecha era un fenómeno raro, que solo ocurría una vez al año. Aquella noche, todas las criaturas de la manada, los lobos, sentían una conexión más fuerte con la luna. Se decía que cualquier loba nacida bajo la luna de la cosecha crecía para ser increíblemente poderosa, para poseer una belleza arrolladora y una fuerza más allá de lo común. En la Capital, esas historias eran leyendas, historias susurradas entre los ancianos, historias de mujeres elegidas por el universo, destinadas a ser líderes y heroínas. Y ahora, Amara... había nacido esa misma noche. Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Maya. El dolor en su pecho se hizo más fuerte, más punzante. Ella también había nacido esa misma noche, bajo la misma luna llena y brillante. Habían compartido el mismo destino, pero los caminos de ambas parecían haber sido completamente diferentes. Amara había recibido lo que todos soñaban: una belleza deslumbrante, una gracia que la hacía destacar entre las demás, y ahora, la futura esposa de uno de los príncipes más poderosos del reino. El universo podía haberse olvidado de darle poderes, pero el destino también la había dejado a un lado. No importaba que hubiera nacido bajo la misma luna; la vida de Amara sería siempre mucho más grandiosa que la suya. Maya apartó la mirada del escenario donde el compromiso real seguía su curso, intentando disipar el creciente nudo en su pecho. Su mirada vagó por la multitud, observando los rostros iluminados por sonrisas de júbilo, reflejos de admiración y satisfacción. Todos parecían disfrutar del evento como si fuera el clímax de un cuento de hadas… todos excepto él. Carlos Darkmood. El primer príncipe estaba en el centro del escenario, de pie junto a su prometida, Amara. Su porte imponente y su rostro impecable lo hacían parecer la encarnación de la perfección. Pero había algo en su mirada, algo helado y distante, que traicionaba esa imagen. Aunque los aplausos retumbaban y su prometida sonreía deslumbrantemente, Carlos se mantenía rígido, como si nada de lo que ocurría a su alrededor le importara realmente. Cuando Amara lo besó, el gesto fue recibido con un estallido de entusiasmo por parte de los presentes. Sin embargo, Maya notó el ligero endurecimiento en la mandíbula de Carlos, el frío en sus ojos que no alcanzaba a disiparse. Era como si estuviera cumpliendo con un deber, un papel impuesto por las circunstancias, sin dejar entrever ningún atisbo de emoción verdadera. —Muy triste —susurró de repente otra voz femenina cerca de Maya, captando su atención. Giró la cabeza y vio a otras dos jóvenes conversando en voz baja, sus expresiones revelando que compartían un secreto. —¿Triste? —replicó una de ellas, una chica de vestido n***o que parecía confundida—. ¿Por qué lo dices? La primera chica, una joven de cabello castaño que sostenía un abanico de encaje, sonrió como si estuviera a punto de revelar algo impactante. —¿No lo sabías? —susurró, inclinándose hacia su compañera. Maya, sin quererlo, afinó el oído, incapaz de ignorar el tono conspirativo en la voz de la chica. —¿Saber qué? —preguntó la de vestido n***o, con evidente curiosidad. —Amara es la compañera predestinada del segundo príncipe, Liam —respondió la primera, con un tono de misterio que dejó a la otra boquiabierta. El corazón de Maya se detuvo por un segundo. —¿Estás segura? —insistió la de vestido n***o, incrédula. —Por supuesto. Todos decían que Liam y Amara estaban realmente enamorados. Salieron en secreto por mucho tiempo —añadió la otra chica, con la emoción brillando en sus ojos. —Entonces, ¿por qué se está comprometiendo con Carlos, el primer príncipe? —preguntó, claramente desconcertada. —Porque Liam no puede ser el rey licántropo —explicó la castaña, con voz grave—. Es hijo de una madre sustituta y está marcado por una maldición. Nadie permitiría que un príncipe maldito ascendiera al trono. Maya sintió cómo su pecho se apretaba mientras escuchaba cada palabra. —Así que Amara tuvo que casarse con Carlos para convertirse en la reina licántropa —concluyó la chica, bajando un poco la voz. Hubo un momento de silencio entre las dos, como si procesaran la información. —Me pregunto cómo se siente Liam en este momento —suspiró la de vestido n***o. Maya bajó la vista, sintiendo una oleada de emociones contradictorias. Había pasado toda su vida creyendo que tenía el peor destino imaginable: una omega sin lobo, despreciada por su propia