¿Volver al pasado?

1048 Palabras
GAVREL. El rugido de mi moto rompió el silencio de la noche mientras me deslizaba por las calles desiertas. La oscuridad me envolvía como un viejo amigo, proporcionándome el anonimato que tanto necesitaba. Dejé atrás el pequeño apartamento y a Emma, asegurándome de que estuviera profundamente dormida antes de salir. Trato de mostrarle seguridad y tranquilidad, pero hay cosas que ella no puede saber, cosas que la pondrían en peligro si se involucraba demasiado. Mi destino era una taberna en las afueras del pueblo, un lugar que solo unos pocos sabían que existía. La taberna del "Cuervo n***o" no era un lugar al que cualquiera pudiera entrar, y eso me convenía. Necesitaba hablar con un viejo amigo, alguien que siempre estaba al tanto de los movimientos en el inframundo. Al llegar, aparqué la moto y observé el lugar. La taberna parecía más un refugio que un bar, un sitio donde los secretos se ocultaban entre las sombras y las confidencias se susurraban en la oscuridad. Empujé la puerta y me adentré en el recinto, encontrando a mi amigo en su lugar habitual detrás de la barra. El Cuervo n***o, como todos lo llamaban, levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. Su expresión pasó de la sorpresa a la preocupación en cuestión de segundos. Sin decir una palabra, me sirvió un vaso del mejor vodka que tenía, un licor fuerte que quemaba, pero que proporcionaba una claridad momentánea. —Gavrel, no esperaba verte por aquí a estas horas —dijo, empujando el vaso hacia mí. Tomé el vaso y me lo bebí de un solo trago. El ardor en mi garganta era una bienvenida distracción de los problemas que me atormentaban. Dejé el vaso vacío sobre la barra y suspiré, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros. —Estoy metido en problemas, Cuervo —admití, sin rodeos. Cuervo asintió lentamente, esperando a que continuara. Siempre había sido un buen oyente, alguien que sabía cuándo hablar y cuándo callar. —Emma Kuznetsova... —comencé, y vi cómo su expresión se volvía aún más seria—. Está obligada a dejar su vida entera atrás, todo por culpa de... Ella no quiere casarse, pero las circunstancias la están empujando hacia ese abismo. Y yo... no sé cómo sacarla de esto. El Cuervo me observó en silencio por un momento, sus ojos oscuros reflejando una comprensión profunda. Luego, tomó una botella y rellenó mi vaso, como si supiera que necesitaría otro trago para seguir adelante. —¿Qué opciones tienes? —preguntó finalmente. Me encogí de hombros, sintiendo la desesperación crecer en mi interior. —Dos caminos: olvidar todo lo que tengo a mi alrededor y dejar que Emma enfrente esto sola, o aceptar una nueva vida en la que ella no sufra, pero ambas opciones son igual de imposibles. No puedo dejarla sola, Cuervo. No puedo. El Cuervo asintió de nuevo, esta vez con más lentitud, sabía que no había una respuesta fácil para lo que estaba planteando. —¿Y qué piensas hacer? —preguntó. Suspiré, sintiendo la presión en mi pecho. No tenía un plan claro, solo una determinación feroz de proteger a Emma a toda costa. —Prometí que la protegería —dije, con una firmeza que sorprendió incluso a mí mismo—. No sé cómo, pero encontraré una manera de sacarla de esto, aunque tenga que enfrentarme con mi pasado. El Cuervo sonrió, una sonrisa triste y comprensiva. —Sabes que eso no será fácil, Gavrel, pero si alguien puede hacerlo, eres tú. Me incliné sobre la barra, asegurándome de que nadie más pudiera oírnos. No era la primera vez que hablábamos de negocios turbios, pero esta vez era diferente. Esta vez, el problema tenía nombre y rostro: Emma. —Su padre, está metido hasta el cuello con la mafia, ¿sabes lo que significa no cumplir con el trato de la mafia? ¡Muerte! —dije en voz baja—. Emma es la garantía que piden, quieren que se case, un cabrón de cincuenta años, para sellar la alianza, y ella no está dispuesta. El Cuervo asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de la situación. Sus ojos se estrecharon, como si estuviera sopesando cada palabra que decía. —¿Y cuál es tu plan, Gavrel? Víctor quiere que la proteja, que la esconda, pero eso no será suficiente, ellos la encontrarán tarde o temprano. El Cuervo me observó en silencio, sus dedos tamborileando en la barra de manera pensativa. —Hay otra opción —dijo finalmente—. Una opción peligrosa, pero quizás la única forma de salvarla realmente. Lo miré, esperando a que continuara. —¿Cuál? —Podrías casarte con ella tú mismo —dijo, sus palabras golpeando como un martillo. Sentí un nudo en el estómago. La idea había cruzado por mi mente, pero nunca la había tomado en serio. Casarme con Emma significaría mucho más que protegerla. Significaría regresar a mi pasado y aceptar lo que había rechazado: ser el jefe de la mafia Roja. —No sé si estoy dispuesto a pagar ese precio, Cuervo —admití—. Ser el jefe de la mafia Roja... significaría volver a ese mundo del que tanto me esforcé por salir. No sé si vale la pena. El Cuervo suspiró, sus ojos llenos de comprensión. —Lo sé, Gavrel, pero piénsalo bien, si te casas con ella, no solo la protegerás de la mafia… Sentí el peso de sus palabras. La responsabilidad de ser el jefe de la mafia Roja no era algo que tomara a la ligera. Pero la imagen de Emma, aterrorizada y atrapada en un matrimonio sin amor, me golpeaba más fuerte. —No estoy seguro, ¿crees que vale la pena? El Cuervo me miró con seriedad, sus ojos fijos en los míos. —A veces, Gavrel, no tenemos elección, a veces, el destino nos coloca en un lugar donde debemos tomar decisiones difíciles. Emma necesita protección, y tú eres el único que puede dársela. Piensa en lo que realmente estás dispuesto a sacrificar. —Tendré que hablar con mi almohada —dije finalmente. —Hazlo pronto —aconsejó el Cuervo—. Cada minuto cuenta, y si decides hacerlo, asegúrate de tener un plan sólido, la mafia no se quedará de brazos cruzados.
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