Maya se sorprendió al encontrarse con un par de ojos azules helados. Su rostro carecía de emociones mientras la observaba, esperando pacientemente a que respondiera. Estaba desnudo, salvo por una pequeña toalla envuelta alrededor de su cintura, y la visión de su cuerpo musculoso la desorientó por completo. Sintió que estaba en un estado de trance, y todo lo que quería hacer era tocarlo.
—Tú...— Su voz tembló cuando él la olfateó. Sus ojos se abrieron con desconcierto. —¿Amara? ¿Eres tú? Amara...
Maya parpadeó, confundida. ¿Quién es Amara? El nombre le sonaba extrañamente familiar, como si lo hubiera escuchado recientemente, pero no podía recordar dónde. Quiso decirle que su nombre era Maya, pero su boca no obedecía. Todo lo que logró fue un leve gemido cuando él presionó su nariz contra su cuello e inhaló profundamente.
—Hueles...— murmuró suavemente en su oído. —Hueles muy bien, Amara...—
Ella se preguntó de qué hablaba. Todos los lobos tenían un aroma único. Todos, excepto ella. Entonces, ¿cómo podía decir que huelo bien? En un instante, la respuesta le llegó: el perfume. Se dio cuenta de que él se refería al perfume que llevaba.
No pudo hacer nada cuando él la tomó con ternura y la llevó a la cama. La colocó con cuidado y se tumbó a su lado. Maya sintió su aliento mezclado con el aroma inconfundible del alcohol. Su visión debía estar borrosa por la embriaguez, y en su estado, confiaba únicamente en su sentido del olfato. Para que un lobo llegara a ese nivel de ebriedad, debía haber estado bebiendo durante horas.
Maya se obligó a abrir los ojos y lo observó. Se preguntó qué lo atormentaba tanto como para querer olvidar con desesperación. Sus ojos azules helados parecían más aterradores de cerca, atravesándola como si intentaran despojarla de todos sus secretos. Sin embargo, por más inquietantes que fueran, no podía apartar la mirada. Se sentía atrapada en ellos, como si se estuviera derritiendo en sus brazos.
La tenue luz de la luna iluminaba su rostro, resaltando la intensidad de su mirada. Había hambre en sus ojos. Hambre de sexo.
Él deslizó sus manos firmes por su cuerpo, arrancándole suaves gemidos involuntarios. Su mirada se clavó en la de ella, y Maya supo en ese instante que él la deseaba. Podía sentirlo en la forma en que la tocaba, en la forma en que la devoraba con la vista. Su deseo por poseerla, por dominarla, era palpable, cerniéndose sobre ellos como una sombra oscura y peligrosa.
No quería rendirse ante él. No debía hacerlo. Era un extraño. Un hombre que, por su sola presencia, irradiaba peligro. No podía entregar su virginidad a alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.
Pero cuanto más intentaba resistirse, más imposible se volvía. Un escalofrío recorrió su piel cuando sus manos se deslizaron por sus muslos, avanzando con cada segundo que pasaba hasta quedar bajo su vestido.
—Hugg...— Un gemido escapó de sus labios.
¿Qué me pasa? Se preguntó con el corazón desbocado. Su cuerpo ansiaba su contacto, lo deseaba con una intensidad aterradora. Nunca se había sentido así antes, y la mezcla de miedo y excitación la abrumaba.
Pensó en lo que le había dicho Lisa. Necesitas divertirte. Véngate de Ethan por engañarte. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que entregando su virginidad a un hombre tan increíblemente atractivo como desconocido?
—Amara...— gimió él en su oído, mordisqueando su lóbulo con suavidad. —¿Por qué me dejaste?—
Sus dedos rodearon su cuello en un agarre que oscilaba entre la ternura y la amenaza. Parecía debatirse entre apretar con fuerza o simplemente acariciarla. Sus labios recorrieron su cuello mientras su mano se deslizaba lentamente hacia su ropa interior, rozando la piel sensible de su muslo interno.
Su lengua caliente exploró su cuello como si estuviera saboreando a su presa. Se detuvo en el rubí que colgaba de su collar y trató de quitárselo, pero ella lo detuvo.
Él gruñó, irritado por su resistencia.
—No —gimió ella—. Por favor. Es de mi mamá.
El collar era lo único que le quedaba de su madre. Una joya hecha a mano con un rubí brillante que, en la oscuridad, parecía resplandecer con vida propia. En su estado de vulnerabilidad y deseo, lo único que aún la anclaba a la realidad era ese objeto precioso que no quería quitármelo. La mirada dura de él se suavizó cuando ella mencionó a su madre, y sin previo aviso, sus labios se deslizaron sobre los de Maya con increíble fuerza y vigor. Aquel beso despertó en ella algo primario, un deseo ardiente que jamás había experimentado. La necesidad de sentirlo dentro de ella era tan intensa que creyó que su cuerpo estallaría en llamas si no lo tenía de inmediato.
—Amara…— murmuró él entre susurros.