familia, invisible para el resto de la manada. Pero ahora… ¿Qué podía sentir Liam Darkmood, un príncipe maldito, viendo a su compañera predestinada casarse con su hermano mayor, el legítimo heredero del trono? Maya intentó ignorar el retumbar de los aplausos y las risas que llenaban el salón. Sabía lo que significaba ser rechazada, menospreciada, ser considerada una sombra que nadie deseaba. También conocía el dolor de estar alejada de alguien que podía haber sido importante en su vida, aunque nunca lo había experimentado de la manera en que parecía estarlo viviendo Liam. Desvió la mirada de la "feliz pareja", incapaz de soportar la perfección vacía que todos parecían idolatrar. Cuando volvió a mirar hacia el escenario, se dio cuenta de que Amara y Liam ya no estaban allí. Se habían marchado, tan sigilosos como había sido su beso vacío. Lisa regresó al lado de Maya, con su acostumbrada energía jovial. —¿A quién buscas? —preguntó su hermanastra con una sonrisa burlona, como si supiera exactamente lo que pasaba por su mente. —A nadie —respondió Maya, encogiéndose de hombros mientras trataba de aparentar indiferencia. Lisa levantó una ceja, claramente incrédula, pero no insistió. En cambio, extendió una bebida hacia Maya, quien negó con la cabeza. —No, no quiero más. —Oh, vamos, tienes que relajarte —insistió Lisa, empujando suavemente el vaso hacia ella—. Una más no te hará daño. Maya suspiró, sabiendo que discutir con Lisa era inútil. Tomó la bebida con manos temblorosas y se la llevó a los labios. El líquido ardió al bajar por su garganta, pero no era peor que la sensación en su pecho. Lisa aplaudió emocionada cuando vio a Maya terminar el vaso. —¡Así se hace! —dijo Lisa, riendo, antes de desaparecer entre la multitud en busca de otra bebida. Maya se quedó sola, sintiendo cómo el ambiente del salón comenzaba a pesarle. Apenas Lisa se perdió de vista, todo a su alrededor empezó a girar. Una sensación de mareo y debilidad la envolvió, y supo que no podía quedarse allí por más tiempo. Sacó la tarjeta del hotel que Lisa le había dado horas antes. No estaba lejos; de hecho, el hotel estaba justo enfrente del lugar. Si permanecía ahí, Lisa seguramente la obligaría a seguir bebiendo, o peor aún, terminaría inconsciente en medio del bar. Con pasos vacilantes, Maya salió al aire fresco de la noche y cruzó la calle hacia el hotel. Las luces del vestíbulo la cegaron momentáneamente, pero logró encontrar el ascensor. El número "565" grabado en la tarjeta se grabó en su mente mientras subía al piso correspondiente. Caminó por el pasillo, tambaleándose ligeramente. Cuando llegó a la puerta marcada con "565", no dudó en abrirla. Entró en la habitación, oscura y silenciosa, y cerró la puerta detrás de ella. Buscó a tientas el interruptor de la luz, pero antes de que pudiera alcanzarlo, un bajo gruñido lobuno resonó en la oscuridad. El sonido heló su sangre al instante. —¿Quién eres tú? —gruñó la voz, baja y amenazante, como si proviniera directamente de las sombras. Maya intentó responder, pero las palabras se atascaban en su garganta. —Yo… —tartamudeó, su voz temblorosa apenas audible. Su mente estaba completamente en blanco, como si su cerebro hubiera decidido rendirse justo en el momento en que más lo necesitaba. La figura oscura se movió ligeramente, acercándose, y el aire se volvió aún más pesado. Maya podía sentir el aura dominante del Alfa frente a ella, una energía casi tangible que hacía que sus rodillas flaquearan. La penumbra de la habitación impedía distinguir detalles, pero estaba claro que quienquiera que fuera, no estaba de buen humor. La luz de la luna que se filtraba por las ventanas era demasiado tenue para iluminar completamente la habitación, pero suficiente para que Maya distinguiera la silueta a su alrededor. Y la figura frente a ella era inconfundiblemente dominante. —¿Quién eres y qué estás haciendo en mi habitación? —dijo la voz, su tono bajo y cargado de autoridad. Maya abrió la boca para responder, para defenderse. Quería decirle que esta era su habitación, que, si alguien estaba en el lugar equivocado, era él. Pero las palabras no llegaron. Su cuerpo, todavía debilitado por la bebida y la sensación de opresión que emanaba de él, comenzó a tambalearse. Las piernas le fallaron, y antes de que pudiera detenerse, tropezó hacia adelante. Cayó directamente en sus brazos.
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