La confusión cruzó fugazmente por la mente de Maya. ¿Por qué seguía llamándola así? No podía entenderlo, pero en ese momento no le importaba. Lo único que deseaba era que él la hiciera suya.
Sus incesantes palabras solo lograban desesperarla aún más.
—Solo bésame— gruñó ella, apretando sus labios contra los de él con un ímpetu desesperado.
Él pareció captar su ansiedad, su ansia tan evidente como la de él mismo. Con un movimiento rápido, arrancó el vestido de Maya, quien jadeó al sentir el aire fresco contra su piel, anticipando lo que vendría.
Su mente le gritaba que estaba haciendo algo mal, que debía detenerse, pero el deseo la dominaba por completo. Sus pensamientos quedaron relegados al fondo de su mente cuando él la tomó sin vacilar.
—Yo…— trató de hablar, pero su voz se ahogó en un gemido cuando el dolor y el placer se entrelazaron en su interior.
La intensidad de la sensación perforó su alma. Con cada segundo, el dolor se disipaba y el placer se volvía tan abrumador que sintió que perdería el sentido.
Lisa tamborileó los dedos contra su brazo con impaciencia mientras miraba a su alrededor. Se encontraba de pie frente al lujoso hotel que daba al bar al aire libre, esperando con ansias la llegada de Ethan.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer no era correcto, pero solo sentía un atisbo de culpa. Había drogado intencionalmente a Maya con el afrodisíaco más potente que pudo encontrar, asegurándose de que su plan saliera a la perfección.
El objetivo era simple: llevar a Maya, completamente bajo los efectos del afrodisíaco, a la habitación del hotel, donde un rico y obeso noble de la manada la esperaba. Aquel hombre, de mediana edad, había estado obsesionado con Maya desde que ella era una adolescente, y Lisa no dudó en aprovecharse de eso.
Ethan le había asegurado que Maya nunca aparecería en su apartamento, pero el idiota había subestimado la situación. Maya casi los había descubierto juntos, y aquello habría arruinado por completo los planes de Lisa.
Llevaba semanas viéndose con Ethan a espaldas de Maya y había ideado el plan perfecto para deshacerse de ella sin manchar la reputación de Ethan. No podía simplemente romper con Maya sin una razón convincente. Y tampoco podían permitir que se descubriera su infidelidad.
Así que ideó una solución perfecta.
Maya, bajo la influencia del afrodisíaco, se vería envuelta en un escándalo con el noble, y Lisa y Ethan la descubrirían en el acto. Con las fotos adecuadas como evidencia, Ethan la acusaría de infidelidad y la relación terminaría de inmediato. Limpio y fácil.
—Debería estar aquí antes de que ella despierte— murmuró con frustración. —Todo el plan se vendrá abajo si no llegamos antes de que Maya recupere la consciencia—.
—¿Buscándome?
La voz de Ethan la tomó por sorpresa. Él la abrazó por detrás con familiaridad, pero Lisa rápidamente se encogió de hombros y lo apartó con impaciencia.
—Hablamos de esto— lo reprendió con un tono seco. —No podemos abrazarnos en público hasta que rompas con Maya y hagas oficial nuestra relación.
Ethan soltó una risa despreocupada.
—Lo siento— dijo con una sonrisa juguetona. —Es que no puedo resistirme a tu belleza.
—Guárdate los halagos— replicó ella con burla. —¿Tienes la cámara?
Ethan asintió, pero la chispa de diversión desapareció de su rostro, reemplazada por una ligera culpa.
—Escucha— espetó Lisa, notando su vacilación. —Yo quiero estar con el lobo más poderoso de la manada y convertirme en la Luna. Tú quieres estar conmigo porque soy la hija del Alfa, lo que aumentaría tus posibilidades de ser el próximo líder. Así que tenemos que deshacernos de Maya, y no hay espacio para el remordimiento.
Ethan suspiró.
—Lo sé, pero… ella es tan hermosa y no he dormido— murmuró, como si una parte de él aún dudara.
Lisa entrecerró los ojos con irritación.
—Sin peros— siseó, sacando una invitación de su bolso y estampándola contra su pecho.
Ethan la tomó con curiosidad.
—¿Qué es esto?
—Una invitación a la próxima subasta benéfica en la capital. Solo los dignatarios más importantes de todas las manadas vecinas asistirán. Si vas, podrás codearte con ellos y aumentar tus posibilidades de convertirte en el próximo Alfa.
Ethan miró la invitación con avidez.
—Solo tienes esta oportunidad si estás conmigo, no con Maya— continuó Lisa con voz firme. —Ahora dime, ¿estás conmigo o no?
Ethan sonrió, deslizando sus dedos por el borde de la invitación.
—Por supuesto— respondió con convicción. —Por supuesto que sí.
Lisa asintió con satisfacción y lo tomó del brazo.
—Entonces vámonos— dijo, guiándolo hacia el ascensor. —Maya está a punto de recibir la mayor sorpresa de su vida.